Imprescindibles

No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

domingo, 26 de julio de 2009

Rutinas (III)



Las sesiones con el Amo Carlos volviendo de madrugada a mi casa, entrando con su copia de la llave, y llamando a su "perro" a voces para darme la primera ostia de bienvenida, se repetían todos los sábados, después de haberle, ese mismo día unas horas antes, relajado sexualmente, comiéndole su enorme polla, y recogiendo su corrida del suelo de mi salón, ante su atenta mirada, mientras él fumaba.

Y siempre empezaba con la tortura de mis pezones. Para Carlos, era como una especie de calentamiento, convenciéndose de que yo aguantaría sus torturas, antes de pasar a la fantasía que ese día tenía en la cabeza, que siempre era diferente.

Y este día, parecía ser el ejercicio físico. Me dejó las pinzas japonesas puestas en mis pezones, que ya estaban bastante enrojecidos y doloridos, después del largo castigo que me había aplicado antes, y me ordenó ir a por una escoba, lo que me extrañó.


-          Ponla en la nuca – me dijo, con cara de no estar muy seguro.

Y yo no lo entendía muy bien tampoco, hasta que tras varias pruebas, supe que quería que sujetara la escoba con mis brazos, pasándolos por encima del palo, después de haberla apoyado tras mi cabeza, en la nuca. La posición no era especialmente incómoda, debido al escaso grosor del palo de la escoba, pero yo sabía que pasado un tiempo, iba a ser difícil de aguantar.

Me tuvo un rato, aun con mis suspensorios puestos, de pie delante de él, sujetando el palo de la escoba en la posición que me acababa de explicar, mientras se fumaba un cigarro, y me tiraba la ceniza, desde el sofá, directamente hacia mí, diciéndome que la recogiera con la boca. Parecía que le gustaban mis intentos de agachar la cabeza lo más posible en esa postura, para llegar con mi boca antes de que la ceniza cayera de su cigarrillo, cosa que nunca conseguía; él me ordenada recogerla del suelo, sacando mucho mi lengua para poder lamerla, con la escoba impidiendo que apoyara mis manos, intentando no caerme. Carlos esperaba a que yo estuviera de nuevo completamente de pie, antes de proceder con el siguiente “lanzamiento” de ceniza. Durante este juego, decidió que necesitaba algo más de fijación en la postura y buscó por mi despacho un rollo de cinta adhesiva, con el que enrolló mis manos a los extremos de la escoba, haciendo que realmente no los pudiera separar.

Mis brazos ya empezaban a estar molestos, antes que doloridos, cuando el Amo Carlos cambió el juego, sin dejarme modificar la postura, fijada con la cinta adhesiva, que apretaba mis manos a la madera del palo de escoba. Esta vez quiso que yo hiciera sentadillas, sin moverme del sitio, sin necesidad de correr detrás de la ceniza de su cigarrillo; por supuesto, yo obedecí. Hice unas 20 seguidas, al ritmo que él marcaba, cada vez más rápido, con palabras que al Amo se le atragantaban en la boca, entre la borrachera y la risa: “arriba”, “abajo”, “arriba”… cada vez más rápido. El ejercicio le pareció demasiado aburrido y pronto me dejó en cuclillas, “abajo”, y me ordenó que empezara a andar por el salón en esa postura, “besando el muro cuando llegues a cada lado”.

Yo sudaba por el ejercicio, que el Amo exigía cada vez más rápido, e intentaba dar pasos cada vez más pequeños, pero más rápidos, para reducir el tiempo entre el beso que daba a las paredes de mi propio salón, intentando no caerme, imaginándome que sería bastante engorroso levantarme del suelo en esa postura. Ya llevaba 3 vueltas, cuando el Amo se levantó de su sofá, con uno de sus cigarrillos encendidos en la mano, y paró mi marcha para exigirme que abriera la boca, y dejar caer la ceniza dentro.

-          Traga, venga, sin parar – me gritó, aún de pie a mi lado, en el medio del salón.

El añadido de correr hacia él, cuando tenía que recoger la ceniza de su cigarrillo con la boca, no sirvió de excusa, y Carlos seguía exigiendo cada vez más rapidez en mis paseos. Parecía que todos mis esfuerzos, con los brazos ya realmente doloridos, mi garganta, reseca por la ceniza y el ejercicio, y el sudor empapando todo mi cuerpo, no le convencían de que estuviera haciendo el máximo esfuerzo para completar el raro ejercicio, que había salido de su mente ese día de borrachera.

-          He dicho más rápido – gritó por última vez.

Intenté correr más, casi llegando a la pared de mi salón, al lado de la puerta de mi despacho. Pero perdí la concentración por las prisas y terminé cayendo. Mi instinto me hizo inclinarme hacía el apoyo más cercano, sin ser consciente de que ese apoyo, se produciría con mi cabeza, al no estar libres mis manos. Me golpeé con la cabeza en la pared, pero no me hice daño; el dolor de mis brazos lo ocultaba, junto con el pensamiento de no haberlo completado. Intenté recuperar el aliento y volver a ponerme en cuclillas, manteniendo el equilibrio de rodillas en el suelo, aún apoyando la cabeza contra la pared. Pero la voz del Amo Carlos me paralizó.

-          ¡Menuda mierda! – gritó.

Decidí no moverme, intuyendo lo que llegaría, y así fue. Olvidé el dolor de mis brazos para sentir un dolor sordo en la parte baja de mi estómago, resultado de la patada en las pelotas que el Amo me había dado. Menos mal que estaba apoyado en la pared, si no, me hubiera golpeado la cabeza de nuevo contra ella.

                                                  

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