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domingo, 18 de febrero de 2007

Mi primer Amo español


Tenía que abrirle la puerta de rodillas y completamente desnudo. Desde el descansillo, me miraba un chico de unos 35 años medio rubio con una sombra de barba, bien abrigado, media sonrisa y más bien bajito. Arrastré mis piernas hacia atrás, con mi mano alargada hacia el pomo de la puerta, para abrirla más; él entró y yo repetí lo mismo, esta vez hacia adelante, para cerrarla.

Empujó con su mano mi cabeza desde atrás hacia adelante, haciéndome apoyar las manos también en el suelo, y se sentó en mi espalda. Sentí un gran peso, mientras una de sus piernas pasaba por encima de mi cabeza hacia el otro lado de mi cuerpo, sin volver a posarse en el suelo; después, la otra pierna también se levantó.
-          Llévame al Salón – dijo con tono autoritario.
El paseo le debió de parecer corto, porque cuando paré delante del sofá, me ordenó que le enseñara también mi dormitorio. Continué llevando su peso muerto, con sus piernas levantadas para no tocar el suelo, cómo un verdadero caballo, y me costó trabajo aguantarlo con una sola mano, cuando tuve que abrir la manilla de la habitación. Entonces el Amo me dijo que podíamos volver al sofá. Ya me había hecho sudar cuando llegamos allí y se bajó de su animal de carga, para instalarse cómodamente en el sofá, quitándose las zapas, con un solo gesto hecho con la punta del pie contrario en el talón, que volaron hasta el suelo.

No dudé ni un momento en ponerme a lamer sus calcetines deportivos blancos, de marca también blanca, que quedaron al descubierto sobre el asiento del sofá, llevando mi boca hacia ellos sin dejar de estar a cuatro patas en el suelo. El gesto pareció gustarle, porque me animó a hacerlo bien cada vez más fuerte. En algún momento, mientras yo me centraba en meterme la punta de sus pies completa en la boca, él se descubrió el torso y pronto, me hizo levantar mis manos del suelo al sofá, para que mi cabeza acabara, primero lamiendo sus pezones, que tenían una pequeña corona de vello a su alrededor, y después sus axilas, que eran mucho más peludas y habían sudado bastante bajo la ropa de invierno, presentando un sabor ácido, que pronto eliminé a base de lametazos.

Saqué bien mi lengua intentando pegarla a mi barbilla y moví la cabeza completa, dando lametazos enteros, desde casi la altura del pecho, hasta la mitad de su bíceps, pasando despacio por su sobaco, donde me paraba para juguetear con mi lengua, mientras el Amo reposaba su cabeza sobre sus manos enlazadas a la espalda, dejando al descubierto esas sudadas axilas, que me tocaba comer.
Me había dejado muy claro que hoy estaba muy cachondo, y debió de ser por eso por lo que me dijo que me pusiera de pie y apoyara mi cabeza sobre el cabecero del sofá, justo después de dejar sus dos axilas bien limpias de sudor y mojadas por mis babas. Me hizo separar las piernas con unos cachetes en la parte interna de mis muslos y escuché una la lapo antes de sentir su mano húmeda frotándose contra mi ojete.
Y ese era todo el lubricante que pensaba usar para follarme sin compasión. Le costó un poco metérmela al principio, porque había perdido algo de dureza en su polla, que recupero después de un par de acometidas y se quedó quieto.
-          Fóllate puta – gritó
Empecé a mover mis caderas como un loco, primero adelante y atrás, con cuidado de que su polla no se saliera, y dejando que mi culo chocara contra su cuerpo, para que me entrara hasta el fondo de mi culo;  llegué a hacerle gemir.
-          Joder, ¡sí, puta! ¡Vamos! -gritó.
Apreté mi culo con fuerza, como si se me fuera a escapar la polla de mi Amo de dentro de él, y comencé a hacer círculos con mis caderas, hasta que él se desplomó sobre mi espalda.
-          ¡Para, para! - dijo con tono risueño.
Pero yo no podía parar, con la enorme erección que tenía entre mis piernas. Seguí exprimiendo su polla con los músculos de mi culo, mientras él gemía a mi oído, apoyado completamente sobre mi espalda, hasta que se corrió por completo, dentro de mí.
Se dejó caer en el sofá tras sacar su polla de mi culo, y yo volví a mi sumisa postura de rodillas en el suelo, a su lado. Me acarició el pelo y la cara, pasando su dedo gordo por encima de mis labios, abriéndome ligeramente la boca.
-          Mañana vendré a las 8 - me dijo.



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