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miércoles, 9 de mayo de 2007

Un Dominante cerca de casa

Era un día de primavera, no especialmente caluroso, lo cual se agradecía. Iba por una de las calles que sale de Gran Vía hacia el barrio de chueca siguiendo las indicaciones del GPS de mi móvil hacía una calle cercana ,pero en la que no recordaba haber estado nunca.
La dirección me la acababa de pasar un chico dominante con el que había conectado por la red social habitual. La conversación había sido muy breve y habíamos intercambiado solo un par de fotos. Era un chico normal pero estaba muy cerca y su carácter dominante me había gustado mucho.
Tal y como habíamos acordado, le escribí cuando llegué a su portal y la puerta de abrió con un largo timbrazo. Recibí el mensaje con el piso al que tenía que subir y lo hice por el ascensor, para calmarme un poco. Atravesé la puerta abierta y me encontré en un largo pasillo con varias puertas con cerraduras. Parecía uno de esos pisos antiguos que se han transformado en hostal de habitaciones minúsculas. Una de las primeras puertas estaba abierta y me dirigí a ella como habíamos acordado.

Allí esperaba el chico. También como habíamos acordado, miré hacia el suelo y le seguí hasta la habitación sin decir nada. En cuanto cerró la puerta de la habitación, procedí según lo previsto. Me quite las zapatillas y calcetines de un tirón, me baje los pantalones y suspensorios y los aparte a un lado e hice lo mismo con mi camiseta de tirantes. Me coloqué de rodillas, apoyé las manos en el suelo y bajé mi cabeza para comenzar a limpiar una de las zapas del chico con la lengua.
Me dediqué a ella con tranquilidad, pues el acuerdo es que yo haría eso nada más llegar y después el empezaría a dar las órdenes de lo que yo tenía que hacer. Eran unas zapas de marca, de color rojo oscuro, un tanto desgastadas. Fui pasando mi lengua por la punta de áspera tela, de un lado a otro, para después empezar a lamer la parte superior del empeine y seguir dando lengüetazos desde la punta hacia un lateral; primero por la tela y después por la goma lateral de la suela. Repetí lo mismo para cubrir el otro lado y moví mi cabeza para empezar de nuevo con el ritual en la otra zapa. El chico me dejó seguir haciendo casi hasta acabar con las dos zapas. Cuando ya estaba lamiendo las gomas de la suela de la segunda, se puso de pie y sus pantalones cayeron al suelo.
Estaba claro que había llegado el momento de la mamada y él lo reafirmó con una voz ronca y grave:
-          Chupa - dijo escuetamente.
Tenía una polla bastante grande y muy gorda en la base, haciendo que realmente me jodiese en la garganta, cuando me la metía hasta el fondo, quedando con mi boca completamente abierta y mi labio inferior contra sus huevos gordos. Estuvo a punto de correrse un par de veces pero aguantó sacándola de mi boca y tirando de mi pelo para colocar mi boca delante de sus huevos unos segundos, que yo lamí ávidamente sacando mi babosa lengua. La segunda vez no dude en meterme uno de sus huevos en mi boca, y hacer verdaderos esfuerzos, hasta que conseguí meterme el otro. Eso le pareció gustar mucho y me dejó jugar con mi lengua, con sus huevos dentro de la boca, un buen rato antes de seguir follándome la boca.
Cuando su polla ya había estado por tres veces al borde de soltar la leche, decidió cambiar de actividad y se levantó a por unas tiras de cuero, que recogió de encima de una pequeña mesa dentro del dormitorio. Resultaban ser unas muñequeras, que colocó hábilmente en cada uno de mis brazos, mientras yo seguía todavía de rodillas en el medio de la habitación. Con ambas manos me unió las manos por encima de mi culo y mis muñecas quedaron unidas.
Con el tirón de pelo me di cuenta que quería que me pusiese de pie;  me empujó hacia los pies de la cama, donde tumbé completamente mi torso, dejando mis piernas semiflexionadas y apoyando las rodillas sobre el borde del colchón, al no poder sujetarme con mis manos. Uno de sus dedos se paseo rápidamente por la raja de mi culo, parándose a jugar con mi ojete, en el que entró bruscamente tres o cuatro veces. Pero todavía no era la hora del trabajo anal.
Su mano se fue a sobar fuertemente una de mis nalgas, arañándola con sus dedos, de uñas muy cortas, y agarrándola con fuerza hasta que se separó, para dejarse caer con un buen manotazo. Su mano cayó con furia varias veces seguidas sobre ni nalga, casi sin descanso entre ellas, para volver a sobar mi culo de nuevo durante unos segundos, antes de empezar la siguiente descarga de azotes, que centró en una nueva zona de mi nalga. El proceso se repitió varias veces antes de volver a empezar en la otra nalga, en la que el dolor fue menos intenso, quizás debido ya al ardor de la otra. Sin lugar a duda iba a dejar mi culo completamente rojo antes de seguir.


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