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viernes, 23 de febrero de 2007

Cumpliendo del Contrato


Desde la firma del contrato, el Amo Marcos había usado las llaves todos los días. Venía, a la que yo ya consideraba su casa, después de trabajar, aún vestido con el traje, que entendí que llevaba a la oficina. Yo me encargaba de estar siempre disponible a partir de las 20:00, cada día, pues fue la hora a la que más pronto había llegado hasta ahora.


La rutina no había variado mucho con respecto a los días anteriores, salvo que ahora, era él quien directamente abría la puerta y me saludaba con un “hola, puta”. Me encontraba siempre desnudo, pues ya lo estaba esperando, y me apresuraba a dejar lo que estuviera haciendo, para ir al salón y ponerme de rodillas, listo para empezar a servirle.


Después del disgusto que le había dado al Amo Marcos, aquel día que él quería una cerveza, y yo no tenía ninguna disponible, me había encargado de saber cuál era su marca favorita, y siempre tenía la nevera llena de ellas, por si acaso. Sin embargo, el Amo no parecía beber mucho, y no me había pedido ninguna cerveza más desde entonces.

Lo que el Amo Marcos hacía conmigo, tampoco había variado sustancialmente por la presencia de un contrato que me obligaba a servirle, a riesgo de perder la fianza entregada; cosa que tampoco me preocupaba mucho, pero era un aliciente más para esforzarme al máximo al servicio del Amo.


Al llegar a casa, había unos ligeros preliminares, para que el Amo se pusiera a tono, que solía consistir en un masaje o una lamida de pies, después de que él personalmente, se encargara de quitarse los zapatos, antes de acomodarse en mi sofá. Pero el Amo solía venir bastante cachondo después de su largo día de trabajo, y no duraban mucho; pronto comenzaba la comida de sus deliciosas pelotas, salpicadas por un casi imperceptible vello rubio, muy corto, con la que él disfrutaba inmensamente. Completamente desnudo, sentado tranquilamente en el sofá con las piernas bien abiertas y dejando que su puta se encargara de comérselas, suavemente, dejándole los cojones bien mojados, y comprimidos hacía su polla, cargados de leche. 


Después, cuando tenía el rabo bien duro, comenzaba la mamada con una señal del Amo Marcos: “A la polla, puta”. Yo dejaba sus huevos tranquilos, y levantaba mi cabeza, despacio, para intentar meterme su polla en la boca, sin usar mis manos, que intentaba mantener a mi espalda, hasta que las ansias me podían, y las llevaba hacia el cuerpo del Amo, para tocarle todo lo que podía, mientras me comía su rica polla, sin prisas. El Amo también disfrutaba de ese pequeño ritual de la comida de polla, y siempre aprovechaba, cuando yo la tenía metida hasta el fondo, para sujetar mi cabeza y follarme la garganta unos segundos, sin ninguna preocupación en caso de que me atragantara. 


Y como no, la sesión sexual se completaba con una buena follada, que el Amo Marcos me daba, tras haberme frotado sus dedos, mojados con uno de sus lapos, en mi ojete durante unos segundos, para la que adoptaba una postura que fuera cómoda para él. Siempre me premiaba mi buen servicio con dos buenos chorros de leche, que dejaba caer entre gemidos, encima de diferentes partes de mi cuerpo, dependiendo de la postura en la que me estuviera follando. 


Me asombraba tremendamente la completa indiferencia que el Amo presentaba hacia mi polla, pese a que yo estaba completamente desnudo siempre en su presencia, y por tanto, mi polla, más grande que la suya, estaba siempre visible, muy dura. Sin embargo, salvo el día que la había azotado con su cinturón, creo que ni la había mirado.

Ese día, era diferente, aunque yo todavía no lo sabía. Más tarde sabría, que la jornada de trabajo del Amo Marcos era más corta los viernes y que él pasaba por casa para comer, antes de venir a su otra casa a usar a su puta. Llegó a las 17:00, y me pilló por sorpresa, casi recién salido de la ducha, con solo unos suspensorios blancos cubriendo mi cuerpo, y sentado al ordenador de mi despacho, atendiendo un trabajo que me había entrado.

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