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jueves, 10 de enero de 2008

Vuelta de Mayordomo


A la vuelta del parón de navidades, las tardes de mayordomo continuaron como anteriormente. Por supuesto, no mencioné a nadie, ni siquiera a Samuel, lo sucedido con Sergio en nuestro último encuentro, y él parecía haberlo olvidado también, aunque se le notaba una mayor inquina hacia mí en ciertos momentos.

Lo bueno de que todos los chicos se hubieran ido a sus casas durante las vacaciones es que no habían tenido casi tiempo a ensuciar el apartamento. Casi no tenía ropa sucia, ni ropa para planchar, así que mis labores se centraron en la limpieza de la cocina y del baño.

Sin embargo, hacía mucho tiempo que los chicos no se veían y tenían un montón de cosas de las que hablar, por lo que la tarde de cervezas les vino de perlas esta semana. Su nevera estaba llena de comida, que les habían hecho sus madres, pero vacía respecto al resto de cosas; tuve que hacer una excursión al chino de abajo para rellenarla de cervezas para esa tarde. Cuando volví con ellas, los tres ya estaban en el salón discutiendo muy alto, sobre alguno de sus clásicos temas irrelevantes, y yo les llevé una cerveza a cada uno. Me detuvieron en el salón, acordando entre ellos que hoy no tendría mucho que hacer con la limpieza, como así era.

Fue Sergio el que comenzó el pequeño juego de siempre haciéndome ponerme de rodillas y soltándome la primera ostia, de izquierda a derecha de mi cara, para seguir con una de derecha a izquierda. Antonio y David lo miraron atónitos, pues normalmente buscaban alguna excusa para ponerme los diferentes “castigos”, aunque fuera completamente burda, hasta que Antonio rompió el silencio aguantando una risa de asombro.
-          ¿Y eso? – preguntó Antonio mirando a Sergio.
-          Como te pasas – musitó David desde una esquina del sofá.
-          No me han gustado mis regalos de Reyes – se justificó Sergio

Los tres se rieron por la respuesta que Sergio había dado, completamente serio y él comenzó a explicarles, ya riéndose, una serie de regalos inútiles que había recibido de algunos de sus parientes. He de reconocer que algunos de ellos eran completamente irrisorios, contados con una vis cómica, que no había oído nunca en Sergio. Yo escuché con la cabeza gacha toda la historia, pero no pude evitar que se me escapara una pequeña pedorreta con mis labios, mientras intentaba aguantar la risa, debido al monólogo de comedia que Sergio se estaba marcando en esos momentos. Por desgracia, se percató de mi risa contenida.

-          ¿Veis? ¡Hasta a este mierda le hace gracia! – dijo como colofón de su monólogo.

Sin embargo la risa se acabó pronto para mí porque dos ostias como las de antes, quizás con más ganas, se descargaron de Sergio en mi cara, una de cada lado. Ya tenía mis dos mejillas bastante coloradas después de esas dos descargas de cada lado, pero continué allí de rodillas con la cabeza gacha.
-          ¿Y a vosotros? ¿No os han hecho ningún regalo cutre? – Pregunto Sergio abiertamente.
-          ¡Pues sí! – contestó Antonio – Me he quedado sin la nueva camiseta del Madrid que quería.

Según terminó la frase, se sentó en el borde del sofá para alcanzar a levantar mi cara y soltarme dos ostias como las que me había dado Sergio, ya dos veces ese día, aunque su fuerza fue bastante menor.
-          ¿Y tú? – preguntó Sergio a David que observaba la escena desde una esquina del sofá, ya más metido en lo gracioso de las circunstancias, tras las explicaciones de sus dos compañero.
-          Para que nos vamos a engañar, me han regalado una mierda de jersey, que ni siquiera es de mi talla – dijo David entre risas.

Por supuesto, aunque fue el más suave de los tres, me cruzó la cara de lado a lado, con ida y vuelta, como sus dos compañeros.
-          Pero dejémosle que siga ya limpiando – dijo David con ganas de acabar con esto.
-          Me he quedado sin saber qué es lo que hubieras preferido por Reyes – decidí espetar mirando a Sergio de forma desafiante.

Sergio se quedó sin palabras ante mi salida de tono; pero yo había hecho la pregunta, con un sentido que aún no quería desvelar, aprovechando mi último encuentro con Sergio, para ponerle un poco nervioso, y que se sintiera obligado a contestar a una pregunta que, en cualquier otra ocasión, hubiera cerrado dándome un par de guantazos de nuevo. Tardó varios segundos en conseguir armar la frase, en la que explicó que hubiera preferido cierto juego de la consola de turno; nombres para los cuales siempre he tenido mala memoria, por lo que intenté memorizar la frase fonéticamente.

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