Imprescindibles

No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

jueves, 5 de febrero de 2009

Martín sabe jugar


Aunque el Amo Martín tenía claro que me quería sólo para él, también se sentía orgulloso de estar usando un esclavo como yo, y eso tenía que compartirlo con alguien, interpreté yo cuando me dijo una tarde cualquiera después de cenar.
-          Tengo un amigo que quiere conocerte.
Y lo dijo con la tranquilidad de siempre, sin darle mayor importancia, quizás consciente de todo lo que implicaba, pues yo entendía que su amigo me quería conocer como esclavo; ¿de qué otra forma podría ser?
Y era dicho y hecho. Tras haber sentenciado sus intenciones, empezamos a prepararnos para salir a encontrarnos con su amigo, en un bar del centro. Tendría que conducir hasta allí, pero eso no fue impedimento para que Martín me llevara preparado como a él le gustaba. Eligió la ropa de mi armario, nada extraño: suspensorios, camiseta y pantalón vaquero esta vez, en lugar de pantalón corto. Por supuesto, bajo toda la ropa, mis pelotas atadas, mi polla con un cockring, un plug llenando mi culo y las pinzas unidas por una cadena en mis pezones.

Llegamos al bar en menos de 10 minutos y no tuve problema para aparcar casi a la entrada. Entré detrás de Martín en un edificio de piedra, de estilo colonial, que había sido adecuado como cafetería, o más bien bar de copas, que tenía bastante gente en las diferentes mesas altas disponibles. Sin embargo, Martín cruzó el local y yo le seguí, en dirección a unas escaleras que nos llevaron un piso más arriba, a una terraza al aire libre, en el techo del edificio, rodeado de una especie de almenas coloniales.
Sólo una mesa estaba ocupada en la parte superior, en la que hacía algo de viento, que se agradecía después del calor del día. Nos dirigimos a ella y Martín me presentó a su amigo.
-          Encantado, Señor – dije, habiendo sido aleccionado por Martín en el coche.
Mientras Martín se sentaba al lado de su amigo, siguiendo las instrucciones, yo les pegunté que deseaban tomar. Bajé al piso de abajo para traerles las bebidas que habían pedido y una cerveza para mí, que subí en el segundo viaje escaleras arriba, después de pagar. El amigo de Martín tenía más o menos su misma edad, y los mismos rasgos de la región que tanto había visto últimamente. No pude ver bien su cuerpo, pues no se levantó de su silla en toda la visita, pero se intuían unas piernas gordas llenando un pantalón vaquero y un cuerpo también orondo debajo de su jersey, que me pareció muy grueso para esa época del año.
-          Quítate la camiseta – dijo Martín en cuanto estuve sentado en mi silla, alrededor de la mesa.
Los dos chicos estaban sentados de un lado, de frente a las escaleras de subida, mientras que yo estaba de espaldas a las mismas, enfrentado a los dos. Seguí la orden que Martín me había dado y deje al descubierto mi musculoso torso, con las pinzas japonesas apretando mis pezones, unidas por la cadena. El amigo de Martín pareció flipar por lo que veía.
-          Mira, mira – dijo Martín, sin contener su jerga local, mientras tomaba la cadena que unía las pinzas de mis pezones y se la ofrecía a su amigo.
El amigo tomó la cadena con la mano, estando yo ya totalmente inclinado sobre la mesa; me levanté para que llegara sin problemas a tomarla y el amigo no dejó de mirar mis pectorales, mientras tiraba suavemente de la cadena. Yo no me moví más una vez estaba de pie al lado de Martín, dejando que los tirones de su amigo estiraran mis pezones.
-          Y esto no es todo – dijo Martín, mientras hacía que su amigo dejara de jugar con la cadena.
Me puso una mano en el hombro e hizo fuerza para que entendiera que me tenía que girar, antes de presionarlo para indicar que me agachara. Apoyé mis manos en el suelo del local, que seguía completamente vacío, pese al ruido que sonaba escaleras abajo, y separé ligeramente mis piernas. Martín me bajó ligeramente los pantalones por la parte trasera, lo suficiente para que se vieran las tiras inferiores de mis suspensorios y mostró la base del plug que rellenaba mi culo a su amigo, frotándome las nalgas con las manos y dando un par de golpes en la base del plug, a los que yo contesté con un leve gemido.
Después de esta primera muestra al amigo de Martín, pude volver a sentarme, aún con el pecho descubierto, a beber mi cerveza, mientras ellos hablaban, en un idioma prácticamente ininteligible para mí, probablemente de las cosas que Martín hacía conmigo como su esclavo.
La primera ronda de bebidas se acabó para ellos, aunque yo no había terminado mi cerveza, que se había ya calentado. Tuve que bajar, como la primera vez, a pedir lo mismo para todos, y tras el primer viaje con las bebidas de Martín y su amigo, me susurró algo en el oído. Bajé a por mi cerveza parando primero en el baño a seguir las instrucciones que Martín me había dicho claramente en voz baja.
Volví al piso de arriba, dejé mi cerveza en mi sitio y, sin llegar a sentarme me fui por detrás de las sillas de los chicos para colocarme entre ellas. Antes de arrodillarme, saqué el suspensorio que me había quitado en el baño y me lo metí en la boca mordiéndolo ligeramente. Miré al amigo de Martín fijamente y vi su cara de asombro. Martín tuvo que animarle a coger el suspensorio de entre mis dientes y yo pude volver a mi sitio, a darle un único trago a mi nueva cerveza.
-          ¿Es el que llevaba puesto? – le preguntó su amigo a Martín, sin quitar su cara de asombro.
Martín no contestó con palabras, pero me hizo un gesto rápido y yo me levanté para llegar a su lado justo cuando el chasqueaba los dedos. Me bajé los pantalones del tirón, no sin echar in vistazo rápido a las escaleras del local. Esperé con los pantalones en mis tobillos y las manos enlazadas a la espalda mientras Martín le postraba mi polla y mis huevos atados a su compañero, que por supuesto, no fue capaz de aparatar la vista de ellos, con cara de asombro, incluso mientras Martín meneaba mi polla y me daba unas ligeras palmadas en las pelotas.

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