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martes, 10 de febrero de 2009

Comienza la despedida (II)


Los pequeños cambios en la forma de actuar del Amo Martín se veían poco a poco, y se había vuelto completamente imposible predecir de alguna forma como querría las cosas. A veces, me dejaba comer con él y otras tenía que comer cuando él ya había acabado. En estos casos, utilizaba una de las botellas que siempre había en mi nevera, y que él se encargaba de tener llena de su propia meada, para aderezar la comida que fuera, poniéndole una buena cantidad por encima.

Otras veces, si cenaba a la vez que él, no añadía su meada a la comida, pero me ordenaba poner la botella con su pis delante de mi plato. En el momento que él decidía, me tocaba darle un buen trago o simplemente no me dejaba beber otra cosa, y cuando mi sed ya se hacía imposible, era yo mismo el que abría la botella para empezar a beber una de las esencias del Amo. Incluso a veces, ponía una de esas botellas dentro de la pequeña bola de deporte que me tenía que llevar siempre que salíamos juntos de casa y yo nunca sabía cuál sería el momento más inoportuno: en medio de la calle, en un parque, al salir de una cafetería, en el coche o después de hacer uno de los ejercicios físicos que tanto le gustaba ponerme, en el que me ordenaría sacarla, para darle un trago o mucho peor: “bébetela toda sin parar”.
Pero ese día, no íbamos a salir, y yo estaba sirviendo la cena, desnudo, sin contratiempos hasta el momento, con las pelotas atadas y un plug metido en mi culo, sin haber tenido sexo todavía con el Amo Martín ese día. La cena era una especie de sándwiches alargados que se hacían por la región, que el Amo me había pedido específicamente para esa noche, que compré a media tarde, antes de recogerlo de la facultad, en la tienda que él me había indicado. Esa noche no cené a la vez que él. Se le antojó que le chupara la polla mientras él comía.
Así que después de dejar la mesa bien colocada para la cena, el se sentó y yo me fui a debajo de la mesa, en una posición extraña, como a 4 patas. Él se quito los pantalones y se sentó al borde para que pudiera metérmela en la boca y su polla fue creciendo dentro, con dificultad, mientras yo me la metía y sacaba despacio, siempre hasta el fondo, ayudado por una de mis manos, sosteniendo la base de su rabo con un par de dedos, mientras los otros acariciaban sus pelotas. Se tomó su tiempo para comer y seguí chupándosela cuando ya había acabado, ya con su polla completamente dura. Yo me preparaba para recibir su corrida en la boca, sin dejar de chupársela, pero él paró antes; no se quería corre aun.
Cuando el Amo Martín estaba tan cachondo, habiendo llegado casi al orgasmo, pero sin completarlo, era cuando su imaginación se disparaba más. Y ya estaba esperando que hiciéramos una de sus famosas salidas, aunque fuera un día por semana, pero nos quedamos en casa y lo que me esperaba era uno de sus experimentos con mi cuerpo y se levantó para sentarse completamente desnudo en el sofá. Yo salí de debajo de la mesa a 4 patas y parece que fue eso lo que le dio la idea.
Me liberó las pelotas, conmigo completamente desnudo, de pie delante de él sentado en el sofá, pero el alivio de mis huevos no iba a ser muy largo; lo único que quería era utilizar otra cuerda, que dejara más longitud libre para su juego. El nuevo atado de huevos me resultó más incomodo, o más apretado, quizás porque mis pelotas estaban bien llenas después de la erección de habérsela chupado mientras comía y gemí un par de veces mientras el daba unos tirones a la cuerda que rodeaba mis huevos para asegurarse que quedaban bien apretados. Así preparado, Martín me ordenó volver a ponerme a 4 patas y el extremo de cuerda libre que rodeaba mis huevos, lo ató a la pata de la mesa dejándolo bien tirante. El Amo se colocó delante de mí de pie y se fue alejando poco a poco sin decir nada.
-          Lame mis huevos – dijo cuando estaba al otro extremo del salón.
Yo empecé a moverme a 4 patas acercándome a él, dirigiendo mi cara hacia su entrepierna, ya abriendo y sacando la lengua para intentar lamerle los huevos al Amo, aunque sabía que no llegaría aún y que la cuerda de mis pelotas me lo iba a impedir. La atadura enseguida empezó a tirar de mis pelotas que se quedaron estiradas al máximo; abrí mis piernas para que salieran entra ellas tras de mí mientras seguía avanzando pero el peso de la gran mesa de madera no me dejaría avanzar mucho más y empecé a gemir por el dolor.
-          He dicho que chupes mis huevos – repitió el Amo Martín, con su tono aún calmado.
Estiré mi lengua todo lo que pude, me quedaban unos 10 centímetros para que la punta me llegara a uno de los pelos de sus huevos. “Tendré que avanzar más” pensé. No dudé mucho más en inspirar profundo y levantando una de mis rodillas la moví hacia delante mientras estiraba el brazo del mismo lado para apoyarlo más adelante en el suelo. Bajé la rodilla hacia el suelo haciendo fuerza con la pierna, a la vez que con el brazo tirando mi cara estrada hacia los huevos del Amo y apreté los dientes para gruñir, aunque no se debió de oír bien, pues fue ocultado por el ruido de las patas de la mesa de madera arrastrándose por el frío suelo. De verdad no sentía mis pelotas, solo un punto de dolor debajo de mi polla.
Tuve que repetir 3 veces el gruñido para poder llegar a empezar a lamerle las pelotas al Amo Martín.

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