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sábado, 24 de enero de 2009

Descubriendo la calma



Martín no tenía ningún plan en especial o eso parecía. En la calle actuaba como en mi departamento, con mucha calma y caminando despacio bajo el calor del sol con una gafas de sol. Me dirigía por las calles de la ciudad, para él bien conocidas, con sencillos gestos, diciéndome cuando tenía que cruzar y decidiendo donde se paraba a mirar un escaparate o entrar en una tienda. Yo le seguía también pausadamente aunque un poco preocupado por algunas miradas de la gente con las que nos cruzábamos, que a veces se fijaban en la tira de cuero que apretaba uno de mis bíceps y otras, o al menos así me pareció a mí, en el extraño bulto que generaban las pinzas de mis pezones bajo mi camiseta.

Martín curioseaba sin ningún objetivo en especial en una tienda de ropa, más bien un stand dentro de un mercadillo cubierto, sobre una camiseta con una frase graciosa, o creo que lo sería para los locales, pues contenía una expresión que yo no llegaba a entender.
-          Está chula, ¿no? – me preguntó con tono desenfadado mientras el tendero se la acercaba desde dentro del rústico mostrador.
-          ¿Cuánto cuesta? – le preguntó al tendero, sin hacer caso a la respuesta que yo iba a musitar, mientras leía de nuevo la expresión en la camiseta, ahora en las manos del Amo Martín.
No recuerdo la respuesta del tendero, y probablemente mi mente no fue lo suficientemente rápida para convertir la cantidad en pesos al precio en euros, o en dólares, pero a Martín le pareció muy cara y se la devolvió al tendero. Yo observé la situación levantando la pequeña bolsa de gimnasio que tenía en mi mano.
-          ¿Qué talla usa? – le pregunté a Martín, que pareció sorprendido.
-          Medium pero… – me contestó, perdiendo su normal tranquilidad, mientras yo abría la bolsa de gimnasio que él había elegido.
Aquí mi mente ya había decidido lo que iba a hacer tras haber completado la conversión de moneda, que había resultado en una cifra completamente ridícula para una camiseta. Arreglé las cuentas con los grandes billetes con el tendero y recogí la bolsa con la camiseta para Martín, con ilusión ante su mirada agradecida. Por unos momentos me olvidé de todo lo que molestaba mi cuerpo tras casi una hora de paseo: con un plug dentro de mi culo, las pelotas atadas, la polla apretada con el cockring, haciéndome marcar más paquete del que habitualmente me gusta, y el bulto en la camiseta que creaban las pinzas en mis pezones, que ya comenzaban a hormiguear por la presión.
El paseo duró poco más después de la visita a la tienda porque Martín quiso volver a casa a ponerse su remera nueva. Nada más entrar por la puerta me pidió que me quedara de nuevo en suspensorios y observó el resultado de los pequeños castigos que me había impuesto para el paseo. Liberó mis pezones de las pinzas, no sin antes fijarse bien en las marcas que habían dejado. Sobó mis huevos un buen rato y los golpeó ligeramente para llegar a la conclusión de que los dejaría atados y con el cockring puesto. Me hizo inclinarme para poder extraer el plug de mi culo con paciencia y jugó un rato con él, metiéndolo y sacándolo de mi ojete para volver a dejarlo dentro.
-          Ayúdame a mear – Me dijo después de la inspección, dirigiéndose al baño.
Le seguí pensando cual sería la forma en la que quería que le ayudase y me lo encontré bajando sus pantalones y ropa interior delante de la taza del váter. Al comprobar que había espacio de sobra, decidí colocarme de rodillas a su lado y ofrecer una de mis manos para sujetar su polla mientras meaba. Como Martín no dijo nada ni puso ningún impedimento ante mi gesto de ofrecimiento me lancé a sujetarle la polla y empezó a mear en tan solo uno segundos. Tras dejar mi vista fija en el agua del váter para comprobar que la dirección en la que sujetaba era correcta, dejé que mi vista vagara por todo el chorro de pis hasta la punta de la polla del Amo Martín, que era la primera vez que veía, aunque ya la había chupado varias veces; finalmente, subí mi mirada hacia Martín, que miraba alternativamente su polla meando y mi cara. Volví mi vista hacia abajo para el final de la meada y cuando hubo terminado, sacudí su polla ligeramente para intentar sacar las últimas gotas.
-          Hay que limpiarla un poco – dijo con su habitual calma.
Lo pensé solo un segundo al ver el rollo de papel al otro lado del váter donde yo estaba arrodillado, pero decidí hacerlo a mi manera y con la calma de Martín. Levanté su polla ligeramente y estiré mi cuello, levantando ligeramente una rodilla para conseguir que mi boca llegara a su verga. Saque mi lengua para lamer cuidadosamente su uretra y por asegurarme del todo, llegué a meterme todo su capullo dentro de la boca, sin dejar de pasar mi lengua suavemente por todo él, hasta que la saqué con un leve succión, que provocó un sonoro chupetón en el baño. Sin alejar mi boca de la polla, levanté mi mirada hacia Martín y comprobé que estaba complacido por mi gesto, no sin algo de sorpresa.
Martín se cambió la camiseta por la que yo había comprado unos minutos atrás y me dio las gracias suavemente desde mi habitación, donde se miraba al espejo con su nuevo atuendo.
-          Gracias a usted, Amo – contesté firmemente desde el salón, donde me había ordenado vestirme de nuevo con la misma ropa que antes.
Se le había olvidado colocarme las pinzas por lo que tuve que quitarme la camiseta de nuevo para que las colocara. Esta vez lo hizo en una posición perpendicular a las marcas que todavía se veían en mis pezones, debido a la postura anterior durante el paseo anterior.
-          Pilla las llaves del coche – me dijo mientras yo me volvía a poner la camiseta y metió algo que no vi bien en mi bolsita de gimnasio antes de dármela para volver a salir de casa.

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