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jueves, 22 de noviembre de 2007

Tarde de Mayordomo


Ya había pasado más de un mes desde la primera demostración de fuerza de Sergio ante sus compañeros en el piso de estudiantes y yo pasaba la semana entera deseando volver a esa casa para hacer de sirviente domestico para esos chicos.
La semana anterior habían decidido que los miércoles no eran el día perfecto para que yo fuera, si no los jueves. Ese día se convertiría desde entonces en la tarde de las cervezas y el mayordomo. Yo les llevaba un pack enorme de cervezas cuando entraba por la puerta y se las iba llevando al salón, cuando las pedían, mientras ellos veían la TV y discutían a voces sobre cualquier cosa en la que no estuvieran de acuerdo. Mientras, yo hacía mis ya habituales tareas de limpieza: baño, cocina, lavadora, barrer, fregar, tender… y la mayor diversión llegaba cuando me llamaban al salón para desempatar alguna de las discusiones que estaban teniendo.
El juego, que empezaba ese día después de la tercera cerveza, se convertiría después en la tónica de esa tarde de mayordomo. Me llamaban al salón y me mandaban sentarme en el suelo frente a ellos.

Me comentaban su última discusión sin muchos detalles, resumiendo la pregunta para que solo pudiera elegir entre unas pocas opciones:
-          ¿Barça o Madrid?

-          ¿Playa o Montaña?

-          ¿PP o PSOE?

-          ¿Heineken o Mahou?

-          ¿Rubias o Morenas?
Y por supuesto, fuera cual fuera mi respuesta, les importaba una mierda. Lo único que querían era que el perdedor pudiera soltar la mano un rato conmigo, aunque al final eran los tres los que acaban descargándome algún bofetón, lapo y varios insultos variados que a veces yo no había oído anteriormente, y que, alguna vez, me causaron una bochornosa risilla; luego entendería que eran diferentes formas de llamarme maricón. Siempre, la última ronda de cualquier humillación que me estuvieran aplicando, venía por parte de Sergio mientras David siempre era reacio a las mismas, aunque terminaba también haciéndomelas por la presión de sus dos compañeros.
La tarde-noche discurría así, alegremente entre risas, humillaciones, tareas de limpieza y, normalmente, incluía que fuera a recoger las pizzas, o lo que fuera que habían decidido cenar ese día.
Uno de esos días, salí de casa a recoger unas pizzas cuando me di cuenta en mitad de la escalera, que no había recogido el dinero que escrupulosamente ponían entre los 3 encima de la mesa camilla para pagar la cena. Decidí no incordiarles timbrando de nuevo para eso y seguí adelante con mi encargo. Ya de vuelta, puse las pizzas en la mesa, les traje las servilletas y una nueva ronda de cervezas y me quedé pasmado dos segundos cuando mis ojos se posaron en la mesa camilla del salón que estaba vacía, sabiendo que allí se encontraba el precio exacto de la cena que se estaban tomando, pues lo había visto antes de salir de casa. Por detrás de mí, se hizo el silencio y se me dibujó una media sonrisa. Ellos se rieron bajito cuando yo salí del salón para continuar mis tareas.
Desde ese día, yo pagaba la cena.
Al irme a casa, Antonio se acercó a la puerta y puso la mano en mi hombro mientras yo salía. Cuando me giré para ver que quería, el empujó la puerta tras de mí mientras yo miraba su cara que entendí quería decir “la que has liado”.

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