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sábado, 24 de enero de 2009

Empezando el fin de semana con calma



Martín ya empezaba a conocerme y yo a conocerlo a él. Creo que los dos teníamos el mismo sentimiento de excitación por ver cuál sería el siguiente paso en nuestra fantástica relación e íbamos despacio, pero sin parar, ya que tenía fecha de caducidad clara: el día que yo tenía mi avión desde su ciudad hasta Buenos Aires para encontrarme con mis amigos. Yo estaba excitado por saber cuál sería el próximo fetiche al que Martín le daría salida con su voz calmada en forma de orden dubitativa y él, intuía, estaba excitado por ver si cumpliría cada una de sus órdenes, cada vez más extremas; por ver como mi cuerpo reacciona a ellas, para descubrir un paso más, basándose en mi experiencias anteriores, que él no tenía.
Llegó un poco antes de la hora de comer a mi apartamento perfectamente recogido, pese al pequeño caos de ropa sucia que iban generando mis vacaciones, con una pequeña mochila que dejó en la habitación encima de la cama. Iba a pasar más de 24 horas seguidas sirviendo a ese joven chico local que había servido los días anteriores…

Martín no tenía intención de apurarse, como las veces anteriores, y continuó con su pequeño protocolo para la comida haciendo que me desnudara completamente antes de servírsela. Esta vez me pidió que me quedara con uno de los suspensorios que eligió personalmente hurgando en los cajones de mi armario, sin ningún pudor por ello. Serví la cena con paciencia, dejando que su tranquilidad me inundara, y perdí la ansiedad por el día que tenía por delante empezando a pensar ya como debería: en asegurarme que Martín se lo pasaba en grande.
Tras la comida el protocolo de Martín tampoco cambio y procedió a vendarme los ojos antes de quitarse la ropa para dejar que mi boca se dedicara a su discreto miembro en perfecta erección. Se la chupe con ganas pero con la calma que me había transmitido esos días y él pronto comenzó a dirigir la mamada marcando el ritmo, como tenía derecho. Ese chico me iba a dar unas de las mejores vacaciones de mi vida. Cuando llegó el momento del clímax, Martín ya había entendido mis señales anteriores y separó mi cabeza de su polla para sujetarme por el pelo mientras terminaba, esta vez dirigiendo sus generosos chorros de leche al centro de mi boca, que permanecía abierta como en días anteriores. Mantuve su leche en mi boca sin mover mi posición ni lo más mínimo, dejando que algunas gotas que no habían entrado resbalaran despacio, como el propio Martín funcionaba, por la piel de mis mejillas más cercanas a mis labios y se dirigían a mi mentón. Mientras, creí que Martín se estaba vistiendo, pero esta vez le sorprendí solamente con un reluciente bóxer cuando me quitó la venda de los ojos.
Le miré entusiasmado por ver su cuerpo sin ropa por primera vez y nuestras miradas se cruzaron con mi boca aún abierta y su leche por mi cara y mi lengua. Mis ojos intentaron decirle “necesito una orden para proceder” y Martín asintió con la cabeza. Cerré mi boca y tragué tranquilamente saboreando su esencia y moviendo mi lengua dentro de mi boca para asegurarme que toda ella acababa bajando por mi garganta. También saqué la lengua para intentar recuperar las gotas que sentía aun arrollando por mi cara y recuperé algunas de ellas con un dedo, que después chupé con ganas, antes de decir la frase de agradecimiento que contenía en mi garganta con el sabor de su leche.
-          Gracias, Amo.
Y los dos sabíamos que era lo que Martín quería en ese momento, ya sentado en el sofá de mi pequeño salón, y nos preparamos para ella con la misma calma. Él se acomodó con sus boxers en el sofá y yo me acomodé de rodillas en el suelo, a su lado, con el suspensorio, sin prisa por recibir la siguiente orden. Martín se lo tomó esta vez con más calma aún y me dejó esperando por él bastante tiempo mientras rebuscaba por mi apartamento los juguetes que ya había usado antes, encontrando también nuevas cosas por las que después me preguntaría. Los juegos anales fueron muy reducidos esta vez, limitándose a meterme uno de mis plugs en el culo sin mucho cuidado y haciéndome emitir un leve gemido, que le complació.
A continuación utilizó uno de los muchos cordones que tenía por allí para atar mis huevos como a él le gustaban, bien apretados, hasta que la última vuelta que daba me arrancaba un leve quejido y remató el montaje colocándome un cockring de látex con el que se peleó con calma, haciendo pasar tanto mi polla dura a su través, como mis huevos perfectamente atados y turgentes. Observó el resultado complacido acariciando mi polla y mis huevos con la suave palma de su mano y les dio unos pequeños golpes mientras me miraba a los ojos para comprobar la eficacia de su trabajo.
Se fue de nuevo del saloncito para volver en solo unos segundos con el modelito que quería que me pusiera, bastante diferente al que usaba cuando le recogía en coche de la facultad para transportarlo solo unos cientos de metros. Esta vez me pondría una camiseta no muy ajustada, de un vistoso color rojo, y unos pantalones cortos, estos sí bastante ajustados, de algodón gris que tenían unos bolsillos casi inexistentes. Antes de ordenarme que me vistiera remató su creación con unas pinzas japonesas en mis pezones, que colocó ladeadas comprobando que no llamaban mucho la atención, aunque hacían una forma un poco rara debajo de la camiseta que había elegido, y que él llamaba remera.
-          Listo. Nos vamos – Dijo sonriente.
Yo le expliqué calmado la ausencia de bolsillos de mi look y me añadió con una pequeña bolsa de gimnasio en la que podría guardar la cartera, las llaves y las gafas de sol; aprovechó la ocasión para añadir un brazalete de cuero negro a la altura de uno de mis bíceps.
-          Ahora si pareces un buen esclavo. Vámonos –dijo firmemente dirigiéndose hacia la puerta
Yo le seguí y tras echar la llave, Martín la tomo de mis manos con una mirada desafiante.
-          Yo me encargo de esto a partir de ahora.

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