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No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

domingo, 19 de julio de 2009

Rutinas (II)



La vuelta de fiesta del Amo Carlos no era tan predecible como sus visitas antes de salir, aunque sí que era un clásico su borrachera, que sacaba de él sus peores intenciones y cierta agresividad. Hacía mucho ruido intentando abrir la puerta, y daba un grito en el salón para despertarme, aunque yo ya estaba, la mayoría de las veces, saltando de mi cama en suspensorios, para acudir a sus órdenes al salón, y encontrármelo con un cigarro en la boca con la ceniza a punto de caerse sobre el suelo.
Me apresuraba a traerle un refresco y un cenicero, siempre habiendo recibido un buena ostia, con la que me cruzaba la cara a modo de bienvenida, al grito de “perro”, antes de sentarse en el sofá, y que yo me colocará diligente de rodillas delante de él esperando órdenes.
Parecía que cada día tenía una idea metida en la cabeza, que le había rondado durante toda la noche y ya, con la fiesta casi finalizada, acudía a su perro a cumplir su pequeña fantasía; a ponerla en práctica, o a experimentar si sería como él se lo había imaginado.


El primer día me tocó puteo de los pezones, en los que utilizó cualquier cosa que se le ocurría. Comenzó apretándomelos sin medida, con sus delgados dedos, viendo cual era mi resistencia, y retorciéndolos a la vez, si veía que simplemente la presión no me hacía reaccionar mucho. Pronto evolucionó de los dedos al siguiente juguete que le cruzaba la mente, que me enviaba a buscar. Yo volvía con él y tomaba de nuevo mi posición. Después de los dedos fueron las pinzas de la ropa. Me las colocaba a diferentes profundidades, pinzando solo mis pezones, o también parte de mi pecho, para después retorcerlas, apretándolas fuerte por la punta, y liberarlas en el momento más inesperado.
Yo mantenía mi mirada al frente, apretando los labios cuando su castigo superaba mis expectativas, pero intentaba gemir lo menos posible, porque eso significaba normalmente que el Amo parara durante unos segundos, y esperara a que mi cara se recuperara del dolor, para mirarme a la cara mientras descargaba una ostia, con toda la palma de su mano sobre ella, sin ningún cuidado de cómo me pillaba.
Las pinzas se liberaban sin previo aviso, haciéndome abrir la boca, donde sofocaba mi suspiro en silencio, para volver a clavarse en mi carne a diferente profundidad y en diferente posición, a veces solo rozando la punta de mi pezón y no llegando a engancharse, haciéndome cerrar los ojos por el doloroso roce. Cuando llegaban a entrar a buena profundidad, y los retortijones del Amo no conseguían sacarme un gemido, Carlos parecía complacido, y me daba cariñosamente palmadas en la cara con media sonrisa, y los ojos medio cerrados.
-          Buen perro – me decía, mientras encendía un nuevo cigarrillo.
Cuando fumaba se recostaba sobre el sofá y estiraba una de sus manos para llegar a las pinzas que había dejado en mis pezones, tirando de ellas sin llegar a abrirlas, estirando mi carne hacia él, y consiguiendo que yo me inclinara hacia el sofá, apretando mis labios para evitar el dolor, antes de que la pinza se liberara con un chasquido de mi pezón, haciéndome liberar un seco “ah” de mi boca, tras el cual, venía de nuevo la ostia del Amo, en mi cara, ya con los ojos cerrados, esperándola.
Pero el juego con mis pezones no era más que un comienzo a esas altas horas de la mañana, en las que el Amo no tenía prisa ninguna para dormir; su borrachera le inspiraba grandes ideas. Las pinzas de la ropa se cambiaron por unas pinzas japonesas, unidas por una cadena, que el Amo utilizaría para tirar de mis dos pezones simultáneamente, con solo una de sus manos, antes de ordenarme que me quitara el suspensorio para poder centrarse en mis pelotas, no sin reírse primero de mi polla durísima, tras los castigos recibidos.
-          Como te pone que te torture, perro - decía entre risas.
Para las pelotas no tenía mucha paciencia, y normalmente me ordenaba a mi mismo que me las atara, de pie delante de él, mientras se tumbaba en el sofá y llegaba hasta cerrar los ojos. Sobaba mis pelotas cuando ya estaban atadas, dándoles un par de golpes y a veces no las encontraba de su gusto, y me hacía desatarlas de nuevo para volver a empezar.
-          Más apretadas – decía, sin ningún tipo de pena.
Cuando las pelotas estaban ya a su gusto, y me había hecho inclinar mi estomago un par de veces con sus golpes secos con la palma de su mano, llegaba el momento de improvisar las diferentes combinaciones que al Amo le iban pasando por la cabeza, usando algunos de mis juguetes, o bien cualquier cosa que encontraba a mano.
Me enviaba a la cocina a traer una botella de agua grande llena, y se arreglaba para atarla al extremo del cordón que rodeaba mis pelotas, llegando a meterlo dentro de la botella antes de cerrarla para asegurar que aguantaría sujeta, mientras yo esperaba pacientemente de rodillas frente a él, mirando sus inseguras manos manipular la botella apoyada sobre el suelo.
-          Ahora levántate – decía, cuando estaba seguro de su montaje.
-          Manos detrás de la cabeza – balbuceaba, mientras yo me iba poniendo en pie, con las piernas abiertas, viendo como mis pelotas iban levantando el peso de la botella.
Una vez conseguido el primer levantamiento, su sonrisa se hacía cada vez más amplia, y sus ojos más pequeños. Me iba dando órdenes para subir y bajar la botella, sin cambiar la posición de mis manos.
-          Arriba… Abajo – repetía divertido, viéndome apretar los labios cuando mis huevos se estiraban.
-          Ahora salta – Dijo en algún momento, cuando yo esperaba la siguiente orden, de pie con la botella colgando de mis pelotas, frente a él.
Dude solo un segundo y salté verticalmente, volviendo a dejar caer mis pies sobre el mismo sitio del suelo, y esperando el tirón de la botella, que llegó haciéndome agacharme ligeramente, además de gritar, en medio del silencio de la madrugada, antes de que la botella se soltara de mis huevos, tirando el agua por el suelo.
-          ¡Menuda mierda! – dijo el Amo, levantándose del sofá en medio de un tambaleo.
Su pie se levantó ligeramente antes de coger impulso para atrás y estrellarse sobre mis pelotas, con una buena patada, y volver a sentarse en el sofá casi cayéndose en él.
-          ¡Limpia eso! –gritó sin darme tiempo a recuperarme de la patada, y casi me arrastré por el suelo, intentando levantarme, mientras pensaba si usaría paños o la fregona para recoger el agua que se había derramado.
Cuando volví de la cocina con la fregona en la mano, el Amo se había sacado su enorme polla, y estaba sentado el sofá con las piernas abiertas, meando directamente en el suelo, apuntando contra la botella de agua, aún tumbada.
-          Te lo estás perdiendo – me dijo con una sonrisa.
Tiré la fregona para ponerme delante del chorro de su meada, intentando que el suelo no se manchase más, y tragarme todo lo que podía. Pero Carlos no tenía el mismo plan, y movió su polla  sin parar, tras la que seguía su chorro de meada, dejándome completamente empapado, y con un buen charco que limpiar en el suelo.



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