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domingo, 12 de noviembre de 2006

Un esclavo americano en España


No me fue en absoluto difícil encontrar un Amo con el que tener mi primera experiencia en España. De hecho, tampoco tenía la intención de ser muy selectivo, ni muy exigente. Mi perfil funcionaba perfectamente. Mi cuerpo bien cuidado, mi experiencia, y el morbo añadido de mis orígenes, me proporcionó unas cuantas visitas y un montón de mensajes, solo en el par de días que dediqué a encontrar unas cuantas tiendas, necesarias para mis aprovisionamientos: comida sana y de calidad, ropa de deporte, un gimnasio y, por supuesto, un par de sex-shops en los que de momento solo ojee las inmensas posibilidades que, o bien ya había probado en USA, o bien estaba dispuesto a probar en mi nueva etapa en España.
Leí todos los mensajes con excitación; palabra que describía perfectamente mi estado general. El hecho de hallarme “en tierra hostil”, con más de 4 días sin posibilidades de rozarme con un buen macho dominante, y mi usualmente voraz apetito sexual, habían ya causado mella en mi habitual tranquilidad. Había mensajes de todo tipo, la mayoría, he de decir que completamente vacíos de posibilidades de encuentros rápidos, como mi mente (y cuerpo) estaban pidiendo a voces, y que sin embargo, animaron aún más mi excitación: “uff, que bueno estás” y “joder! Te daba por todos los lados…” son mensajes que a todo el mundo le gusta oír, ¿no?

Ni siquiera llegué a leer todos los mensajes, me encontré con uno que consiguió hacerme levantar de la silla del golpe: “busco un esclavo como tú”. El número de teléfono al final del escueto mensaje se quedó grabado en mi memoria.
Aproveché mi sobresalto para buscar mi nuevo móvil español, prácticamente de usar y tirar, y comencé a grabar un nuevo contacto. Mis dedos volaban sobre el teclado, mientras volvía delante de la pantalla del ordenador, para completar el número. Abrí el perfil del remitente y la pantalla del ordenador mostró varias secciones, a las que no presté ni la menor atención. En la parte izquierda se mostraban varias imágenes, que no necesité hacer más grandes: un torso desnudo que mostraba unos pectorales y un abdomen delgados, una polla de buen tamaño asomando por encima de unos gayumbos, con un estampado ya pasado de moda, y una última foto del mismo miembro en erección, que me hizo literalmente la boca agua.

Mis ojos atravesaron la pantalla buscando la frase “33 años”, mientras mis dedos se movían por mi móvil “Nuevo SMS”. Escribí casi sin darme cuenta “Soy tu esclavo. Dime dónde y cómo”. Noté como una calentura subía desde mi entrepierna hasta mi cabeza, revolviéndome ligeramente el estómago, y ruborizando mi cara. Cuando me recobré, revisé el resto de mensajes, sin perder de vista mi móvil, estático encima de la mesa de escritorio.
La respuesta tardó solamente unos minutos, aunque no daba todas las respuestas que yo necesitaba. El Amo que me había contactado explicaba que no tenía sitio disponible para nuestro encuentro y que, normalmente, estaba libre por las tardes, a partir de las 18 horas, preguntando también cuales era mis gustos. Mi frustración creció al ver que el reloj apenas marcaba las 16:15, pero contesté como mi cuerpo lo pedía: “Estoy libre a las 18:00. Tú mandas.” Añadí mi dirección al final y me dirigí al baño.
Abrí el agua de la ducha bien fría y deslicé los suspensorios que llevaba hasta el suelo. Me sumergí debajo del chorro, aguantando la respiración, hasta que note que la tranquilidad volvía a mi cuerpo. Cambie el mando a la zona de agua caliente y procedí con el que venía siendo, desde hace años mi ritual de preparación para una sesión. Revisé todo mi cuerpo eliminando cualquier vello que me encontraba y me aplique el lavado necesario en mis zonas interiores.
Desnudo, frente al espejo empañado de mi baño, oí como mi móvil vibraba de nuevo desde la habitación. Apliqué la crema hidratante sobre mi cuerpo y fui calmadamente a buscar el móvil. Tenía varios mensajes del Amo con el que me iba a encontrar, que parecía un poco ansioso por confirmar y especificar los detalles de la cita. Le contesté, obviando algunas de sus preguntas. “Estaré preparado a las 18:00. Te espero de rodillas en el salón. Envía SMS desde la puerta para que abra. Sube al primero.”
  • 17:12 – Aún desnudo, ordené pausadamente el baño y el salón. Cerré las puertas de la cocina y del despacho, y me dirigí al armario de mi habitación, eligiendo sin prisas, esta vez un suspensorio negro. Desde el salón, calculé el ángulo de visión de la puerta, y fue ese momento cuando me di cuenta del espacio desaprovechado que había en el recibidor. Sin embargo, era posible ver parte del salón desde la puerta de entrada, y fijé ese sitio en mi mente como mi lugar, a la llegada de este Amo, aún desconocido.
  • 17:48 – Comprobé que no había nuevos mensajes en mi móvil y decidí revisar mi correo electrónico. No había señales de trabajo para ese día. “Puedo tener toda la noche libre hoy”. Me coloqué de rodillas en el punto que había fijado en mi mente, comprobando que se veía la puerta desde allí, pero decidí girar mi cuerpo 180 grados, de espaldas a ella; ya que aún no le había visto la cara al Amo, no tenía prisa. Llevaba el móvil aferrado a mi mano, sin perder de vista el reloj digital del salvapantallas: 17:50.
  • 18:57 – La puerta se cerraba a mis espaldas, mientras yo seguía a cuatro patas, prácticamente en el mismo sitio en el que me había arrodillado hace poco más de una hora. “Y no fue la noche del jaguar…” - vino a mi cabeza en forma de una canción que había oído recientemente.

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