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miércoles, 28 de enero de 2009

Las cosas se ponen serias


La semana se iba desarrollando como la anterior, con las mismas rutinas con el Amo Martín, sin que las cosas hubieran cambiado mucho después del desenlace del primer fin de semana juntos. Sin embargo, ese día era especial y nunca llegué a saber cuál fue el desencadenante; supongo que Martín empezó a entender que realmente estaba siendo un Amo conmigo, y yo no solo iba a cumplirle algunos caprichitos, sino que era lo que se entendía de siempre como un esclavo, como en la antigua Roma.
Ese día le recogí de la facultad, como siempre, y me preparé para servirle la cena al llegar a casa, pero él se sentó en el sofá pensativo.

-          No quiero que te vuelvas a correr conmigo – dijo calmadamente, aún pensativo, sin mirarme.
-          Como usted mande, Amo – contesté, poniéndome de rodillas a su lado, sabiendo que ese día las cosas serían diferentes.
-          Quiero mear – continuó.
Creí que querría que le sujetase la polla mientras meaba, como otras veces, pero no se movió de su sitio en el sofá y decidí abrir la boca.
-          No. Trae una botella – me dijo.
Corrí por el departamento para vaciar una botella de agua en la cocina y llevársela. Él meo dentro, sin moverse del sofá y la volvió a cerrar dejándola en el suelo.
-          Quiero que siempre tengas una vacía preparada.
-          Sí, Amo – contesté rápidamente, sin saber la finalidad de esas botellas.
Después de eso, sí quiso cenar y le serví la cena, con el mismo protocolo de siempre. Cuando él ya estaba sentado a la mesa con la comida delante, comencé a colocar mi plato para sentarme a la mesa también.
-          Tú cenas luego – dijo pausadamente, mientras comenzaba a comer.
Dejé mi plato sin colocar y me puse de rodillas a su lado, mientras él cenaba. No me dijo absolutamente nada durante toda la cena; en cuanto acabó, quiso que empezara a comerle la polla. Lo hice sin ninguna duda, chupándosela como a él le gustaba, pero pronto me la sacó de la boca y me pidió que me pusiera a 4 patas.
Esta vez fue él quien dirigió completamente la follada, me la metió sin miedo, del tirón, sin lubricar y sin preocuparse de mis gemidos; como se folla a un esclavo y no a un amante. Aguanté sus empujones contra mi culo ,en el refrescante suelo del salón, que fueron pocos, pero me la sacó antes de terminar y yo que quedé a cuatro patas esperando sus instrucciones.
-          A qué esperas – preguntó con su típica calma, pero con tono de enojo.
Me di la vuelta para ponerme de nuevo de rodillas con la boca abierta, como hacía unos minutos, antes de que el Amo cenara, y esta vez sí que me llegó el premio por ser buen esclavo; su leche se disparó desde su polla, menada por una de sus manos, hacia mi cara, que yo intenté mover para que me cayera la mayor cantidad posible dentro de la boca.
-          Ahora puedes cenar – me dijo, ya reclinado sobre el sofá, desnudo.
-          Pero no te limpies – terminó.
Con algo de su leche aún por la cara, coloqué mi plato en la mesa, y me senté delante de él; tenía hambre, la verdad. El Amo se levantó para ponerse a mi lado y yo le miré,  sin saber muy bien que quería hacer mientras yo cenaba. De un largo paso, con sus calmados movimientos, recuperó la botella que había dejado en el suelo, junto al sofá unos minutos antes. La abrió con calma ante mi atenta mirada y acercando la boca de la botella a mi plato, empezó a derramar su meada por encima de mi ensalada.
-          Así cenan los esclavos – me dijo el Amo Martín.
No dije nada y tomé el tenedor para empezar a comer. Me terminé todo lo que tenía en el plato, aunque se me había quitado el hambre. Después de recoger la mesa volví de rodillas al lado del Amo.
-          Gracias, Amo – le dije, esperando nuevas instrucciones.

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