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miércoles, 21 de mayo de 2008

DomeSpank


Llevaba unos días metido en casa, haciendo demasiado trabajo, y después de no saber nada más de mi último Amo, esa tarde de miércoles, echaba de menos pasar por la casa de los estudiantes a hacer unas cuantas tareas domesticas.
Después de echar un vistazo a mi piso y comprobar que todo estaba perfectamente en orden, como siempre, me decidí a hacer un poco de búsqueda por uno de los chats. Me senté cómodamente en la silla del despacho y encendí el ordenador.
La verdad es que la tarea era ardua: casi imposible encontrar a un Amo de verdad. Muchos dominantes, muchos activazos y muchos “quiero ser”, pero nada que despertara en mi el deseo de servir que llevaba dentro. Pronto perdí la esperanza, pero no la calentura. Me tomé una ducha fría para relajarme y, tras descartar los privados que había acumulado durante los 15 minutos que pasé en el baño, decidí relajar un poco más mis expectativas y estar abierto a otro tipo de diversión más temporal.
Parece que mi apertura de mente me trajo buena suerte porque me cruce con un nick llamativo y me decidí a empezar a hablar con él. Un chico normalito del distrito centro, a donde podría llegar andando, que estaba interesado en alguien que le hiciera la vida más fácil y con quien entretenerse. Enseguida le ofrecí mis servicios domésticos y los aceptó. Tardé unos 20 minutos en prepararme, salir de casi y tocar a su timbre.
Tal y como habíamos acordado, ni siquiera saludé al entrar en casa y él me dijo, señalando una puerta cerrada:
-          Empieza por el baño.
Me adentré y encontré un minúsculo baño, con una bañera pequeña al fondo, un retrete, un lavabo y una estantería abigarrada de botes medio vacíos.
-          Esto será fácil – pensé.
Me lancé a buscar el estropajo y la bayeta para limpiar; estaban detrás del lavabo junto a un bote de limpiador en crema, y comencé por la bañera. De vez en cuando veía una sombra detrás de mí, que supongo, era el chico observando lo que hacía. Desaparecía tal y cómo había llegado y no decía nada. Tardé unos 20 minutos en terminar todo el baño y salía del mismo, pasando la fregona sobre los azulejos de la entrada.
-          Cuando termines ven aquí - me interrumpió.
Dejé la fregona y fui a la habitación de la que había venido la voz, cruzando el salón por el que había entrado en la casa. Él estaba sentado sobre una cama enorme, en comparación con el resto de la estancia, con unos pantalones vaqueros y una camiseta ya bastante estirada. Se puso de pie y me indicó la pared con el dedo índice de su mano.
Entendí que me tenía que poner contra la pared y así lo hice, apoyando las manos sobre la misma, a ambos lados de mi cabeza; también apoye mi frente en el muro.
Noté que introducía sus dedos por debajo de mi ropa, a la altura de mi cintura, y con un rápido tirón, me bajó los pantalones cortos y el suspensorio, hasta la altura de las rodillas.
Por la conversación que tuvimos, sabía que lo que vendría ahora serían unos azotes. Mi sorpresa fue cuando lo que note sobre mis nalgas, las dos a la vez, no fue su mano, sino un tacto de cuero frío. Parece que el chico tenía una pala de spank y no pensaba ni calentarme las nalgas. Había soltado con toda su furia un azote, cruzándome el culo completamente.
Me equivocaba, porque la fuerza podía ser aún mayor, como fui notando en los siguientes golpes. Contaba mentalmente “Dos, Tres, Cuatro…” y cada vez me daba más fuerte, mientras yo apretaba los dientes; sin mucho descanso entre cada golpe.
En cierto momento, el tacto cambió y algo suave se frotó contra mis nalgas ya ardientes. Sin embargó, el dolor no disminuyo cuando ese tacto se volvió a estrellar sobre mi culo.
-          Catorce – gruñí, casi sin darme cuenta.
Oí una risa a mis espaldas y varios azotes continuaron, casi sin intervalo de tiempo entre ellos. Llegué a contar hasta 23 cuando paró, pero eso no era todo.
-          Quítate la ropa – sonó desde mi lateral.
Saqué mis pies de mis pantalones y me quite la camiseta de un tirón, dejándola en el suelo con el resto de mi ropa, mientras el chico sentado en la cama, me miraba jugueteando con algo en la mano. Me tomó por ambas caderas y me acercó hacia sí, dejando mi polla a altura de su cara.
Lo que tenía en la mano parecía un cordón de una zapatilla; con destreza lo deslizó rodeando mi rabo y mis pelotas. El primer apretón lo dio bien fuerte, con una sola mano, para después comenzar a rodear mis pelotas con el cordón. Cuando las tuvo bien atadas, se aseguró de apretar bien el cordón antes de anudarlo y me sobó las pelotas bien apretadas con una de sus manos. Cuando esa mano se retiró, la otra me dio un par de golpes, a palma abierta, que me hicieron doblarme un poco por la sorpresa.
-          Ahora a la cocina - dijo.
Me dio gusto ver que la cocina era casi tan pequeña como el baño y me dediqué a ella, empezando por una enorme pila de platos sucios que había en el fregadero, intentando olvidarme de el apretón de mis huevos. Tardé más de 30 minutos en tenerla medio decente, mientras veía al chico, a través de la puerta, tirado en un viejo sofá de dos plazas, con las piernas encima de una mesa llena de cosas, reírse con una serie que sonaba en la TV.
De nuevo cuando salía de la estancia hacia el salón, de espaldas al chico, completamente desnudo y con las pelotas doloridas, pero acostumbradas al cordón que las apretaba, noté una mano en mi nalga derecha, que me tocaba suavemente.
-          Ven aquí cuando acabes - oí.
Le seguí de nuevo hacia esa habitación, en la que él se sentaba en la cama, y así lo encontré de nuevo.
-          De rodillas – me dijo, mientras se ponía de pie y dejaba caer su pantalón hasta los tobillos.
Detrás fue su bóxer, y una polla discreta y flácida, con muchos vellos cortos, apareció delante de mi cara.
-          Las manos a la espalda – dijo firmemente.
Puse las manos a la espalda y moví mi cabeza hasta meterme su polla en la boca, para empezar a chuparla despacio y profundamente, aprovechando que todavía no estaba dura. Se me escapó un par de veces y tuve que esforzarme para mantener las manos a la espalda, buscándola de nuevo con la boca, hasta que se le puso dura y se mantenía directa mirando hacía mi boca.
Unas chupadas más tarde, su presión hacía mí me hacía casi perder el equilibrio, que me costaba mantener con las manos a la espalda, hasta que sus manos decidieron sujetar mi cabeza, mientras eran sus caderas las que marcaba el ritmo de la mamada, convertida en follada de garganta. Emití unos cuantos ruidos con mi garganta, asegurándome de no morder su polla, cuando la arcada me llegaba y él, sacaba su polla hasta la punta por unos momentos, para permitirme respirar.
En una de esas, su polla salió de un tirón de mi boca y se subió de nuevo el bóxer, volviéndose a vestir. Me ordenó quitarme yo mismo el cordón de las pelotas y vestirme. Antes de que me pusiera el pantalón corto, ya con el suspensorio puesto, no se resistió a soltarme un par de golpes más con su pala. Yo paré en seco de vestirme, y esperé con el culo en pompa, hasta que dejó de azotarme.
-          Te lo he dejado bien rojo – dijo, con media sonrisa.
-          Gracias – solo me salió a contestar, mientras terminaba de vestirme y salía a buscarlo al salón, donde ya se había sentado de nuevo, con los pies encima de la mesa, a ver la TV.
-          Ya has acabado por hoy - terminó.

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