Imprescindibles

No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

miércoles, 24 de octubre de 2007

Probado como Criado



Después de un par de visitas habiendo pasado allí muchas horas, ya tenía cogido el truco a la casa e iba por allí 1 día a la semana durante unas 3 horas; ya hasta me parecía una tarea rutinaria el llegar a casa de los estudiantes y ponerme a limpiar mientras ellos se descojonaban de risa en el sofá con la serie de turno que estaban viendo esa tarde.
Pero ese día, solo Sergio estaba en casa y nada más abrirme la puerta me dijo que empezara por la cocina que tenían que tenerla limpia a fondo. Me puse con ello solo contestando “Buenas tardes. Sí, como quiera”.
Mientras empezaba con la ya típica montaña de cacharros sin fregar en la cocina, notaba que me estaban vigilando; probablemente, por lo extraño de estar en esa casa sin el jaleo de los tres estudiantes; solo Sergio hacía algo de ruido mientras leía unos folios sentado a la mesa camilla del salón, en lo que yo supuse que era “estudiar”.

La sorpresa llegó cuando oí que me llamaba, no recuerdo cómo, ya que por aquel entonces no sabían mi verdadero nombre. Acudí extrañado al salón y me lo encontré mirándome fijamente a los ojos con su ya clásica cara de enfadado.

-          ¿Desea algo? – llegué a mencionar al cabo de los segundos.
Se reclinó para atrás en su silla y dijo “Salta” con cara de expectación.
Aunque la orden me dejó estupefacto, estaba acostumbrado a no hacer preguntas y salté casi sin plantearme lo que había detrás de todo eso. Una sonrisa se dibujó en su cara y me dijo que le trajera una cerveza de la nevera. Se la lleve rápidamente y continué con mis labores en la cocina.
Sin embargo, parece que la prueba de fuerza no se había terminado, aunque yo, ya se la había dado por ganada; continuó toda la tarde llamándome para diferentes peticiones: otra cerveza, un sándwich, una cerveza más (incluso bajé a comprar más porque no quedaban en la nevera)… y todas ellas, acompañadas de algo que nunca me esperaba. y que sin duda estaba siempre destinado a medir hasta que punto iba a hacer todo lo que él me ordenara.
Cuando pulsé el botón de encendido de la última lavadora y el resto de los chicos no habían aparecido por la casa, comprendí basado en lo que Sergio llevaba haciendo conmigo toda la tarde, que esa noche no se acabaría como las anteriores después de tender la ropa; hora y media más tarde lo comprobaría al oír su llamada por última vez ese día.
-          ¿Has acabado? Ven aquí.
Esta vez estaba sentado en el sofá, con la TV encendida, los pies encima de una pequeña mesa, que siempre tenían repleta de revistas y papeles, tomándose la última cerveza que le había llevado, marca Heineken, como él había insistido cuando tuve que bajar a comprarlas.
Su cara realmente parecía muy divertida ante la situación cuando llegué al salón. Me miró fijamente, como cada vez que me llamaba, y apuró el final de la lata de cerveza inclinando la cabeza hacia atrás. Aplastó la cerveza con su mano y, sin dejar de mirarme, la dejó caer al suelo.
Por supuesto corrí a recogerla y llevarla a la basura para volver a mi posición inicial con una cerveza nueva. El gesto pareció ser exactamente lo que él quería.
-          ¿Hasta dónde vas a llegar? - espetó Sergio sin dejar de mirarme fijamente.

-          Hasta donde usted diga - contesté, casi de forma automática.
Treinta minutos más tarde me iba de la casa, por fin, tras haber sido brutalmente humillado por ese estudiante pasado de peso, para el que llevaba ya casi un mes limpiando su casa. Si ya lo había sospechado antes, ahora había confirmado que Sergio sabía exactamente que lo que entraba todos los miércoles por la puerta de su piso de alquiler para hacer la limpieza, no era simplemente un servicial chico que no cobraba por limpiar, y que también iba más allá de un servicial homosexual excitado por ayudar a un grupo de estudiantes heterosexuales, en teoría.
Primero, me había escupido varias veces riéndose cada vez que yo contestaba “gracias”. Incluso se había atrevido a ordenarme abrir la boca y escupirme directamente dentro o escupir en el suelo y ordenarme que lo limpiara, riéndose mucho cuando yo lo hacía con la lengua.
Después, se había entretenido un par de veces mandándome abofetearme a mí mismo hasta que se dio cuenta de que sería más divertido abofetearme él mismo. Esta vez fue él quién me ordenó darle las gracias cada vez que lo hacía, y así lo cumplí. Su máxima diversión en este juego llegó cuando me amenazaba con la mano abierta pero no llegaba a pegarme y me ordenaba pedírselo por favor.

Cuando acabó esa cerveza volvió a tirar la lata al suelo.
-          Tráeme una más y vete - dijo seriamente

Por supuesto, la semana siguiente la demostración de fuerza se repitió delante de sus compañeros a modo de anécdota y mi servicio se amplió automáticamente de chico de la limpieza a mayordomo, con obligación de recibir lapos y bofetones, cosa que fue Sergio el que hizo sistemáticamente a partir de entonces.



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