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viernes, 29 de junio de 2007

Los primeros visitantes de la casa


Los primeros visitantes de la tarde no se percataron casi de la presencia de las cervezas, pero una vez uno de ellos había dejado la lata vacía por el recibidor, las cervezas empezaron a volar. De la misma forma, comencé a oír ruidos de mecheros, mientras yo me dedicaba esmeradamente en la labor de comerle el rabo al tío que estuviera en mi recibidor.
En los momentos que no oía ruido en las escaleras, me asomaba por el panel lateral para comprobar el nivel de cerveza y vaciar el cenicero en una bolsa de basura. Tuve que sacar un par de mecheros más que había por casa, ya que estos tenían una elevada tendencia a desaparecer de la pequeña repisa del recibidor. Al día siguiente, compraría unos cuantos más. En una de estas escapadas, me agachaba para recoger una de las latas vacías, en una esquina del recibidor, cuando noté una disminución de la luz que entraba por la escalera.
No me dio tiempo a dirigirme hacia el panel lateral; una mano caliente se posó sobre mi nalga izquierda, desnuda gracias al suspensorio blanco, y una voz grave dijo “Chúpamela aquí mismo”.
Mi cuerpo dudo un instante, pero mi mente no;  me arrodillé de espaldas al hombre que me tocaba y giré sobre mí mismo 180 grados, mientras mis manos se dirigían al elástico de su pantalón corto, que esperaba abultado delante de mi cara. Mis ojos se fijaron en las playeras monocolor de aquel chico, que con la mano empujaba mi barbilla hacia arriba, permitiéndome mirarle a la cara, mientras mis dedos se seguían deslizando dentro del elástico, para bajar de un suave tirón pantalones y gayumbos hasta las rodillas.

Un chico de unos 25 años, con unos escasos pelos en la barba, me miraba con cara de vicio desde más de un metro por encima de mi cabeza. Llevaba una camiseta sin mangas, de un color que me pareció rojo, con unas letras indicadas sobre el pecho, que se adivinada delgado, al contrario que el miembro que ya golpeaba mi mejilla, agitado por la mano de su dueño. Bajé mi mirada y comencé la felación delicadamente, hasta que fueron sus propias manos las que me obligaron a sentir su miembro en el fondo de mi garganta. Fue la única vez durante esos días que le comí la polla al tío directamente en el recibidor, y la primera vez que garabateé mi número de teléfono sobre una hoja del bloc para dársela a mi visitante, corriendo escalaras abajo para alcanzar a entregársela, pues se fue con la misma velocidad y sigilo con los que había llegado.



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