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viernes, 14 de diciembre de 2007

Un amigo


Cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo espanta las moscas. Y algo parecido me pasaba a mi cuando no tenía nada de trabajo y mi lista de contactos disponibles estaba vacía. Había conocido hace unos días a un chico muy joven, que apuntaba maneras como Amo, y con el que había tenido una sesión completamente maravillosa, y eso había dejado relajado todo mi cuerpo; aparte de seguir sirviendo en la casa de los estudiantes todas las semanas.
Así que ante el aburrimiento y sin necesidades urgentes como esclavo, ojeé mi agenda de contactos en el móvil y encontré un nombre que no conseguía identificar. Seguía re-leyendo mensajes en las redes sociales, cuando la cabeza me hizo clic y decidí escribirle a ese chico. Nos había presentado una pareja de estadounidenses, conocidos míos, que estando en Madrid de vacaciones unos días se habían empeñado en ejercer de alcahuetes, sabiendo de mi sexualidad, pero no de mis gustos.
El chico había resultado ser encantador, con unas conversaciones de lo más graciosas, sobre todo después de dos copas, tras las que ambos estábamos ya bastante contentos, y por lo que descubrí después, también cachondos. Sin embargo no sucedió nada entre nosotros. Yo le confesé mi condición de esclavo y a él pareció divertirle; ni siquiera me juzgó o me hizo preguntas curiosas. Simplemente lo asumió como parte más de la conversación y continuamos la noche por algunos bares de ambiente de chueca, riéndonos un montón.
Pues en ese momento se me antojaba una buena idea pasar una noche de ese estilo y le llamé a ver que le apetecía. Él parecía acordarse de mí, aunque no mucho de todo lo que pasó esa noche, y quedamos que nos veríamos en mi casa para la primera copa. Ya tenía plan.
Llegó exactamente a la hora prevista y yo le esperaba en casa ya con su copa medio preparaba, pues recordaba que era lo que bebía siempre, de la vez anterior. Aunque él no iba de ese palo, mi actitud servil me podía en esas situaciones, hasta el punto de que el comento “Así da gusto”, cuando estaba tranquilamente sentado en mi sofá, con la copa en la mano, y los pies subidos a la mesa.
Se llamaba Mario y nos vimos muchas más veces durante los siguientes 8 meses y aún seguimos hoy en contacto.




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