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domingo, 25 de enero de 2009

Pasando la Noche


-          ¿Llegarás a casa? – Me preguntó Martín, mientras miraba mi cuerpo magullado y dolorido, a la puerta del coche, ya abierta.
No sé si lo sentía con tono irónico o con verdadera preocupación, pero asentí con la cabeza y continué vistiéndome. Antes de volver a casa, paramos con el coche donde Martín indicó, para coger algo típico de la zona para la cena. Él me dijo lo que tenía que pedir y se quedó en el coche mientras yo recogía el pedido. Me decía que a la cena invitaba él, alargándome un billete desde el asiento del acompañante del viejo coche de alquiler; yo le hice caso omiso, y salí del coche, repitiendo el pedido en mi cabeza.

Ya en casa, la cena no fue muy diferente a la comida. No hizo falta que me ordenara desnudarme, porque las ropas me molestaban sobre el cuerpo, y  casi me las iba quitando cuando entraba por la puerta. Me coloqué de rodillas al lado de Martín, que se había sentado en la mesa del salón-comedor, esperando a que decidiera liberar mi cuerpo de todos los tormentos. Me liberó las pinzas de los pezones y yo me puse de pie, dándome la vuelta. El extrajo con cuidado el plug de mi culo y casi sin tiempo de que saliera del todo, me di la vuelta, bajando al mismo tiempo mis suspensorios, sucios por haberme arrastrado por aquel maltrecho circuito de ejercicio, y Martín me dijo que desatara las pelotas yo solo.
-          Ya puedes servir la cena – Dijo, en cuanto yo había acabado.
No me puse los suspensorios y decidí hacerlo desnudo. Si a Martín no le gustaba, me pondría unos limpios. Desempaqueté la cena que había recogido y se la serví a Martín. Yo comí frente a él, como siempre.
A los dos nos hacía falta una ducha y Martín me dijo que empezara yo. Pasé un largo tiempo en el baño, bajo el agua caliente, duchándome bien e inspeccionando las heridas de mi cuerpo: salvo los rasguños de mi espalda, el resto eran solo dolores sin ninguna marca externa, salvo el propio rubor. Cuando salí del baño, completamente desnudo y seco, Martín ya estaba esperando para entrar. Se liberó de su ropa interior que dejo tiraba en medio del salón y entró al baño sin casi dejarme salir.
-          Dame una ducha – dijo.
Y lo decía literalmente. No entró en el plato de duchas hasta que yo le indiqué que la temperatura era correcta y tuve que entrar detrás de él para ayudarle con todo. Me encargué de mojar perfectamente todo su cuerpo antes de empezar a frotarlo con la pastilla de jabón. Incluso le tuve que levantar los brazos con una mano para limpiarle las axilas. Por suerte las piernas las abrió el sólo, y puede frotar su ralo vello púbico antes de encárgame de limpiar bien sus huevos y su polla. Después me encargué también de su culo, con especial cuidado en su ojete, que estaba completamente depilado, y que limpie con obsesivamente, con unas ganas enormes de acercar mi lengua a él.
Tras el trámite de la ducha, también tuve que secarle completamente, aún cuando mi cuerpo volvía a estar mojado, después de estar casi bajo la ducha con él. No se puso nada y se fue directo a la cama, dejándome secarme y recoger el salón antes de que me uniera a él, en el único dormitorio del apartamento.
Era uno de los momentos, para mí más complicados como esclavo, y mucho más teniendo en cuenta el tiempo que llevaba sin correrme. Martín se tiró encima de mi cuerpo desnudo en cuanto estuve apoyado en la cama y, en cuestión de segundos, me estaba besando de forma húmeda, frotando todo su cuerpo, también desnudo, contra el mío. Sus manos se llevaban las mías hacia los bordes superiores de la cama, estirando su pequeño cuerpo para abarcar el mío, bastante más grande. Mis piernas se abrieron solas en el mismo gesto que mis brazos, adquiriendo mi cuerpo una postura de equis en la cama del dormitorio. Pronto nuestras erecciones se empezaron a frotar juntas y mi culo palpitaba en deseos de recibir por fin la follada de Martín.
-          Tengo que decirte algo – Me dijo, dejando de besarme, pero sin soltar mis manos separadas a los lados de mi cabeza.
Le miré con cara de circunstancias. Algo que se dice en ese momento, no puede ser nada bueno.
-          Siempre he sido pasivo – completó, mirándome a los ojos.
Creí que me moría de risa, y la escena de película porno quedó en pausa, mientras nosotros teníamos una larga conversación, que le hacía a él mucha más falta que a mí. Aunque Martín no bebía alcohol, le traje una cerveza de la nevera; pensándolo bien, una cosa nueva más que probar en esos días, no le mataría. Yo, realmente disfruté otra cerveza, mientras charlábamos.
-          Pero todo esto no cambia nada – Me dijo Martín, ya finalizando la conversación.
Yo le miré, agitando mi lata de cerveza para comprobar que estaba vacía, con dudas sobre si realmente sería cierto lo que sus labios acababan de pronunciar.
Esa noche, su polla entró por primera vez en mi culo, en un culo en general; creo que él estaba más preocupado en otras cosas, que en disfrutar follándome, pero lo cierto es que yo lo disfruté, quizás por el hecho de saber, que era el primer culo para el rabo de Martín. Casi a la vez que él, que tardó bastante poco, yo me corría abundantemente, a cuatro patas sobre la cama, mientras él gemía a mis espaldas, casi sin tocarme, salvo por sus caderas que se clavaban en mí.
Cambié las sábanas mientras él se limpiaba; los dos nos dormimos profundamente enseguida, agotados por todos los ejercicios del día. Desde entonces, la obsesión de Martín por los juegos anales, después de su mamada diaria, casi se esfumó, y empezó a querer follarme el culo a todas horas.

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