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viernes, 19 de junio de 2009

Botellón

Esa tarde de viernes se había puesto a llover y yo no esperaba nada de actividad. Llevaba ya alrededor de un mes sirviendo a Carlos, un jovencito caprichoso que todavía estudiaba en la universidad, y que aún, pesé a sus esporádicas visitas, había conseguido toda mi atención y disponibilidad.
Aún siendo muy joven, no parecía nada inexperto y Carlos ya me había exigido dos veces las llaves de mi casa. Hacía una semana que se las había dado y todavía no las había utilizado. Parecía una de esas semanas en las que desaparecía completamente, por lo que yo entendía que eran preparaciones de exámenes ya que no había, por supuesto, pedido ningún tipo de explicaciones.
Yo había contratado una película por una de esas plataformas online, que son muy cómodas para gente a la que navegar por la web nos da mucha pereza, buscando el sitio adecuado donde ver películas gratis, y me disponía a verla tranquilamente sentado en mi sofá, con un sándwich mixto que me había preparado cuidadosamente, a modo de cena y por una de las pocas veces, llevando un pantalón no muy corto, casi estilo bañador que me resultaba muy cómodo.
La puerta se abrió de pronto.

-          Hoy hacemos el botellón aquí - Oí.
-          ¡Pasad todos! - continuó la voz que yo ya había reconocido.
Me levanté de un salto y me quedé atónito mirando la puerta de la calle. Carlos había entrado y estaba frente a mí mientras otros 4 ó 5 chicos, que entraban tímidamente por la puerta, y posaban las bolsas del súper, todavía dubitativos sobre como acabaría la historia.
Tardé unos segundos en reaccionar pero contesté como debía:
-          Sí, ¡Señor!
Acto seguido apagué el TV y dejé mi sándwich en la cocina, empezando rápidamente a hacer sitio en el salón y sacar sillas de la cocina, mientras contaba rápidamente (“Carlos y otros 6”); los chicos comenzaban a desplegar el contenido de sus bolsas sobre la mesa del salón. No sabía muy bien cuál debería ser mi siguiente acción y pregunté nervioso.
-          ¿Alguien necesita vasos de cristal?
-          No, pero nos falta hielo y Coca Cola - contestó Carlos.
Mientras daba un fugaz vistazo a lo que había en la mesa (whisky, ron, naranja y varias botellas que no supe distinguir a simple vista),  repasé el contenido de mi nevera, que por supuesto, no estaba adecuada para este tipo de eventos.
Me fui rápidamente a la habitación a ponerme algo de ropa para salir a comprar lo que me habían pedido, y dudando delante del armario abierto, sentí una respiración detrás de mí.
-          Ponte solo una camiseta y las zapas - Me dijo Carlos.
-          Sí, ¡Señor! - contesté de nuevo, sin dudar.
Tardé solamente 12 minutos, comprobados por el salvapantallas de mi móvil, que llevé en la mano junto con las llaves y volvía a entrar por la puerta con bolsas del chino, cargadas de lo que no sabía si sería suficiente hielo y refresco de cola. Por supuesto, la suerte había querido que fueran los 12 minutos en los que más llovía, y casi me deslicé por el salón, completamente empapado, hacia la cocina para introducir las bolsas de hielo en el congelador y buscar un recipiente en el que colocar algunos cubitos para sacar al salón, junto a las botellas de refresco.
-          Cuando termines, te das una ducha y te vistes como a mí me gusta - me dijo Carlos, secamente.
Esta vez no contesté, porque cuando me di la vuelta, Carlos ya no estaba en la cocina y el “Sí, ¡Señor!” se ahogó en mi boca, mientras pensaba que pasaría después, pues el atuendo que a Carlos le gustaba, no podía llamársele exactamente “vestir”.
Cuando salí del baño, ya seco y sólo con un suspensorio, como se me había solicitado, se hizo el silencio en el murmullo continuado que había oído durante los escasos 15 minutos que pasé en la ducha. Los chicos se habían acomodado en las sillas y el sofá; por unos segundos clavaron sus miradas en mi mientras yo buscaba con mis ojos a Carlos, que finalmente ubiqué en el sofá al lado del reposabrazos más cercano a la puerta, con una leve sonrisa maliciosa en la cara.


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