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domingo, 5 de octubre de 2008

Servir tuvo un precio


La verdad es que empezaba a preocuparme que se convirtiera en un vicio, pero después de mi experiencia con los estudiantes y con otras buenas sorpresas que tuve después, ese día estaba loco por volver a servir como criado doméstico. Era una sensación extraña; ni siquiera hago las tareas de mi propia casa, pero el hecho de pensar que lo haría para un Amo, causaba en mí una excitación indescriptible. Busqué por la típica web de contactos hasta que encontré a alguien conectado que necesitaba servicio doméstico.

La conversación fue bastante extensa para mi gusto, ya que me preguntó de todo, me pidió varias fotos  e hizo un repaso a mi dilatada experiencia, antes de plantearse si concertar la cita conmigo. Su respuesta fue sorprendente, aunque no me importó, cuando le pregunté si podría servirle como doméstico.
-          Te saldrá a 10 euros la hora - contestó.
Era un piso bastante viejo y pequeño. Él me abrió en albornoz y se fue directamente al sofá, tras indicarme una cocina, integrada en el salón, cuando le pregunté por dónde empezaba. Mantuve una actitud respetuosa, mientras él me volvía a interrogar, confirmando preguntas que ya me había hecho antes, sin parar de limpiar la montaña de platos que estaba acumulada en el fregadero.
Cuando creí haber acabado con la cocina, él se levantó y, poniéndose a mi lado, me indicó algo con el dedo, agachando la cabeza de lado para míralo desde abajo. Hice lo mismo y descubrí el filtro de la campana extractora, lleno de grasa, que probablemente llevaba meses allí, sin haberse limpiado nunca. Asentí con la cabeza y procedí a desmontarlo para limpiarlo con el quita-grasa, que por suerte había en la casa.
Después de la cocina, me tocó el hacer el baño que también era casi diminuto. Me descalcé para entrar en el plato de ducha y limpiar a fondo los paneles de plástico de la mampara, que la separaban del resto del baño. Esta vez no tuve ninguna indicación adicional del dueño de la casa, hasta que me llamó ya cuando había acabado.
-          Ponte ahí – dijo indicando el extremo del sofá, donde sus pies descalzos reposaban.
Me arrodillé y antes de que acabara de hacerlo, me había ordenado lamerle los pies. No llevaba ni diez lametazos cuando me mandó metérmelo entero en la boca; y después cambiar de pie. Yo me dediqué encantado a intentar ahogarme con esos grandes dedos, que tenían unos pequeños pelos negros en cada dedo, mientras él se frotaba el paquete, contenido en un bóxer, debajo del albornoz, que se había abierto por su postura encima del sofá. Su cuerpo era tonificado y yo tenía una vista exquisita desde los pies.
La mano que frotaba su paquete levantó de pronto el bóxer y se sacó los huevos, con la orden subsiguiente.
-          Chúpamelos - dijo.
Aunque por mucho que él me había interrogado sobre mis prácticas anteriores, no habíamos acordado nada de aquello, pero decidí no hacerle esperar y chupar sus pelotas con ganas. Su mano se apoyó en mi cabeza, apretándola contra ellas y conseguí meterme las dos en la boca simultáneamente, disfrutando de su sabor y de su olor, mientras las seguía empapando con mi lengua.
Mi cara fue de decepción cuando allí se acabó todo y tuve que seguir haciendo las tareas domésticas. Ahora me tocó retirar y doblar la ropa del tendedero, para hacer sitio para vaciar una lavadora llena, que estaba integrada en la pequeña cocina. Mientras sacudía enérgicamente las prendas de ropa antes de tenderlas, el dueño vino a decirme que ya solo me quedaba barrer y fregar.
No tardé mucho tiempo en barrer toda la casa y llenar el cubo para empezar a fregar, esperando otra pausa delante de los huevos o los pies del dueño, antes de hacer esa, mi última tarea. Sin embargo, él continuo en el sofá, mientras comía algo que había sacado de su nevera, y yo procedí a fregar el suelo. No me dirigió la palabra hasta que terminé, rodeado por el suelo mojado, al lado de la puerta de salida de la casa.
-          Bueno… 3 horas y 20 minutos - dijo mirando el salvapantallas de su móvil.
Saqué mi cartera y busqué dos billetes de 20 euros dentro.
-          Gracias, Señor – dije antes de salir por la puerta.







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