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No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

domingo, 15 de abril de 2007

Ya de vuelta en casa



Llegamos de vuelta a mi casa. Él seguía en silencio y se había acabado la copa; yo todavía abochornado por no haber cumplido la orden, y temeroso de cuál sería el castigo. Me miró de arriba a abajo haciendo un gesto de “¿y bien?”, mientras se sentaba en el sofá de mi salón y empezaba a subir las piernas a la mesa. Entendí que me tenía que haber quitado la ropa al legar a casa, y así lo hice en tan solo un par de segundos pero cuando iba a quitarme los suspensorios también, él agitó los restos de unos hielos en su vaso de plástico.
Corrí a recoger el vaso y prepararle una nueva copa, esta vez en un vaso de cristal, que le llevé al salón, con la bebida que había comprado horas antes, y yo mismo había traído de vuelta de mi coche en una bolsa verde del chino. Le entregué la copa y me quedé de rodillas a su lado, con la cabeza baja. Él comenzó a beber y se encendió un cigarrillo.
-          ¿Qué hago contigo? – empezó a decir, sin esperar respuesta.

-          ¿Qué castigo te pongo por este fallo tan grave? – continuó, mientras fumaba y bebía.
-          Lo primero… ¿Cuánto tenías que traer? Dime – me preguntó.
-          250, Amo – contesté, sin levantar la cabeza.
-          ¿Y cuánto has traído? – siguió.
-          180, Amo – volví a contestar sin levantar la cabeza.
-          Así que… faltan 70 euros, ¿no?
-          Sí, Amo
-          ¿Y qué? ¿Me voy a quedar sin ellos? – preguntó mientras tiraba su cigarrillo al suelo, a mi lado, y lo pisaba ante mi atenta mirada, fija en el suelo.
No tardé en levantarme para ir a mi habitación y volví con los 70 euros que le faltaban al Amo, de mi propia cartera. Me arrodillé a su lado y le ofrecí los billetes, sujetándolos con ambas manos, y la cabeza gacha. Él los tomó de un tirón y oí que hacían ruido uniéndose al resto de billetes que ya tenía en su bolso.
-          Con esto compensas tu falta pero…
-          Trae la vara – terminó la frase, tras unos segundos.
Fui corriendo a por la vara y de nuevo de rodillas a su lado, igual que con los billetes, se la ofrecí con ambas manos, y la cabeza agachada. La cogió por un extremo con una sola mano mientras se ponía de pie, dejando que la punta de la vara se apoyara en mi hombro.
Le oí encender otro cigarrillo y, con él todavía en la boca, me ordenó levantarme, mientras daba dos toques suaves con la punta de la vara en mi hombro. Me puse de pie y de nuevo dos toques de la vara en mi cadera, en el elástico de mis suspensorios, y su voz con el cigarrillo en la boca.
-          Esto fuera.
Me bajé los suspensorios muy rápido, con un sencillo gesto, y los dejé en el suelo a mi lado, quedándome de pie, muy recto, con las pies muy juntos, las manos pegadas a mi torso y la cabeza agachada.
-          Dos pasos atrás – dijo el Amo desde mi espalda.
Di dos pasos hacia atrás sin dudarlo, para volver a quedarme en la misma posición, y él apareció por delante de mí. Yo veía su sombra proyectada en el suelo y sus piernas delante de mí, con la vara baja, casi apoyada en una de ellas. Él se quedó a uno de mis lados, y su sombra justo delante de mí; cerré los ojos cuando vi que la sombra de su mano hacía un movimiento.
La vara se estrellaba contra mi polla flácida con un silbido en el aire;  yo soltaba un grito y apretaba mis brazos contra mi propio cuerpo. La primera marca roja y alargada cruzando mi rabo ya comenzaba a escocer, al igual que una pequeña marca en una de mis piernas por el extremo de la vara. Seguía con los ojos cerrados cuando la vara se volvía a estrellar en diferente parte de mi polla, que dudaba si crecer para ponerse dura o desaparecer por momentos, para no aguantar más golpes, que se volvieron más seguidos.
Tardé unos cuantos golpes, gritando sin miedo, pues parecía que al Amo no le importaba, en darme cuenta que llevaba 3 series de varazos en mi polla, que ya estaba completamente dolorida y que, más o menos, cada serie había sido de 10 varazos. Respiré profundamente después del grito con el que finalizó la quinta serie y abrí los ojos, con la cabeza agachada, para ver mi polla, morcillona, regada por unas líneas rojas, que no paraban de doler y escocer, algunas de ellas, con una pequeña herida.
-          Sabes que te quedan otras 20, ¿no? – me preguntó el Amo.
-          Sí, Amo – contesté apretando los dientes, aguantando mis ganas de llorar por el dolor y el bochorno.
-          Pues, la próxima que me vez que me falles, será el doble – me dijo, en cuanto empezó con la sexta serie.
Cuando por fin terminó la última serie, la que hacía los 70 varazos, uno por cada euro que había faltado en la tarea que el Amo me había asignado, yo estaba ya llorando, y casi no sentía la posición de mi polla, salvo una zona dolorida entre mis piernas. Si me había quejado por los moratones en el culo, los de la polla iban a ser mucho peor. Estaba claro que era mejor no volver a fallarle a este Amo, que me estaba chuleando como una puta: prostituyéndome y castigándome si no conseguía el dinero que él necesitaba.

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