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No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

domingo, 1 de febrero de 2009

El día Domingo

Desde aquel primer sábado por la noche en que dormimos juntos y Martín, me folló por primera vez, los domingos que pasamos juntos eran el día para nosotros. Ese día, él se olvidaba de todo lo que tenía que hacer en la universidad y se dedicaba exclusivamente a disfrutar de mí, y de mi cuerpo.

Pasadas ya las pruebas iníciales, en las que Martín iba probando lo que le gustaba y lo que no, ya empezaba a tener bien claro que el rol de Amo le gustaba, y además se le daba bastante bien, considerando que teníamos cada vez menos tiempo disponible, que él quería aprovechar al máximo.
Cuando Martín se despertaba, normalmente apoyando algunas de sus partes sobre mi cuerpo, a veces la cabeza sobre mi pecho, o a veces simplemente una pierna enlazada entre las mías, no tardaba en despertarme después. Yo no tardaba en notar su enorme erección mañanera entre sus piernas, y tras librarme de la ligera sábana, me bajaba hacia ella, para empezar a comérmela, ya sin falta de vendarme los ojos. Si dejaba que Martín decidiera, nos pasábamos así toda la mañana. Su polla parecía no bajarse nunca y mi hambre tampoco; llegué a comérsela más de una hora seguida, intercalando el meterme su polla hasta el fondo de mi garganta, con largas lamidas de sus pelotas, que tenían un ligero sabor a sudor y a hombre, después de la calurosa noche conmigo.

Mientras le chupaba las pelotas, llegaba un momento en el que Martín levantaba ligeramente sus nalgas, pegadas a la fina sábana que protegía el colchón, y yo sabía que tenía que bajar mi lengua hacia su perineo, dónde me recreaba solo unos segundos, mientras él iba cambiando su posición para dejar su culo al descubierto. Mi lengua comenzaba entonces a lamer su ano, y mi erección se hacía inmensa, mientras intentaba meter mi lengua dentro del Amo, oyendo sus gemidos de placer. Notaba de nuevo la presión  de su culo en mi cabeza, momento de sacarla de debajo de él, para que recuperara mi posición inicial y seguir chupándole la polla.
Era yo el que tomaba la iniciativa en las mañanas, dejando de chuparle la polla, mientras él me miraba muy quieto, viéndome ponerme encima de él, y haciendo que me clavara su polla en el culo con un profundo suspiro. Lo cierto es que podría llegar a decir, que Martín lo disfrutaba más que yo. Hacía que me follara profundamente, con rápidos movimientos de mis rodillas, subiendo y bajando para que mi culo se hundiera en sus piernas, y su polla dentro de mí. El gemía a gritos, dejándome hacer, mientras una de sus manos agarraba mis pelotas duras, apretándolas y tirando de ellas, para que mi polla, también muy dura, botara mucho más con mis movimientos.
Nunca fui capaz de darme cuenta cuando Martín se estaba corriendo mientras yo me follaba con su polla sin parar, pues sus gemidos eran para mí del mismo tono en todo momento que duraba la follada, incluido el orgasmo. Mi polla seguía dura cuándo el me decía que dejara de follarme, soltando mis pelotas. Nuestros estómagos rugían, y yo me ponía un suspensorio de la noche anterior para levantarme a preparar el desayuno.
Cuando lo tenía listo, Martín ya me esperaba sentado a la mesa y yo se lo servía con el mismo protocolo de siempre. Los domingos, Martín se duchaba sólo, prescindiendo de mi ayuda, mientras yo preparaba lo que íbamos a comer ese día y dejaba todo casi listo, para que el Amo no tuviera que esperar cuándo volvíamos a casa.
Porque justo después de su ducha, salíamos, todos los domingos. Él se divertía cada vez más preparándome para salir. Me colocaba de rodillas para empezar a jugar con mis pezones y probaba con ellos todo lo que se pasaba por la cabeza. Me ponía varias pinzas para la ropa en varias disposiciones y las iba apretando poco a poco hasta que arrancaba un gemido de dolor de mi boca. Siempre terminaba dejándome las pinzas japonesas, unidas por una cadena, que le daban mucho más juego después. La verdad, es que después de esta preparación, me pasaba casi todo el domingo con ellas puestas.
En mis pelotas no invertía tanto tiempo. Había aprendido a atarlas rápidamente con una de mis cuerdas, separándolas una de otra, con un par de vueltas que les daba a cada una individualmente. Me las dejaba bien apretadas antes de meter mi pollas a través del cockring de látex hasta la base, momento en el que intentaba estirarlo lo más posible, pero eran mis pelotas las que tenía que sufrir para poder entrar, una a una, dentro del estrecho anillo de goma, hasta que se ajustaba perfectamente a la base de polla, levantando mis huevos atados, desde atrás.
Y ya tocaba salir de casa, no sin un plug que ajustaba en mi culo, a veces casi en la puerta. No le interesaba que mi culo se abriera mucho; ahora reservaba eso para su polla, pero quería que lo llevara lleno siempre que estábamos juntos fuera de casa. Los paseos eran cada día diferentes, aunque siempre era un clásico ir al parque, dónde me hizo hacer ejercicio para él, el primer día. A esas horas de un domingo, y con el buen tiempo, había siempre bastante gente, pero él encontraba la zona del parque adecuada en la que estábamos tranquilos: él paseando como si nada y yo llevando la pequeña mochila de gimnasio, atento a su siguiente orden.
Hubo un día, en el que encontró el circuito de ejercicio completamente vacío, y tras mirar alrededor para comprobar que no había muchas opciones a que nos viera la gente, tomó asiento en el pequeño banco del lateral y me hizo una señal para que empezara a hacer el circuito, que yo ya bien conocía. Para ahorrarme vueltas, me quité la ropa directamente y empecé a hacer el circuito directamente en suspensorios. Llegué a hacer el circuito en 2 minutos y 40 segundos, mi gran récord, pero me costó de nuevos rasguños en mi espalda, comer arena y las pinzas japonesas soltándose a tirones de mi pezones. Martín las volvía a colocar cuidadosamente después de cada vuelta al circuito.
Pero hoy, no había mucho espacio sin gente a lo largo del parque y Martín comenzó a atravesar, mientras me contaba alguna historia sobre la ciudad, una zona de árboles. Pronto estábamos en medio de un pequeño bosque, apartados de todas las miradas, aunque nos cruzamos con una pareja de camino allí. Martín chasqueó los dedos, cosa que significaba para mí, que cuánto menos ropa, mejor. Yo me quité la camiseta y el pantalón, dejando mi mochilita apoyada en el suelo al lado de un árbol. Miré a mi alrededor rápidamente y decidí quitarme los suspensorios también tirándolos encima de la mochila.
Martín me miró orgulloso, especialmente mi polla, bien apretada encima de los huevos, que había atado el mismo separados, y me empezó a tirar de la cadena de las pinzas para que me acercara a él. Cuando me tuvo casi rozando con su cuerpo, tiró de una de las pinzas, arrancándome un grito, a la vez que la pinza. Se retiró a un lado para ponerse a mis espaldas y me empujó hacia adelante suavemente. Entendí que me tenía que apoyar en el árbol.
Por suerte, era más un arbolito que un árbol en sí, de tronco pequeño. Martín dio una vuelta alrededor de él y volvió a enlazar la pinza en mi pezón libre estirando demasiado la otra, que se soltó. Lo que el Amo estaba intentando era pinzarme los dos pezones dejando el tronco del árbol en medio de la cadena que las unía. Y lo consiguió tras varios intentos, haciendo que yo pegara mi torso completamente al árbol, sintiendo la corteza caliente en mi abdomen.
La peor sorpresa llegó cuando me pidió que abrazara el árbol con las piernas también. Intenté subir una de mis piernas despacio enlazándola alrededor del tronco. De un salto subí la otra, apoyándola en la primera y sentí mis pezones estirarse aún más, porque tuve que colocar mis brazos abrazándolo también, para poder mantener la inestable posición, sólo durante unos segundos. Una de las pinzas se había soltado cuando bajé mis piernas, para no caerme de culo al suelo.
-          Así es –dijo Martín tranquilamente.
Me recolocó la pinza que se había liberado en mi pezón, y yo abracé el tronco ya, preparándome para poder subir las piernas de nuevo a su orden.
-          Otra vez – dijo Martín.
Subí las piernas de nuevo, de la misma forma que la vez anterior, pues no se me ocurría mejor manera de hacerlo, y aguanté todo lo que pude antes de bajarlas, despacio para que las pinzas no se volvieran a soltar.
-          Bien – dijo Martín, como siempre tranquilo – Otra vez. Y aguanta.
Subí las piernas de nuevo, y apreté mis dientes para hacer fuerza. Casi se me olvidó esta vez el plug en mi culo, y lo noté empezar a deslizarse ligeramente por mi culo. Lo apreté.
Mi grito fue gigante; creo que se oyó en todo el parque. Martín estaba apoyando una de las suelas de sus zapas en el tronco del árbol, justo en el sitio en el que mis atadas pelotas estaban pegadas a él.
-          Aguanta – gritó por encima de mi voz, mientras seguía apretando su pie contra mis pelotas.
Para la siguiente vez que me pidió que subiera las piernas, él mismo había colocado también mi polla hacia abajo, haciendo que se quedara también apretada contra el tronco del árbol. Evidentemente, esta vez me pisó la punta de mi polla con su pie, cuando yo tenía las piernas entrelazadas alrededor del árbol.

Después de una tercera vez, en la que el pisotón abarcó tanto mis pelotas como mi polla, el Amo me liberó del árbol, mientras unas pequeñas lágrimas bajaban por mis mejillas. Me mandó guardar mi suspensorio y la camiseta en la mochila;  volví al coche sólo con el pantalón puesto y el torso desnudo, con las pinzas unidas por la cadena, a la vista de todo el mundo que nos cruzamos, que fueron bastantes.

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