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viernes, 23 de enero de 2009

Conociendo a Martín


-          Me llamo Martín – me había dicho antes de irse la primera vez de mi apartamento.
No coincidía con el nombre con el que se había presentado anteriormente en nuestras conversaciones pero no le di mayor importancia. Llevaba ya 3 días pasándose por mi departamento a cenar e iba, poco a poco, aumentando su nivel de exigencias, con lo que yo continuaba el ritual todos los días, esperando con ansia el siguiente paso que Martín daría.
Martín daba las órdenes de manera tranquila y con voz suave y lenta, que se volvía firme cuando ya me las había dado anteriormente y, por tanto, ya había comprobado que yo las cumplía. Sin embargo, en las nuevas órdenes que daba percibía una ligera duda en su tono de voz, más que por su necesidad de verla cumplida, por si yo me atrevería a hacerla; o al menos, esa era mi intuición. Martín parecía encantado una vez yo cumplía la nueva orden y a partir de ese momento entraba a formar parte de las órdenes que ya daría sin titubear en cualquier otra ocasión.

Martín llegaba a casa siempre poco antes de la hora de cenar y me hacía desnudarme completamente antes de servirle la cena, cosa que yo hacía con mucho protocolo. Cuando todo estaba listo para empezar a comer, me pedía que lo acompañara sentándome a cenar frente a él, todavía completamente desnudo. Después de la cena llegaba su momento de relajación sexual en el que se sentaba tranquilamente en el sofá y yo me iba de rodillas al suelo. Me vendaba los ojos antes de dirigir mi cabeza hasta su polla para que le hiciera una mamada.
No hacía ningún ruido mientras se la chupaba, las primeras veces, yo tranquilamente marcando mi propio ritmo, hasta que comprobó que yo me dejaba hacer cuando era él el que dirigía mi cabeza sujetándola con sus manos. Hasta hoy, llegaba un momento en el que me dejaba quieto, sujetándome el pelo mientras el terminaba. No me quitaba la venda hasta que no estaba completamente vestido de nuevo y yo esperaba tranquilamente mientras sujetaba mi pelo con la boca abierta y la cerraba cuando me lo soltaba; le oía comenzar a vestirse. Descubría su leche por el suelo cuando por fin me quitaba la venda improvisada, que solía ser uno de los paños de la cocina que usaba para servir la cena, y me pedía que lo limpiara, cosa que hacía rápidamente con las servilletas disponibles de la cena, pasando acto seguido a recoger la mesa, siguiendo sus órdenes.
Pero esta vez me llevé la sorpresa esperada durante mi corta espera con la boca abierta, mientras Martín me agarraba el pelo; aunque era algo con lo que ya fantaseaba desde hace tiempo. Sentí el chorro de leche golpear la venda sobre mis ojos y luego, empezar a chorrear muy despacio llegando a mis mejillas, mientras otro chorro daba en ellas. Yo me mantuve muy quieto con la boca todavía abierta, sintiendo el calor del preciado regalo sobre mi cara. A la hora de mandarme limpiarlo, ya con la venda quitada, me mandó a la ducha.
Una vez recogida la mesa de la cena, después de que Martín hubiera descargado su apetito sexual, era cuando se dedicaba a explorar otro tipo de necesidades, a veces más perversas o, simplemente más escondidas. El primer día exploró mi cuerpo completamente y probó las posibilidades de mi culo utilizando todos los juguetes que tenía disponibles, e incluso algunas cosas extras, que encontró por la casa. Le encantó verme a cuatro patas en el suelo gimiendo mientras él metía y sacaba diferentes cosas de mi culo, haciendo que mi polla estuviera completamente dura desde el primer minuto.
El segundo día, los juguetes anales pasaron a un segundo plano pero aun presentes, y Martín se dedicó a disfrutar de mis músculos comprobando mi aguante. Me hizo posar para él completamente desnudo, con la polla completamente dura por el pepino que mantenía metido hasta el fondo en mi culo, y flexionar mis bíceps para él. Su cuerpo pequeño y delgado hacía fuerza intentando hacerme bajar los brazos y llegaba incluso a colgarse de ellos. Se subió a mi espalda y me hizo pasearlo por toda la casa; me hizo hacer planchas en el suelo mientras el apoyaba sus pies en mi espalda, llegando incluso a subirse a ella.
Yo disfrutaba en todo momento la alegría que parecía producir en Martín cada uno de los diferentes deseos que yo cumplía y deseaba, cada día, saber cuál sería la siguiente petición dubitativa que se incorporaría al repertorio de prácticas aprobadas. Hoy parecía que Martín quería probar un poco mi resistencia al dolor, de la que yo tanto había hecho gala en nuestras conversaciones, y que él había confirmado que vendría muy bien para cuando me castigase.
Sin embargo, mi obediencia completa no había dado lugar a que Martín decidiera ponerme ningún tipo de castigo y así me lo hizo saber, como siempre pausadamente, informándome con su típica duda, de que me iba a poner una serie de castigos para probarme, aunque no me los había ganado. Pesé a su naturalidad a la hora de hablar de castigos, parece que no estaba especialmente experimentado y que realmente, no deseaba hacerle daño al buen perrito que le estaba sirviendo perfectamente, pero la intención y las ganas que le puso me pusieron a mil.
Comenzó atándome las pelotas con uno de los cordones que yo tenía disponibles para ello y realmente le vi disfrutar viendo como mis llenas pelotas se comprimían en el espacio que les dejaba y como yo emitía pequeños quejidos suaves cuando sus manos las apretaban, tiraban de ellas o me daba un ligero golpe. Le hizo mucha gracia que pese a mis ligeras muestras de dolor, mi polla no perdiera ni un centímetro de consistencia para mantenerse completamente dura y buscó algunos pesos por la casa para intentar bajármela consiguiendo solamente que se cayeran con otro gemido por mi parte.
Los pesos improvisados terminaron colgados de los cordones que ataban mis pelotas y mi polla terminó apoyada en la mesa de la cocina mientras Martín dejaba caer el libro más voluminoso que encontró justo encima, para luego apoyarse en él hasta conseguir que diera un grito más allá de los gemidos emitidos hasta ahora.
El momento que más pareció gustarle fue cuando encontró la fusta entre los juguetes que me había llevado a las vacaciones y decidió probarla, diciéndome claramente que nunca había probado “una de esas”. Me dejó con las pelotas atadas y la polla todavía dura apoyada en la mesa, que al ser baja me obligaba a tener las piernas algo flexionadas;  apoyaba una mano sobre el libro mientras su boca se acercaba a mi oído sensualmente.
-          Quiero oírte gritar – me dijo mientras su otra mano descargaba suavemente la fusta sobre una de mis nalgas.
Mi leve sonrisa por los suaves, casi mínimos, golpes que me estaba dando con la fusta se iba ensombreciendo porque la fuerza con la que su mano apretaba mi polla y mis pelotas iba aumentando, probablemente fruto de que los pensamientos de Martín se centraban más en la fusta. Pronto mi sonrisa dejaría de existir y le concedería a Martín su deseo de oírme gritar, no por mi complacencia natural sino porque fue, no muy despacio, aumentando la fuerza con la que descargaba su fusta sin dejar de hacer presión sobre el libro que atormentaba mis genitales.
Cuando la frecuencia de sus golpes fue suficiente como para no dejarme casi jadear entre cada golpe de fusta, no pude aguantar más el dolor constante en mis pelotas, ni el de mi polla dura intentando moverse debajo de la presión del libro y el escozor en mis nalgas tras los repetidos golpes, que las cubrían al completo, y empecé a gritar con un leve sonido continúo y amortiguado, que me dejó emitir durante unos segundos antes de dejar de golpearme, cuando pareció completamente satisfecho y por fin, paró el castigo.
-          Mañana vendré a pasar el fin de semana – me dijo pausadamente.
-          Sí, Señor – contesté entusiasmado.




2 comentarios:

  1. Hummm! Interesante, creo que es el primer relato tuyo que leo donde hay algún castigo. ¡Con lo que a mi me gusta castigar!

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    Respuestas
    1. quizás este es de los más explícitos como castigo en sí, pero alguno más hay:
      https://slvamerica.blogspot.com.es/search/label/pain
      Un Saludo, Amo Severo!

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