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lunes, 12 de diciembre de 2016

Sabor agridulce en casa del Amo


Realmente acerté con el look para mi visita. Piqué puntual en la casa del Amo y me abrió la puerta con un pantalón de chándal viejo y una sudadera estirajada. Me descalcé antes de entrar en la casa y dejando mis botas en un rincón del recibidor me quité el mono y me puse de rodillas allí mismo.
Digo que acerté porque ni si quiera necesitó que nos moviéramos del recibidor y empujó mi espaldas para que tuviera que apoyar mis manos en el suelo con uno de sus pies descalzos. En menos de un minuto me estaba follando bien duro sin preparativos de ningún tipo. Me montó con ganas durante varios minutos y terminó dentro de mí, como a él le gusta.

Ya desahogado, se subió los pantalones de chándal y me explicó la principal tarea para la que yo tenía que visitar su casa. Se trataba de una montaña de ropa sin planchar de la que me hice cargo dentro de su habitación, en la que casi parecíamos sardinas en lata mientras, él tumbado en la cama leía un documento manuscrito que parecían ser apuntes de clase. La montaña de ropa contenía de todo: desde camisas que coloqué en perchas, camisetas que doble cuidadosamente durante el planchado y unos cuantos pantalones. Gracias a mi habilidad con la plancha, aunque estaba un poco oxidado con eso, pude acabar toda la montaña en más o menos una hora y media y el Amo no hizo ningún comentario sobre los resultados.


Yo seguía intrigado pues el Amo me había dicho que teníamos cosas que discutir. “Discutir ¡¿qué!?. Lo que él me diga y se acabo”, resonaba en mi cabeza. Pero no podía dejar de pensar en que me iba a desechar, por lo seco que había estado durante la tarde. Se debía de notar en mi cara.
-          Hoy tienes mala cara, perro. – Me espetó mientras yo terminaba con la última camisa.
-          Lo siento, Amo. – contesté.
-          Verás…
Y aquí se lanzó a darme una serie de explicaciones que yo no había pedido, ni pediría. Por suerte el resultado fue mucho mejor de lo esperado. Se le avecinan unos cuantos exámenes y un montón de tareas en las que, por desgracia no le puedo ayudar, así que sus visitas tendrán que espaciarse en el tiempo. Me ha explicado que tendrá tiempo para pasarse por mi casa una vez por semana pero que hablara conmigo a mediados de semana también un día, pero que yo no lo puedo molestar si él no me contacta (es algo que nunca hacía de todas formas). A cambio me ha ofrecido que lo nuestro no será en exclusividad y que me deja libre para conocer otros Amos, siempre y cuando le pida permiso a él antes de conocerlos en persona. Todavía no estoy seguro si me atreveré a hacer eso.
En el medio de su discurso ha protestado sobre el tiempo que le lleva llegar a mi casa cuando va. Esperé a que acabase mientras pensaba mi respuesta a eso y le ofrecí amablemente dos soluciones que él acepto: Le pasaré a recoger en coche cuando quiera y le pagaré el abono transporte todos los meses. Le dejé encima de su mesilla 55 euros para el primer mes antes de irme.
Una vez me hubo explicado todo eso, mi cara recuperó la sonrisa y parece que él también se quitó un peso de encima porque dejo de estar tan seco como mientras yo planchaba su ropa. Hasta se olvidó un rato de sus estudios y se permitió ver un capítulo de una serie mientras yo masajeaba y lamía sus pies descalzos.
Cuando la serie acabo tuvo que volver a sus estudios y yo me enfundé en mi mono de motorista y me volví a casa pensando en cómo sería mi vida las próximas semanas con el Amo Luis tan ocupado. En realidad estaba preocupado por él.

                         



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