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martes, 5 de diciembre de 2006

Manualidades (I)


Mi nueva casa me encantaba, pero aún le faltaban algunos detalles necesarios. Me quedé en el medio del salón, pensando que se podía hacer cuando lo vi claramente en mi mente. El ancho del salón era el perfecto y la altura también.
Solo necesitaría un par de herramientas, y hasta podría ocultarlo para que no se vea el resto del tiempo. Me vestí a toda prisa, para salir a comprar lo necesario. Unos minutos más tarde volvía a casa cargado de herramientas, que acabarían en el trastero la semana siguiente, y pocas más veces volverían a salir.
Organicé todo encima de la mesa y empecé a hacer los huecos en los muros. El plan era sencillo, aunque me daría trabajo. Hacer unos huecos en las paredes y en el falso techo. Dentro irían, bien ancladas, unas argollas de metal. Solo tuve que medir bien las posiciones.

Para las paredes, al día siguiente compré unos cuadros que taparían ambos agujeros. Para el techo, tuve que hacer unas tapas de madera que quedarían encajadas; hacían un techo extraño, pero eran mucho mejor que los agujeros.
Pasé una cuerda por cada una de las argollas de las paredes y comprobé que mis medidas, a ojo eran correctas. Me quedé en medio del salón con los brazos extendidos, sujetando aproximadamente unos 15 centímetros de cuerda de cada lado. Después hice la misma medida con las argollas del techo y solo necesitaba unos 20 centímetros de cuerda entre la argolla y mis muñecas, cuando tenía los brazos completamente estirados hacia arriba.
Lo más difícil de rematar fue el suelo. Por suerte, era un suelo barato de madera y pude levantar solamente un par de tablas. Una de ellas volvió rápidamente a su sitio y en la otra, tuve que hacer dos agujeros por los que quedarían al descubierto las argollas, que fijé bajo el suelo, con un potente pegamento de contacto.
Al recolocarlo todo, las tapas quedaban un poco flojas, pero no pasaría nada, porque normalmente habría una mesa justo encima de ese trozo de suelo. Sólo me faltaba tomar de nuevo las medidas para descubrir que lo había hecho todo perfecto. Si abría las piernas, llegaba con los pies a los dos agujeros practicados en la tabla y al extender los brazos en esa posición, mis muñecas se acercaban a los agujeros de la pared, si las estiraba horizontalmente, o a los agujeros del techo, si las extendía hacia arriba.
La última prueba fue colocar una silla entre los dos agujeros del suelo. Apoyé mi estomago sobre el respaldo y coloqué mis pies cerca de un agujero. Al extender mis brazos para intentar llegar al suelo, quedaban bien cerca del otro agujero del suelo.
-          ¡Perfecto! ¡Esto tengo que probarlo pronto! - dije en voz alta.


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