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No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

sábado, 30 de junio de 2007

Hasta el salón...



Justo después de que sacara al cubo del recibidor mi último pack de cervezas, entre mi última bolsa de hielo, ya casi deshecho, una conversación entre risitas no contenidas se oyó ascender por la escalera. Me prepare delante del cristal, que tenía la cortina cerrada del otro lado. La conversación se escuchó finalmente ya en mi recibidor y distinguí unas 4 voces diferentes, que toqueteaban los paneles tropezando con ellos. Por supuesto encontraron la cortina y se hizo un pequeño silencio, roto por unas carcajadas, y un cuchicheo que llevó a la primera polla, bastante peluda, a aparecer por el agujero del glory. Me dediqué a ella mientras la conversación, las risitas y los toqueteos en los paneles continuaban al otro lado, cada vez en tono más alto, acompañados del ruido del mechero y de latas de cerveza que se abrían.
Decidí sacar la segunda verga de ese grupo de mi boca durante un segundo, para acercarme al panel lateral y abrir el pestillo, empujando el panel levemente hacia afuera. Volví rápidamente con mi boca abierta al agujero, pero ellos no tardaron en deslizarse por al abertura hacia dentro de mi salón, de uno en uno. Les indique el sofá, cerré el panel y les acerqué un cenicero, pues uno de ellos estaba fumando.

En el sofá de mi salón, tenía 3 chicos de unos 23 años, de diferentes estaturas y complexiones, con vestimentas similares, de diferentes colores, mirándome fijamente, mientras otro más de ellos hacía lo mismo, apoyando medio culo en el reposabrazos de mi sofá. Deslicé mi suspensorio hasta mis tobillos y poniéndome de rodillas, pregunté:

-  ¿Por dónde iba?
Mamé las cuatro pollas alternativamente, cambiando de una a otra a mi antojo, o cuando alguno de ellos me reclamaba, mientras el resto, las mantenían duras con sus manos, cada uno la suya. Tres de ellos decidieron vaciar su leche sombre mi cuerpo y el último se giró para hacerlo en el suelo. Yo me levanté fatigado y solo pude decir “¡Gracias!”. Uno de ellos comenzó a manosear mi polla, que estaba dura como el mármol, e intentó llevársela a la boca; yo me aparté ligeramente para contestar a uno de ellos que le preguntaba a otro, esquivando la provocación:

-          ¿Te queda un piti? - preguntaba una de ellos.
-          Espera un segundo - le contesté yo.
Corrí desnudo hasta mi escritorio, y volví con la cajetilla de emergencia de Lucky, que siempre tenía lista en mi cajonera para los Amos fumadores. Se la ofrecí y les dije que se la quedaran, que acabaran con las cervezas que había afuera, y que podían volver cuando quisieran durante el fin de semana. Mi mente fue rápida contestando a la pregunta sobre si podrían pasar al sofá de nuevo:
- Decid la palabra “SOUFLÉ” y os abro para que estéis a gusto.
Tres de ellos volvieron varias veces durante los siguientes días, juntos o por separado y pasaron al sofá diciendo la palabra mágica. Todas esas veces, tenía lista una cajetilla de Lucky y unas cervezas frías reservadas para ellos. El domingo se llevaron mi número de teléfono, y solo uno de ellos me escribió un mensaje, varios meses después, cuando visitaba Madrid de nuevo.
Eran cerca de las 3 de la mañana, me di una buena ducha fría; no había señales de ruido en la escalera. Me quedé dormido en el sofá, hasta que un grito en el recibidor me despertó.
-          “¡No voy a pagar!”




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