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martes, 20 de febrero de 2007

Tercera Prueba



Esta vez llegó puntual y yo le estaba esperando impaciente desde hacía unos 15 minutos, listo para quitarme mi suspensorio y abrirle la puerta de rodillas y desnudo, como la primera vez, ya que no me había dado otro tipo de instrucciones.
-          De pie, manos a la nuca – Dijo mientras dejaba su maletín en el sofá, mientras yo cerraba la puerta.
Me observó el cuerpo mientras daba vueltas a mi alrededor, como se le hace a un animal, tocando mi abdomen y mis nalgas, y dándoles un golpe seco con las manos. Yo me quedé muy quieto mirando a punto fijo al frente.
-          Vas a ser una buena adquisición. Tráeme una cerveza. -dijo el Amo.

Me dirigí a la cocina con el pensamiento de que creía que no tenía cervezas y así fue. Cerré la nevera con pesar y volví al salón.
-          No me quedan cervezas, Señor – dije agachando la cabeza
-          Vaya… - contestó mientras se levantaba del sofá.
Una vez enfrente de mí, levantó mi cabeza empujando mi barbilla hacia arriba con un mano, hasta que yo le miraba a la cara. Sólo le vi los ojos azules durante un segundo, porque mi mirada se desvió súbitamente con el bofetón que me soltó con la otra mano. Cuando recuperé la mirada al frente le vi señalando el suelo delante del sofá y me apuré en arrodillarme allí, mientras empezaba a sentir el ardor del golpe que acababa de recibir en una de mis mejillas.
Tuve que apoyarme un momento con las manos en el cojín del sofá, pues justo cuando mis rodillas tocaron el suelo, un empujón desde atrás me sorprendió pues había dejado caer la suela de su zapato en el medio de mi espalda. En cuanto dejó de presionar, me incorporé para quedarme de nuevo de rodillas mirando al sofá y el apareció enseguida,  enfrente de mí, sentándose con las piernas abiertas, y con cara de preocupación.
-          Si me desobedeces... ¡castigo! – terminó la frase mientras me soltaba otra ostia, a mano abierta en el mismo lado de la cara que antes.
-          Y si me apetece… ¡castigo! – esta vez me cayó la ostia del otro lado, para equilibrar.
-          ¿Lo entiendes, perro? – preguntó malhumorado
-          Sí, Señor – Me apuré a contestar volviendo mi cara a la posición inicial de vista al frente.
El Amo se recostó para atrás y comenzó a pasear su zapato por mi entrepierna, en la que mi polla se balanceaba a medio levantar.
-          Abre las piernas - casi gritó.
Separé mis rodillas sin pensarlo y me preparé para lo que vendría, cerrando los ojos. Jugó con la punta de su zapato en mis pelotas unos segundos más, antes de darme la patada que me hizo inclinarme sobre mi estómago, pero conseguí mantener mis manos enlazadas fuertemente a mi espalda.
-          ¿Qué se dice, perro? – me preguntó, mientras levantaba de nuevo mi cabeza con un mano, sujetándome la barbilla
-          Gracias, Señor – contesté, con la voz aún entrecortada, por el dolor de la patada.
Me volvió a cruzar la cara con la mano abierta y no me dio tiempo a recolocar mi cabeza, porque lo hizo el mismo, con una segunda ostia que me vino del otro lado. Con la cara ya bien roja me apuré a fijar mi vista al frente y contestar de nuevo.
-          Gracias, Señor.
-          Vas a ser un buen perro… - dijo el Amo, con cara de satisfacción.






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