Imprescindibles

No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

viernes, 23 de marzo de 2007

Pase de Modelos


Empezaba una mañana fría en Madrid, y el aburrimiento ya se apoderaba soberanamente de mí, en ese día de agenda vacía. No recuerdo por qué motivo, mi Amo de ese momento, llevaba varios días fuera de la ciudad, que habían sido suficientes para que yo limpiara todo el trabajo que tenía pendiente, incluso adelantando tareas para que la siguiente semana pudiera estar lo más libre posible.
Me sumergí sin pensarlo, como tantas veces, debajo del chorro helado de la ducha y casi sin secarme, me puse la ropa del gimnasio, donde pasé más de 4 horas, en las que al menos no pensé en lo que mi cuerpo me pedía a gritos: poder ponerme de rodillas otra vez, satisfacer a un macho, darle placer con mi boca, con mi culo o simplemente, sujetar sus pies con mis manos, después de hacerle la cena.
Había comido algo rápido delante del televisor y deambulé por las redes sociales, no respondiendo a casi ningún mensaje, ya que tenía Amo en aquellos momentos, pero cada perfil visitado o mensaje leído, aumentaba un poco más mi excitación y mi necesidad de servir. Estaba en ese punto, en el que cada roce del pequeño slip que llevaba ese día, traía flashes a mi cabeza de los servicios a mi Amo. Terminé con un nick neutro en una sala de chat, leyendo rápidamente los mensajes generales y contestando educandamente a todo los privados que me entraban.
En cualquier otro momento, me habría hecho ilusión, cuando comencé a hablar con alguien que decía tener solo 19 años. Fue una conversación plana, pero llena de risas por su parte, parecía una persona capaz de reírse de todo, hasta que mi intriga no pudo más, y le pregunté claramente que estaba buscando en el chat, y por qué había decidido hablar conmigo.

La respuesta fue igual de plana que el resto de la conversación pero al menos le dio pie a él para hacer otro tipo de preguntas, a las que respondí sin miedo, explicando mi condición de esclavo y que en esos momentos tenía dueño, y que no buscaba nada; simplemente estaba muy aburrido. Ese hecho pareció sorprenderle y excitarle, a partes iguales.
No tuve ningún problema en continuar hablando con él por Skype, cuando me añadió desde su perfil con la foto de un joven sonriente y con la lengua fuera, en gesto gracioso, probablemente regordete, por lo que se veía en el primer plano. Me pidió algunas fotos y le envié las más recientes que tenía mostrando mi torso desnudo, que pareció ponerle como una moto, porque desde ese momento todas sus preguntas se subieron de tono, muchísimo.
Y con tanta pregunta subida de tono, que contesté con toda sinceridad y sin tapujos, llegó el momento en el que el chico risueño, encontró nuestro punto en común, que fue la ropa interior. Él comenzó a contarme lo mucho que le gustaban los diferentes modelos de bóxers, slips, suspensorios, tangas y hablarme de marcas, y un montón de cosas más, en las que el se fijaba y que yo, englobaba bajo el criterio “queda bien”. Mis contestaciones en esos momentos eran bastante monótonas considerando la gran variedad de ropa interior que tenía disponible en mi armario:
-          ¡También tengo uno de ese estilo!- no paraba de escribir.
Un par de horas más tarde el chico entraba por la puerta de mi casa, con rubor en las mejillas, pero manteniendo la misma risa contagiosa que se veía en su foto, y que mostraba onomatopéyicamente en las conversaciones escritas. Yo le abría la puerta con un suspensorio negro, que le encantó por la forma en que se mordía los labios, mirándome mientras le traía de la nevera la cerveza que le había prometido en nuestra última conversación.
Me paré con descaro delante de él y le pregunté que le parecía, apoyando mis manos en la cintura y comenzando a girar sobre mí mismo. Cuando estaba completamente de espaldas, me detuve unos segundos abriendo ligeramente mis piernas, y asegurando con un dedo de cada mano, que las cintas que bordeaban mis nalgas estaban perfectamente en su sitio y bien lisas, más pensando en el suave tacto que tenían, que en el chico que las miraba.
Cuando volví a estar de frente al chico, sus ojos estaban abiertos con gesto casi de estupefacción, mientras daba un gran sorbo a la lata de cerveza; esta vez fui yo en el que sonrió, pero con socarronería. Siguiendo el plan, le informé que me iba al dormitorio a ponerme el siguiente modelo, que era un bóxer de color rojo.
Con la cerveza ya acabada, después de un 1 bóxer, 2 slips y 1 tanga más, y tras yo haberle instado varias veces a que comprobara el tacto de la tela, el chico ya estaba completamente desinhibido, y me decía que posturas eran las mejores para verme el culo, o el paquete, dependiendo del modelo de gayumbos con los que yo salía de mi dormitorio. Tocaba sin miedo, metiéndome mano descaradamente, sobándome la polla dura, por encima del modelito en cuestión, y acercando sus dedos a mi ojete siempre que podía.
Habíamos acordado que sería el último modelo que probaba, cuando decidí salir sin nada puesto, con mi polla, completamente dura, apuntando hacia el chico y un suspensorio en cada mano de diferentes colores.
-          ¡A ver! – dijo extendiendo una mano, y casi jadeante.
Me acerqué a él con dos grandes pasos, notando mi miembro balancearse por delante de mí, y le di uno de ellos directamente en la mano. Aprovechó uno de los movimientos para rozar mi glande con sus labios y esperó mi reacción ante ello. Yo me retiré con calma, sin darle mayor importancia, pero me puse los suspensorios que aún llevaba en la mano.
-          Aprovecha este que es el último - le dije, sonriendo de nuevo.
Bajó ligeramente la cabeza, pero levanto ambas manos, dejando el otro suspensorio en el sofá, para empezar a sobarme completamente, por delante y por detrás. Una de sus manos subió hacia mis abdominales, mientras la otra me rodeaba la espalda para bajar por la raja de mi culo, hasta mi perineo. Le dejé hacer, girándome para poner mi culo justo delante de su cara y cada una de sus manos apretó mis nalgas.
-          Ya volveremos a hablar cuando no tengas Amo - me dijo antes de irse.
Yo pensé “no lo creo”. Me dio dos besos, tomándome por la cintura con ambas manos, dejando que alguno de sus dedos rozara por última vez la goma de mi suspensorio. Cerré la puerta y me fui directo a dormir, después de una buena ducha fría.




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