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sábado, 11 de julio de 2009

Rutinas

Las sesiones con el Amo Carlos eran bastante predecibles, pero yo estaba feliz sirviéndole.


Prácticamente no sabía nada de él durante toda la semana, salvo algún día que me preguntaba por el móvil que hacía que llevaba puesto, y a veces me pedía que le enviase alguna foto. Solía ser ya entrada la noche, por lo que me encontraba en casa, y por tanto llevaba puestos solo unos suspensorios. Llegó a tener una extensa colección de fotos mías en suspensorio en su móvil, que algunos días me enseñaba.
Otro día por semana, normalmente miércoles o jueves, aparecía por casa a media tarde sin previo aviso. Las dos primeras veces me pilló fuera de casa, haciendo recados, y me lo encontré esperando en el sofá viendo la TV. Una vez me acostumbre a esa cadencia, hice esfuerzos para estar esos días en casa, y que no me tuviera que esperar.
Y siempre cuando salía, normalmente los sábados,  se pasaba por casa antes de salir para tomarse la primera copa que yo le servía placenteramente y también a la vuelta, con su ya típica enorme borrachera, para la que yo era el entretenimiento ideal.
Las visitas antes de salir solían ser bastante cortas. Carlos entraba con su llave saludando con un “Hola, perro” y se repanchigaba en el sofá, quitándose el calzado y subiendo los pies al mismo, o la mesa. Yo mientras, siempre en suspensorios, corría a su lado a arrodillarme para esperar la primera orden, que siempre era la misma.
-          Sírveme un copa, como a mí me gustan - decía.
-          Sí, Señor – contestaba yo, mientras corría hacia la cocina, a preparar su ron con naranja con mucho hielo y una rodaja de limón, que él mismo me había enseñado a preparar la primera vez.
Ya con la copa en la mano, se encendía un cigarrillo, mientras yo corría a traer el cenicero, y esperar a su lado sosteniéndolo hasta que lo apagara. En ese momento, se quitaba los pantalones despacio, y los dejaba bien estirados en la otra punta del sofá, para después dejar caer sus calzoncillos, que se quedaban tirados en medio del salón, y volver a sentarse en el sofá con las piernas abiertas, mientras hacía un gesto con su mano, que me indicaba que yo iba al medio.
Me dejaba chuparle la polla tranquilamente durante unos minutos, tragándomela entera, saboreándola bien, y sintiendo cada uno de sus centímetros apretados contra mis labios, recorridos por mi lengua, hasta que sus manos agarraban mi cabeza firmemente y el que empezaba a marcar el ritmo era él.
Terminaba siendo el Amo el que acababa de pie de frente al sofá apoyando sus manos en el respaldo, mientras yo apoyaba mi cabeza contra el asiento, aguantando las embestidas de su enorme polla dentro de mi garganta. Llegado a este punto, Carlos no tenía ni la menor consideración con mi respiración, e ignoraba completamente mis arcadas y mis babas. Simplemente se follaba mi garganta como si fuera un juguete sin valor, y yo hacía lo posible por no hincar los dientes en su delicioso miembro, con lágrimas en los ojos.
Cuando aguantaba la polla dentro durante varios segundos, yo ya sabía que se había acabado, sacaba la polla de mi garganta de un tirón y se giraba casi 180 grados, mientras se meneaba la polla con la mano, para descargar toda su leche apuntando a la puerta de mi dormitorio. La siguiente orden, ya la daba sentado de nuevo en el sofá, conmigo todavía limpiándome las babas y las lágrimas, de rodillas en el suelo.
-          Limpia eso.
El primer día me llevé un buen bofetón cuando me levanté para ir a por unos pañuelos. Desde entonces, voy a cuatro patas como un perro hasta donde empieza el primer chorretón de leche, y bajando mi cabeza, saco la lengua y recojo hasta la última gota con ella, explorando bien todo el suelo y dejándolo bien limpito.
Cuando vuelvo a mi sitio de rodillas a su lado, él ya está casi terminándose otro cigarrillo. Me inspecciona la boca para comprobar que me he tragado todo, y descarga la ceniza en mi lengua, aunque el cenicero, en el que apagará el cigarrillo, está ahí al lado. Cuando lo termina, se va a la ducha sin mediar palabra y yo aprovecho para ordenar todo un poco, y volver a mi sitio antes de que termine.
Me mira socarronamente mientras sale de la ducha, envuelto en una toalla que yo me encargo de tener lista para él cada sábado. Yo aprovecho para admirar su torso fibrado y sus enormes pezones, que no muestra muy habitualmente, pues suele conservar la camiseta durante la mayoría de las sesiones. Nunca dice nada mientras se viste lentamente y se peina delante del espejo, con la gomina que me ha pedido que tenga siempre en casa, hasta que no hay ni la más mínima diferencia con la apariencia con la que entró en mi casa, apenas 40 minutos antes.
Normalmente no se despide, pero hace un mes que me empezó a decir una frase antes de irse.
-          Hoy voy a ir a la disco con mis amigos de Alcalá….
Así empezó la primera vez. Ahora la frase ya es:
-          Dame pasta para salir.
Hemos acordado 70 euros, que saco de mi cartera, tras ir corriendo a por ella a mi dormitorio.

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