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miércoles, 21 de febrero de 2007

Un mes a prueba



Esta vez llegó justo a la hora que me había indicado y entró muy serio directo hasta el sofá, donde se sentó, mientras yo de rodillas, desnudo, cerraba la puerta. Rebuscaba algo en su maletín y yo volvía hacia él a cuatro patas, cuando sacó unos papeles que puso encima de la mesa y me miró fijamente.
-          Lee en voz alta – me dijo seriamente
Comencé a leer el documento, titulado en letras grandes Contrato de esclavitud”. Aunque sabía que no tendría ninguna validez legal, me puso enormemente cachondo el estar obligado por contrato a ser esclavo de ese hombre de negocios, que me había probado los días anteriores, y eso se mostró automáticamente en mi polla, que se puso muy dura, mientras mis pelotas se encogían y se ponían duras, empezando a molestar, por estar demasiado cargadas.

El documento hablaba sobre un mes de prueba como esclavo y listaba una serie de cosas a las que me comprometía como tal para con el Amo. Leí uno a uno los ítems en voz alta, con tono serio y pausado, intentando comprender enteramente el significado de cada uno de ellos. No había absolutamente nada que me echara para atrás, pues estaba dispuesto y disponible para ser esclavizado completamente por ese hombre, pero si había algunas cosas que me llamaron la atención.
La primera que me llamó demasiado la atención, fue la exigencia de que le diera libre acceso a mi casa, incluyendo una copia de las llaves, que se devolverían a la disolución del contrato. También me llamó la atención, pues no me lo había imaginado nunca, el último tema que aparecía en la lista, que estipulaba una fianza para el contrato, que el esclavo le daría al Amo, en forma de una frase, incompleta por una línea de puntos, que había sido rellenada a mano encima con la cantidad de 100 euros.
Cuando terminé de leer, miré fijamente al que ya sabía que sería mi Amo, al menos por el próximo mes, como evaluando mis posibilidades, para ponerle un poco de intriga al asunto. Él estaba cómodamente sentado en mi sofá, y se había descalzado quitándose los zapatos con los pies, tras haberlos desatado mientras yo leía, para subir los pies al cojín. Yo, desnudo y de rodillas, continué leyendo, con mi acento, tembloroso pero serio, el resto del documento hasta su finalización.
-          Si no tienes nada en contra, firma - dijo, tras un breve silencio.
Decidí tentar un poco más la suerte, levantándome de mi sitio sin decir nada, para ir al despacho de mi apartamento y el Amo tampoco dijo nada en contra de mi actuación, quizás sabiendo ya, que esa puerta era la de mi despacho. Recopilé todo lo necesario de entre los diferentes cajones y volví al salón a ocupar mi sitio, de rodillas frente a la mesa, con el contrato de esclavitud delante de mí, con un bolígrafo metálico en mi mano. Apoyé mi puño cerrado para sujetar el folio y firmé sin dudar debajo de la línea de puntos marcada como “el esclavo”. Sin decir nada, le ofrecí el bolígrafo a él, mientras le acercaba el folio, arrastrándolo con mi puño cerrado, pues había otra línea de puntos para la firma del Amo.
Cuando tuve la mano libre y el Amo ya se disponía también, abrí mi puño todavía cerrado encima de la mesa, y saqué de él cuidadosamente la copia de las llaves de mi piso, así como dos billetes de 50 euros, cuidadosamente doblados en cuatro, que serían la fianza estipulada por el contrato. El Amo pareció complacido por el gesto y tomando ambas cosas las guardó en su maletín, así como el contrato. Tuve que repetir la operación de la firma pues había un segundo folio, que se trataba de un duplicado, que yo guardaría en los siguientes minutos, antes de comenzar la primera sesión, ya como esclavo del Amo, que ahora sabía que se llamaba Marcos.


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