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sábado, 12 de enero de 2008

Y llegó el día


-          Vente a casa a cenar…. Pedimos unas pizzas de las que te gustan. – Le dije a Samuel esperando una negativa.
Ya llevábamos unas 3 horas de charla en las que él se había tomado unas 5 cervezas pero no fumado mucho.
-          Allí puedes fumar tranquilo y tengo cervezas  - insistí
Mi sorpresa fue enorme cuando aceptó con un simple “Vale, vamos”. Le pedí la cuenta al camarero y como siempre saqué la cartera y pagué. En el coche fue bastante callado y yo le expliqué que tardaríamos poco, que podía ir pidiendo por el camino, pero él prefirió esperar a que llegáramos.
Una vez en casa le invité a sentarse en el sofá y le traje una cerveza preguntando directamente si la quería en vaso o directamente la lata. Se la llevé en un vaso a la vez con un cenicero limpio, un cenicero y una nueva cajetilla de Lucky, aunque todavía debía de tener la que le di al llegar al bar, que se había guardado antes de salir.
-          Faltan unas aceitunillas para acompañar – dijo en tono de coña.
Yo tardé menos de 2 minutos en llevarle un bol con unas aceitunas y él me miró con una cara peculiar.
-          Ponte cómodo por favor, yo me voy a cambiar - le dije con naturalidad.
-          Vale – me contestó subiendo los pies a la mesa sin descalzarse las botas.
Yo me la jugué saliendo de mi dormitorio con un suspensorio y el móvil en la mano preguntando el tipo de pizzas que tenía que pedir. Tomé un cojín del sofá y lo puse en el suelo para sentarme a un lado de la mesa pudiendo verle la cara a Samuel y quedando sus botas a la altura de mi cabeza.
-          ¿Esto es lo que haces en la casa de los chicos? – Me preguntó nervioso.
-          No. Pero aquí no hay nada que limpiar. Yo soy especialista en… - hice una larga pausa
-          ¿En qué? – preguntó Samuel ansioso
-          En complacer, obedecer, cumplir fantasías….
-          Ya…. Esclavo para todo, ¿no?
-          Eso es – le sonreí mientras terminaba de hacer el pedido de la pizza.
Él siguió bebiendo cerveza grandes sorbos y fumando mientras llegaron las pizzas y continuamos nuestra, siempre animada conversación, esta vez centrada en las cosas que yo había hecho. Le pedí que el abriera al repartidor y le di dos euros para que le diera de propina al chico; la pizza ya la había pagado online. Comió casi sin hablar, tranquilamente sin levantar las piernas de la mesa mientras me pedía los trozos de la pizza que quería cada vez, con una sonrisa socarrona cuando yo me levantaba de mi cojín para cortarle el trozo y acercárselo al sofá, sin que él tuviera que moverse.
-          Entonces, ¿qué? Me vas a decir que ¿nunca te han dicho que no a nada? - Pregunté intentando llevar la situación a mayores.
-          Sí – afirmó – ¡Sí que me lo han dicho! Un montón de veces
-          Pues eso puedo arreglarlo yo – dije mientras le miraba fijamente.
Me hizo ponerle porno hetero en el que salieran tías bien tetonas antes de empezar a bajarse los pantalones. Al principio solo me dejó chupársela despacio casi sin tocarle el resto del cuerpo pero enseguida se lanzó a agarrarme por el pelo y ser él el que manejaba el ritmo al que me follaba la garganta. Y eso de llegar a la garganta era una de las cosas que más le gustaba. Me dejaba su enorme polla metida hasta al fondo un buen rato sin importarle mis babas.
De vez en cuando me sacaba la polla de la boca y la meneaba arriba y abajo haciendo que mis babas me salpicaran toda la cara. Yo le miraba fijamente desde abajo mientras abría la boca y sacaba la lengua para que su polla me golpeara en ella hasta que decidía seguir follándome la boca y él no quitaba la vista de la TV con la película porno.
Si que miró hacia a mi cuando la sacó para empezar a meneársela muy rápido al borde del orgasmo.
-          ¡Ahí, ahí! Abre bien - jadeó.
Me quedé mirándole a los ojos con la boca bien abierta e intentando llegar con mi lengua hasta su polla cuando salió su único chorro de leche que me cayó justo en el medio de la lengua. Me quedé muy quieto hasta que él acabó de meneársela y con un último apretón se exprimió una gorda gota de leche hasta la punta de su polla que limpié frotando en mi lengua. Yo le sonreí desde abajo metiendo la lengua en mi boca y tragando y él empezó a vestirse.
-          Cuando tengas otra necesidad especial, ya sabes que yo lo puedo arreglar – le dije antes de que se fuera de casa.
-          Mira qué hora me ha dado; tengo que volver a casa en taxi.
-          Espera
Le traje 20 euros para el taxi, que cogió bajando la cabeza y se despidió ya desde el descansillo del primer piso.

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