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jueves, 28 de junio de 2007

Orgullo en casa


Conseguí llegar hasta el jueves de la semana del orgullo, entretenido de diversas maneras. La verdad es que me llegaron unos cuantos encargos de trabajo y me dedique hacer vida de monje:
·         10:30 - Desayuno y ducha fría
·         11:00 – Salida para el gym. Ya vestido con la ropa y no duchándome allí para evitar calenturas innecesarias.
·         13:45 – Trabajo desde casa. Con el AC a tope y vestido solo con un suspensorio de diario (blanco)
·         16:30 – Comida delante del ordenador para seguir trabajando con las innumerables conferencias que tenía con Estados Unidos.
·         20:00 – 10 largos en la piscina
·         21:30 – Cena y a seguir trabajando, hasta que todo el trabajo estuviera acabado.
Evidentemente, cada vez que me metía en la ducha, lo hacía con el agua helada. No solo por el calor que hacía en Madrid, sino también por rebajar la libido que empezaba a apoderarse de mí, a todas horas. Aunque durante mis horas de gimnasio, era completamente capaz de evadirme del todo, y no pensar en nada, salvo en completar los ejercicios que mi entrenador había programado para ese día, durante los cortos trayectos de ida y vuelta, no era capaz de pensar en otra cosa que en los paquetes de los hombres que me cruzaba por el camino.

El jueves, a la vuelta del gimnasio, comprobé orgulloso sentado delante de mi portátil, que no tenía ningún trabajo pendiente y que mi padre había dado por cerrados todos mis asuntos pendientes. Preparé mi estrategia durante unos minutos, haciendo girar las ruedas de mi silla de escritorio mientras miraba el techo. Revisé mi lista de contactos y mande el mismo mensaje a todos los seleccionados.
Por supuesto, añadí mi dirección al final y la frase “Sube al primero”. Aunque recibí algunas respuestas, muy buenas propuestas, y no tan buenas, las ignoré todas.

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