Imprescindibles

No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

sábado, 22 de diciembre de 2007

Sergio


Allí estaba puntual, al día siguiente, a la hora que me habían enviado por mensaje. Me abrió la puerta Sergio en calzoncillos, frotándose los ojos y se fue directo a tirarse al sofá del salón; de el resto de los chicos no había señal. Nunca antes había visto a Sergio con tan poca ropa, él, que siempre iba vestido como un pincel con ropa pretenciosa; si lugar a duda, su ropa ocultaba muy bien sus anchas caderas con un ligero michelín por encima y el denso vello, que siempre se veía asomando por el cuello de su camisa, era representativo del resto de su cuerpo peludo.
-          Haz el baño, que está hecho un asco – me dijo con desgana.
Tuve que dedicarle un montón de tiempo al baño porque, realmente estaba hecho un asco. Parece que los amigos de los chicos no tenían muy buena puntería cuando llevaban unas copas de más y además alguien, o más de uno, se había realmente pasado de alcohol y había vomitado, como dios le dio a entender, para su estado. Había restos de su paso por el lavabo, el wáter y hasta la bañera. Cuando terminé salí al salón y comencé a hacerlo intentando no hacer ruido; Sergio dormía en el sofá con unos leves ronquidos y la TV encendida.

Comencé llenando bolsas de basura separando los envases del resto y dejé las botellas para el final llevándomelas a la cocina de dos en dos, para que no hicieran ruido, dónde luego las metería en las bolsas necesarias. Después me dediqué a las mesas y a barrer el suelo antes de empezar a fregar. No moví ningún mueble más de lo necesario para evitar el ruido pero Sergio se despertó de todas formas.
-          ¿Sigues aquí? – preguntó abriendo uno de los ojos a medias – esto está mucho mejor.
Se incorporó en el sofá colocándose el paquete en los bóxer holgados de marca que llevaba, en los que vi de reojo una erección, mientras movía el cubo fuera del salón para empezar a fregar el último trozo del salón que tenía un montón de roña pegada.
-          ¿Tú haces todo lo que te mandamos, no? – dijo con tono sarcástico.
-          Sí – contesté bajo, pensando que venía otra innecesaria demostración de fuerza.
-          Pues vente para acá. – Dijo mientras pasaba a mi lado mientras seguía frotándose los ojos.
Le seguí por el pasillo y entré detrás de él en su habitación de la que había recogido y planchado ropa tantas veces. Cerró la puerta y acercó su boca a mi cuello.
-          Como digas algo de esto, te mato - casi susurró en m oreja.
No tuve que contestar porque Sergio ya se había ido de mi lado, dejando un aliento sucio en mi mejilla. Estaba delante de mí y se bajaba los calzoncillos dejando libre una polla peluda en erección antes de tumbarse en la cama con las piernas abiertas. Me señaló su entrepierna porque yo seguía inmóvil mirando la escena y me coloqué en silencio encima de la cama entre sus piernas.
Dudando que era lo que quería exactamente agarré suavemente su polla con una de mis manos y tras un segundo empecé a pajearla despacio.
-          Con la boca – dijo Sergio relajadamente
Ahora que lo tenía, bajé mi cabeza para direccionar su polla dentro de mi boca y una vez que tuve la punta entre mis labios retiré las manos a ambos lados de sus caderas para dedicarme solamente a chupar, como él había pedido. Su polla tenía un sabor fuerte, probablemente desde la noche de desenfreno anterior, pero no flaqueó ni un momento manteniéndose dura en todo momento dentro de mi boca mientras yo me la metía hasta el fondo de mi garganta.
Me dediqué un buen rato a chupársela y pese a lo cachondo que estaba Sergio, por su enorme erección, aguantó bastante para estar de resaca antes de sacármela de la boca para terminar el mismo de correrse encima de su peludo y no definido abdomen. Yo miré como se corría, quieto y en silencio, hasta que él intentó moverse de la cama con un gesto de asco mientras miraba su mano manchada de lefa. Le acerqué un pañuelo de la mesa, sabiendo perfectamente donde los tenía guardados, de haberlos visto tantas veces y recogido usados de debajo de su cama.
Cuando se había limpiado un poco me miró, aun desnudo, con cara de cansado y me hizo un gesto de silencio pasando después su dedo por su garganta en tono amenazador. Entendí el gesto y asentí antes de salir de la habitación despacio. El resto de los habitantes de la casa seguían sin dar señales de vida. Terminé de fregar el salón y me fui sin hacer más ruido.

                         


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