Imprescindibles

No se pierda... Videos Hice un buen servicio en...

sábado, 20 de junio de 2009

Demostración de Fuerza




La noche se estaba desarrollando con menos sobresaltos de los que me esperaba. Tanto Carlos como sus amigos se habían dedicado simplemente a charlar, de temas a los que no presté mucha atención, y me tuvieron muy ocupado rellenando sus copas de las distintas mezclas, todas diferentes que bebían cada uno.

-          Ponme más hielo
-          Vodka con naranja
-          Otra cerveza
Sus voces eran respetuosas pero firmes. Yo estaba muy pendiente en todo momento de lo que pasaba en la mesa,  pendiente de vaciar ceniceros, recoger latas vacías, abrir bolsas de hielo, limpiar rápidamente cualquier cosa que se caía. Enseguida se me olvidó que mi fibrado cuerpo, libre de todo vello, estaba solo tapado por un suspensorio, pues no sentía especialmente sus miradas fijándose en mí, solo recordándolo cuando furtivamente alguna mano se posaba en alguna de mis nalgas, dándome un ligero golpe mientras pasaba entre las sillas, el sofá y la mesa para hacer alguna de mis tareas. Tuve que bajar unas cuantas veces, ya sin lluvia a comprar al chino de abajo: patatas, más hielo, cervezas e incluso tabaco, pues la única cajetilla de emergencia que me quedaba en casa, tardó bastante poco en quedarse vacía.

-          ¿Quién le da la pasta? – preguntó alguno de los compañeros de Carlos, antes de la primera de esas bajadas.
Un gesto suyo con la mano sirvió para que nadie lo volviera a preguntar. Supongo que luego lo hablaron mientras yo estaba abajo comprando.

Pero los chicos, incluido Carlos, estaban cada vez más borrachos, sus voces se iban elevando de volumen en las 2 o 3 conversaciones paralelas que mantenían e incluso llegaron a discutir acaloradamente sobre algún tema especialmente polémico. En uno de los breves silencios llegó el momento que había temido y deseado toda la noche.
-          ¿Qué? ¿Qué os parece mi sirviente? Está bien el sitio para el botellón, ¿no? - preguntó Carlos a sus compañeros, con aire orgulloso.
Las contestaciones fueron muy variadas, pero sobretodo las risas fueron tremendas. Yo les escuchaba sigilosamente, mientras limpiaba unos vasos por si hacían falta más adelante. La voz de Carlos me hizo saltar como un resorte.

-          Ven aquí, perro. De rodillas - gritó desde el salón.
Dejé lo que estaba haciendo y di 4 zancadas rápidas, cruzando la puerta de la cocina, para ponerme delante de Carlos, y arrodillarme con las manos a la espalda y cabeza gacha.

-          Vamos a hacer un juego - anunció Carlos.
Sin falta de mi ayuda alinearon las sillas al sofá y retiraron la mesa, que estorbaba para sus planes. Yo me tuve que colocar en el centro del salón, de cara a ellos, todavía en mi sumisa postura, pero esta vez vista al frente, y con la boca bien abierta.

-          Te los tragas todos y luego decides cual está más rico. ¿Entendido? - me preguntó Carlos.
Emití un rápido “Sí, Amo”, para volver a mantener la boca bien abierta, y menos mal, porque su primer lapo atravesó el aire y se estrelló parcialmente en mis labios y dientes superiores, goteando sobre mi lengua. Inmediatamente recogí con ella todo el lapo hacia dentro de mi boca, tragué aparatosamente y contesté “Gracias, Amo”, para volver a abrir la boca de frente al siguiente en la fila de amigos sentados en el sofá. No hice caso a las estrepitosas carcajadas que llenaron mi salón después de las caras de asombro, que noté por el rabillo del ojo en alguno de ellos. Los chicos fueron tomando turnos  uno a uno, algunos se saltaron el orden y varios, entre ellos Carlos, repitieron varias veces, levantándose para ponerse frente a mi boca, o llamándome con un simple “¡Aquí!”. Yo sin dudar recibí y tragué todos los lapos, recogiendo con mi lengua, o con mi mano, aquellos que se estampaban contra mis labios o mi cara, y tras tragar, siempre la misma respuesta:

-          Gracias, ¡Señor!
Incluso en alguna ocasión tuve que ir a buscar el lapo del suelo, bajando mi cabeza para recogerlo, directamente con la lengua del suelo, ya que Carlos me había ordenado que me los tragara todos.

Cuando los lapos se empezaron a volver más espaciados, y las carcajadas provocadas por ellos menos sonoras, Carlos aprovechó que uno de sus amigos se levantaba para ir al baño, para dar el siguiente paso.
-          ¡Espera! Que el perro no ha bebido nada en toda la noche - le dijo a su amigo con una sonrisa
Se levantó a cuchichear algo con su amigo al oído, mientras yo seguía de rodillas en medio del salón, aunque ya intuía por donde iban a venir los tiros. La puerta del baño se cerró a mis espaldas y Carlos se volvió a sentar en el sitio en el que había estado toda la noche: en la esquina del sofá, con cara de satisfacción, mientras que el resto de sus amigos se miraban expectantes, y mantenían el suspense hablando en voz muy baja entre ellos.

La puerta del baño no tardó mucho más en volver a abrirse y como esperaba, no oí ningún ruido de cisterna. El amigo de Carlos se puso a su lado, con una botella de coca cola, que contenía un líquido amarillo claro, y dudaba si ofrecérsela a Carlos, o a mí directamente. Carlos le indicó con la mano hacía mí y fijó su mirada en mis ojos, con gesto de “ya sabes lo que tienes que hacer, perro”.
La botella no tenía tapón y no dude ni un segundo. Apoyé mis labios en la boca de la botella, intenté no notar el olor e incliné mi cabeza hacia atrás hasta que el líquido mojó completamente mis labios. Con el primer líquido entrando en mi boca comprobé claramente que era la meada del amigo de Carlos;  la temperatura confirmaba que acababa de llenar la botella. Intenté no saborear, aguantar las arcadas, y dar grandes tragos uno detrás de otro, casi sin parar ni para respirar, hasta que terminé todo el contenido de la botella.
Apoyé la botella en el suelo, limpié mis labios con la lengua, puse las manos a la espalda y bajé la cabeza con un simple “Gracias, Señor”.



Su correo electrónico:

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Le aviso si hay Novedades...

Su email: