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viernes, 1 de mayo de 2009

Salamanca


Me desperté muy temprano con un calentón impresionante, por lo que decidí ocupar mi mente en tenerlo todo preparado. Tampoco necesitaba gran cosa. Me encargué de dejar mi casa en perfecto estado para estar unos días fuera. Programe mi GPS para llegar a las señas de las que disponía y prepare dos mochilas cubriendo las necesidades básicas. Una de ellas contendría lo que suelo llevar encima, mi móvil, cartera con poco más de los doscientos euros que me iba a gastar, las llaves del coche… en la otra, necesitaba un plan de emergencia, por si había algún imprevisto: otra cartera con dinero, mis identificaciones, un móvil prepago con cargador, algo de ropa y…. nada más! “Intentaré dejarla en una consigna en la estación de autobuses?” Mande un par de mensajes, uno a mi padre para que no intentare contactarme durante los próximos días, le dije que me iba de excursión al monte y no tendría cobertura. Y otro, a un amigo en USA de confianza, con todas las señas reales que tenía del Amo. Él ya sabía lo que tenía que hacer con ello en caso de emergencia. Hable con él por teléfono unas horas antes de entrar en mi mazmorra para confirmar que lo había recibido. No era la primera vez que teníamos esas conversaciones, desde ambos lados, así que tampoco hizo muchas preguntas, aunque prometió pedirme todos los detalles en el futuro.
Era una mañana despejada pero no hacía mucho calor aun. Conduje tranquilamente saliendo de Madrid hacia Salamanca con ropa cómoda (la de deporte con la que decía acudir a la cita estaba lista en la primera de mis mochilas) siguiendo escrupulosamente las indicaciones de mi GPS. Antes de tomar la desviación necesaria, lo desconecte y me dirigí a la estación de autobuses de Salamanca pues todavía quedaban 4 horas para el inicio de mi aventura. Tiempo de sobra para dejar mi coche bien aparcado y darme un buen homenaje gastronómico antes de lo que pudiera llegar durante el fin de semana.
Después, me cambie de ropa en un baño público y dejé mi mochila en un lugar seguro comprobando que no me daría problemas el que no la recogiera hasta dentro de unos días. Ya con solo unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes y solo un tanga por debajo, el sol me permitía no pasar frio. Quedaba solo una hora para el momento en que me había citado para el Amo y todavía tenía que llegar hasta allí. Decidí tomar un taxi aunque tuve que darle algunas explicaciones inventadas cuando pedí que me dejará en una bifurcación de la carretera secundaría que llevaba a mi destino. Le corte la conversación con una buena propina y saliendo del coche como una exhalación. Espero que no notara mucho la erección que mi limitado atuendo no disimulaba desde que me lo había puesto y que ya tenía completamente mojada la pequeña tela de mi tanga y empezaba a mojar la basta tela del pequeño pantalón de correr. La mochila me ayudo a tapar esa zona en los momentos en los que notaba que no podría esquivar las miradas de la poca gente con la que me cruce desde aquel momento, incluyendo el taxista y el nada amable barista del sitio donde me cambie cinco segundos antes de beberme una coca cola de un trago y salir corriendo dejando 5 euros encima de la barra.


Quince minutos antes del tiempo pactado, estaba en el lugar que se me había indicado, en un claro detrás de un pequeño camino donde encontré el antifaz que se me había prometido. Me senté en el mejor sitio que encontré y me puse el antifaz dejando la mochila a mi lado sin ya necesidad de disimular mi excitación.

Los minutos pasaron rápidos mientras yo seguía pensando en todo lo que me esperaba y pronto oí a mis espaldas unos ruidos que me parecieron pasos. Enseguida note una presencia a mi lado e intente no girar la cabeza (no me serviría de nada). Mantuve mis manos quietas tal y como estaba, apoyadas en mis rodillas; sentado como un niño bueno.

Los siguientes ruidos fueron los esperados. Una tela moviéndose a mi lado y la cremallera de mi mochila abriéndose. Una serie de clacs y golpes de plástico, que debieron ser la batería de mi móvil extraída del mismo y unos ruidos de tela que parecieron no solo la extracción de mi cartera de la manutención en la mazmorra sino también una revisión del resto de las cosas que había dentro.

Algo se posó sobre mis piernas bruscamente pero sin peso y mis manos lo agarraron notando que era mi mochila. Una mano caliente  me agarró fuertemente por el brazo sin llegar a rodearlo entero y comenzó a tirar de mí. No me dirigió la palabra por el momento. Yo busque con un mano mi mochila apoyada a mi lado y tire de ella mientras me levantaba a trompicones intentando desplazarme en la misma dirección de la presión que notaba sobre mi bíceps. Pronto mis pasos se estabilizaron en lo que interprete que era el pequeño camino por el que había venido pero la verdad, si tuviera que volver ahora mismo, no sabría exactamente por donde me llevaron.
Mis pies fueron rápidos y casi me deslice por cinco o seis escalones que entendieron, sin previo aviso, inmediatamente tras notar que el aire que entraba excitadamente en mis pulmones por mi respiración acelerada se hacía ligeramente más fresco. La mano me soltó y recibí un empujón desde mi espalda desplazándome hacia adelante en la estancia en la que me encontraba. Conseguí no caerme y agradecí no haberme tragado ningún mueble o la propia pared. Dejé caer la mochila había llevado abrazada todo el camino, quizás por sensación de protección, ya que no tenía ningún valor.
Unas manos me aferraron, pero esta vez solo por mi pequeña camiseta de tirantes. Sin lugar a duda querían arrancármela y lo consiguieron con poco esfuerzo con unos tirones fuertes que me parecieron bien preparados y también me hicieron pensar que la persona que los realizaba tenía cierta fuerza, sobre todo bruta.
Ya sin camiseta, tomaron una de mis manos y note como me rodeaban las muñecas. Tarde solo unos segundos en darme cuenta que me estaban poniendo una muñequera, de cuero teniendo en cuenta el tacto. La operación se repitió en la otra mano y poco después mis dos manos se encontraban esposadas en mi espalda. No sé cómo, dos leves tirones en mis pantalones de deporte, que casi ni noté, los retiraron completamente y sentí unas ásperas manos que manoseaba mis dos nalgas simultáneamente. Oí su voz por primera vez
- No te muevas hasta que no hayas contado hasta 100.



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