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sábado, 20 de junio de 2009

Invito a la Disco


El Amo Carlos pareció complacido por la afirmación de su amigo, y yo salía del baño desnudo, con mi polla dura y completamente babada por el amigo de Carlos, buscando mis suspensorios por el suelo del salón, dónde se habían quedado, hasta que vi que uno de los amigos de Carlos los estaba haciendo girar, con uno desde sus dedos y con mirada retadora.
-          ¿Los quieres? – me preguntó entre risas.
Yo busqué con la mirada al Amo Carlos, para intentar ver cuál debería ser mi respuesta, pero no me dio tiempo, pues él terminó el juego con un gesto y mis suspensorios fueron lanzados hacia mí; me los puse rápidamente. Carlos retomó las riendas de mí sin dudar, mandándome ponerme a cuatro patas delante de él de nuevo, y subiendo sus piernas encima de mi lomo. También redirigió la conversación de sus compañeros hacia los siguientes planes de la noche, para acabar el botellón.
Dejó que uno de sus compañeros, muy insistente, jugueteara con mi culo, mientras seguían conversando sobre las mejores opciones para salir, basándose en no sé muy bien qué criterios, pues no prestaba mucha atención a la conversación, con las piernas de Carlos apoyadas en mi espalda y los dedos de uno de sus amigos entrando y saliendo, a diferentes profundidades en mi culo, aleatoriamente: a veces uno, dos o hasta tres, mientras cortaba la conversación con frases de lujuria, del estilo “como traga este ojete”.

Alguno de sus compañeros llegó a insinuar que lo mejor que podían hacer esa noche, era quedarse “disfrutando del perro de Carlos”, pero Carlos no les prestó atención al principio, aunque finalmente accedió diciendo “ya volveremos después de la disco”, mientras se ponía de pie y exhibía las llaves de mi casa. Ya se levantaba con intención de irse;  los demás le siguieron y empezaron a prepararse para salir.
-          Deja esto bien recogido – me dijo el Amo Carlos, mientras los demás seguían vistiéndose.

-          Sí, Señor – contesté poniéndome en pie.
Una sonrisa se dibujó en la cara del Amo Carlos, cuando todos estaban ya listos para salir hacia la discoteca. Me miró fijamente, hasta que bajé mi cabeza, antes de que él soltara su pregunta maliciosa.

-          ¿No vas a invitarnos a la entrada de la discoteca, perro? - me preguntó.
Yo me quedé atónito, pensando si lo que quería era que me vistiera y me fuera con ellos hasta la entrada para pagársela, pero la orden de dejarlo todo recogido no coincidía con aquello.

-          ¿Cómo, Amo? – pregunté finalmente.
-          Con 50 pavos nos llega – contestó rápidamente.
Entré a mi dormitorio a por la cartera y salí con ella abierta, buscando un billete de 50, que le di al Amo Carlos, ante la mirada incrédula de sus amigos.

-          ¡Flipante! – exclamó uno de ellos, casi sin poder cerrar la boca.
Carlos abrió la puerta con una sonrisa y sus amigos le siguieron fuera.



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