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viernes, 15 de mayo de 2009

Me presento al Amo Total


-          Así que esclavo total, eh?
Así comenzaba nuestra conversación por skype después de unas cortas y típicas preguntas por el chat. De él sabía que tenía 20 y pocos años, y que era estudiante; me había empezado hablar como si nada, después de uno de mis mensajes en el chat buscando Amo, dominante o jovencito caprichoso. Enseguida se identificó como los tres y su tono al escribir inspiraba autoridad.
Creo que ambos nos llevamos una grata sorpresa cuando nos vimos, unos 3 minutos, a través de la cam. Él sentado en una habitación bastante oscura, de cara a la cámara, sin hacer muchos gestos, un chico joven y guapo, sin ningún rastro de vello facial, y una sonrisa socarrona. Yo comencé sentado con los típicos saludos y después me puse de pie para que viera mi cuerpo. No fue difícil pues estaba, como casi siempre, vestido solo con unos suspensorios.  Ponerme de pie, apartar hacia un lado la silla,  alejarme un poco del ordenador, llevar mis manos a detrás de la nuca, dar despacio la vuelta y al momento de volver delante del ordenador, me puse de rodillas en lugar de volver a sentarme. La verdad es que me quedé de rodillas el resto de nuestra conversación.

La conversación fue bastante larga, Carlos iba enumerando las situaciones que le podían gustar, pasando por multitud de escenarios, y yo contestaba diciendo si tenía experiencia en cosas así y, en general, escribiendo “Sin Problema” a los diferentes gustos que su mente ya planeaba poner en práctica conmigo, y con mi cuerpo sumiso. Ya había quedado claro que él estaba más interesado en una relación a largo plazo, pero me lo explicó explícitamente, y yo acepté. Por supuesto, lo primero era conocerse y que me probara.
Gran parte de la conversación versó sobre los diferentes juguetes y posibilidades que mi casa ofrecía para sus pervertidos propósitos. Parecía encantado por toda aquella “artillería” que tendría disponible, e insistió en que tuviera disponibles y a mano, la mayor cantidad posible.
Intercambiamos nuestros móviles y puso las primeras normas:
  • Cuando estemos solos, le llamaré siempre Amo o Señor.
  • Cuando estemos en mi casa, llevaré siempre puesto solo un suspensorio, o nada.
  • Cuando no tenga ninguna orden que ejecutar, esperaré de rodillas a su lado.
  • Estaré siempre pendiente de sus llamadas o mensajes.
  • Mi casa será como la suya a partir de ya.
Poco más teníamos que hablar. Acordamos una fecha conveniente para él  y me despedí respetuosamente. Mi entrepierna ya estaba deseando el encuentro, y ni que decir sobre mi parte de atrás, que palpitaba al aire. Casi me temblaban las rodillas sobre la moqueta de mi despacho.








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