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jueves, 6 de diciembre de 2007

Antonio


Las tardes de mayordomo se desarrollaban como de costumbre, ya desde hace varias semanas sin que hubiera cambios en la rutina, salvo que yo salía de esa casa cada día más orgulloso (y caliente) de servir a ellos maravillosos estudiantes heteros.
Antonio solía llegar siempre un poco más tarde que yo. Parece que los jueves era el día que jugaba el partido de futbol con los colegas. Su ritual era siempre idéntico. Llegaba sudado con su camiseta blanca, creo que del Real Madrid, y unos pantalones cortos negros. Saludaba rápidamente a sus compañeros y se iba directo al baño, desde donde se oía la ducha durante unos largos minutos, y volvía de su habitación, con ropa de andar por casa, al salón para coger el ritmo de sus compañeros tomando cervezas. Las pocas veces que yo ya había limpiado el baño cuando él llegaba, Sergio me recordaba que revisara el baño cuando Antonio me pedía la primera cerveza.
Esa tarde la rutina cambio ligeramente, pues Antonio entró dando un portazo y se pasó un montón de tiempo dando voces en el salón que yo no comprendí muy bien pues estaba dentro del baño ensimismado en la limpieza y algo preocupado por no haberlo acabado antes de su llegada. Y así seguía yo cuando el entró a la ducha y no pude evitar dar un salto del susto cuando fui sorprendido mientras limpiaba el gran espejo que ocupaba media pared.
-          Fuera!


Salí rápidamente y tras dos segundos parado en la puerta del baño que ya se había cerrado sin que Antonio ni siquiera me mirase, continué mis labores por la cocina habiendo decidido esperar a la ropa sucia de Antonio antes de poner la lavadora, pues había calculado que solo pondría una ese día.
Minutos después oí la llamada y acudí rápidamente al salón, sorprendido por lo lejana que se oía la voz. Al llegar, David y Sergio veían distraída y calladamente la TV y cuando me vieron aparecer pusieron cara de “aquí no” e incluso se encogieron de hombros. Comprendí que Antonio me estaba llamando desde otro sitio cuando volví a oír la llamada y avance por el pasillo despacio, viendo que la puerta del baño estaba abierta y éste completamente vacío tal y como lo había dejado minutos antes, salvo por una toalla tirada en el suelo y el espejo empañado. La puerta del fondo estaba abierta y una sombra se proyectaba sobre el lateral del armario visible desde el pasillo. Mis dudas me hicieron pararme en la puerta.
-          ¿Sí?

-          Pasa - contestó la voz de Antonio desde dentro.
Casi se disculpó con sus palabras enseñándome su camiseta blanca, que tenía un roto en medio de la espalda casi del tamaño del número del jugador. Yo escuchaba confuso la historia, sin llegar a entender porque sus palabras sonaban a disculpa, cuando su mano cruzó mi cara de lado a lado con un sonoro bofetón.
Entonces entendí que Antonio iba a descargar su enfado monumental, por la rotura de su camiseta de futbol, conmigo. Agaché la cabeza y moví mis manos a la espalda, casi como gesto de aceptación, teniendo él que levantarme la cabeza con una mano para darme el siguiente bofetón.
Después de un par más, situó un dedo de su mano sobre mi frente e hizo una presión ligera pero firme, haciendo que me moviera hacia la pared. Una vez mi espalda estaba pegada a la pared, me miró fijamente, con lo que quise entender era cara de pena. Enseguida perdí de vista su rostro al agacharme por el puñetazo que me había dado en medio de mis abdominales.
Parece que la pena se le pasó rápidamente cuando vio que mis abdominales soportaban la descarga de sus puños y yo volvía a mi posición sin mucho esfuerzo. Se pasó un buen rato desahogándose, con mi espalda pegada a la pared y, cuando pareció que estaba ya cansado, recogió su camiseta del suelo y puso su mano en mi hombro con cara de tristeza.
-          Y aun así, ¿qué hago con esto?
Dude solamente un segundo después del gesto que me había hecho aquel día al salir de casa.

-          Mañana le acompaño y… ¿le compro otra?
La semana siguiente, Antonio llegaba a casa sonriente, 5 minutos después de mi llegada, cuando yo ya estaba fregando los platos de la cocina, con su nueva equipación completa del Madrid de camiseta, pantalón, botas y calcetines sin saber exactamente lo que había costado, pues la cuenta había pasado por mi tarjeta de débito.

                         

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