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No se pierda... Mi última corrida Hice un buen servicio con...

sábado, 4 de febrero de 2017

Me sigue probando


A los dos nos había sabido a poco la prueba de mi pequeña construcción la semana pasada, así que llegamos con ganas a la segunda prueba. Esta vez no hubo tanta charla al principio.
-          Empieza la sesión – me dijo nada más entrar en mi casa.
Los dos comenzamos despacio a desvestirnos, él para quedarse con un slip negro y el arnés de cuero, y yo para quedarme completamente desnudo, antes de contestar.
-          A sus órdenes, Amo.
El Amo se dirigió a la mesa después de darle un rápido vistazo a mi cuerpo desnudo, y cogió unas muñequeras de cuero, que me ofreció con una mano mientras me miraba fijamente. Yo alargué mis dos manos para tomarlas, manteniéndole la mirada,  y llegó el primer castigo, que fue un buen puñetazo en el medio de mis abdominales. Bajé la mirada porque se encogió mi cuerpo; mis manos se fueron a mi estómago sin soltar las muñequeras, pero el Amo ya no estaba delante de mí, seleccionaba una cuerda de la mesa, que pronto empezaría a pasar alrededor de mi cuerpo, mientras yo mismo me colocaba las muñequeras, con torpeza. Él las revisó y apretó un poco más cuando necesitó empezar a pasar cuerda a través de sus estrechas argollas, haciendo unos gruesos nudos, mientras mis manos seguían a la altura de mi abdomen, esperando que no llegara otro golpe.

Me giraba sobre mí mismo, con largas cuerdas colgando de cada una de mis muñecas, mientras el Amo colocaba, cuidadosamente, los tacos de madera, que yo mismo había hecho, en el medio del salón, y mi mirada le seguía silenciosamente. Él medía cuidadosamente la distancia entre ellos antes de hacerme acercarme, con un tirón en una de las cuerdas, para hacer que me colocara encima de los tacos, esta vez de rodillas, apoyando el frío metal en mis rótulas. Para mi gusto los tacos estaban demasiado separados, pero parecía que era, justo, la distancia que buscaba el Amo, dejando mis piernas bien abiertas, en una postura algo incomoda, que dejaba mis pelotas y polla colgando, bien accesibles.
La postura continuó desarrollándose siguiendo los premeditados movimientos del Amo, que comenzó a pasar las cuerdas de mis muñequeras por las argollas del techo. Pronto, mis brazos se estiraban hacia el techo, como la primera vez, dejando mi abdomen al descubierto y mis muñecas empezaban a doler. Así ya, el Amo pudo darme un nuevo golpe, un derechazo diría yo, más bien, directo de nuevo a mi abdomen, y sin previo aviso. Yo solté un bufido de por el dolor producido, y porque me pilló completamente por sorpresa. Además de no poder inclinar el torso, por las ataduras de mis brazos, mis rodillas tampoco me podían dar mucha libertad; hice un poco de equilibrio para que no se cayeran de los tacos, aunque sabía que las puntas de mis pies podrían llegar fácilmente al suelo, en caso de que fuera necesario.
El Amo me miraba, alejándose ligeramente de mí para verme con perspectiva. Separó su vista para empezar a rebuscar algo en su pantalón cuando su cara se iluminó, como con una idea perfecta. Volvió a tirar su pantalón al suelo para ir a recoger una pequeña mordaza de encima de la mesa, que segundos después rellenaba mi boca de látex que podía morder;  él sacaba el móvil de su pantalón para enfocarme desde el fondo de mi salón. Oí el sonido imitado de las cámaras clásicas salir del móvil, antes de que lo dejara también en la mesa, para quedarse a uno de mis lados.
Ya con mi boca sin poder hacer mucho ruido, el Amo probó otros golpes más fuertes. Esta vez me llegó un golpe con la punta de su bota, que me cayó en el centro del abdomen. Mordí la mordaza para soportar el golpe, pero no moví la cabeza ni cerré los ojos, pues las vistas del paquete del Amo dentro de su slip negro, al levantar una pierna dejando la otra fija, me había encantado; su polla comenzaba a marcarse enormemente dentro del slip, apareciendo cada vez más apetecible.
El Amo se volvió a colocar a mi frente y yo le seguía con mi mirada, sin perder de vista su paquete y su torso peludo bien definido; una de sus piernas se levantó hacia su frente, como haciendo cálculos. Cuando su bota negra se estampó contra mí, esta vez fue dejando toda su suela marcada en mi estómago y haciéndome caerme para atrás por la fuerza. Más que una patada, fue como un pisotón en el aire, intentando tumbarme. Apoyé las puntas de mis pies fuertemente en el suelo, clavando mis dientes en la mordaza, para volver a colocarme con las rodillas en el frío metal de los tacos de madera.
Mi vista empezaba a nublarse por unas pequeñas lagrimas, por no querer cerrar los ojos para no perderme ni uno de los movimientos del Amo, que apareció con el electrokit delante de mí, posando el panel de control en el suelo, mientras lo conectaba a los tacos de madera. Aunque yo ya esperaba una primera descarga, allí se quedó solo y el Amo desapareció de nuevo para reaparecer delante de mí con una cuerda en la mano, en la que empezó a hacer unos gruesos nudos. La descarga me pilló por sorpresa, desestabilizando mi postura completamente, ya que el Amo la activó con el pie, sin dejar de mover la cuerda entre sus dedos. La corriente entró por mis rodillas como un cosquilleo suave, y yo hice fuerza con mis muñecas para intentar separarlas del metal. Tres o cuatro descargas después, el Amo terminaba de completar los nudos en las cuerdas y estiraba delante de mí unas pinzas metálicas unidas por una cadena, atadas a la cuerda. Como era de esperar, las pinzas se colocaron en mis pezones y cada una de las cuerdas se fue a las argollas de las paredes de mi salón, guiada por las expertas manos del Amo.
Con unos rápidos movimientos en los nudos que había hecho en las cuerdas, consiguió que se quedaran perfectamente tensas, estirando la cadena que unía las pinzas y, por tanto, las pinzas que, ahora apretaban y estiraban mis pezones. Los puños del Amo empezaron a descargarse alternativamente, pero despacio, en mis abdominales, que yo apreté con fuerza. Poco a poco sus golpes se espaciaron incrementando su fuerza. Sin darme cuenta, el Amo activó de nuevo el electrokit, casi al tiempo que me soltaba un derechazo bien directo al estómago. Entre el golpe y la descarga en mis rodillas, mi cuerpo se echo hacia atrás, abrí la boca, pero el ruido se ahogó en la mordaza, las pinzas se soltaban de mis pezones haciéndolos arder, sin que pudiera hacer nada para remediarlo.
El Amo recuperó las pinzas en sus manos para volver a colocarlas, pero algo le impidió llegar a mi pecho. Probablemente el cruzarse con mi polla bien dura, apuntando directamente hacia él, le hizo cambiar de opinión. Tras acariciarla suavemente, las pinzas acabaron ajustándose a los dos lados de mi prepucio, haciéndome gemir. Tuvo que ajustar varias veces cada una de las cuerdas hasta que consiguió que las pinzas estiraran la piel de mi polla completamente, manteniéndome en un dolor constante, entre la tensión y la presión, hacia ambos lados.
Ya estaba listo para que volvieran a comenzar los puñetazos y apretaba mi abdomen, mientras el Amo me miraba, muy cerca, acariciando mi piel despacio. Sin embargo, faltaba todavía un efecto más en sus planes. Aún con mi polla dolorida pero dura, el Amo manoseaba mis pelotas mientras yo estiraba la cabeza hacia el techo para aguantar el dolor, cuando bajé la mirada, comprobé que me estaba conectando los pads del electrokit en los huevos.
No hicieron falta golpes en mi abdomen, solo la activación del electro. Casi no noté el dolor en mis rodillas, porque el de las pelotas fue enorme. Tuve que agitar todo mi cuerpo para soportar la descarga, haciendo que las pinzas se soltaran de mi prepucio, desplazando el dolor de mis huevos a la punta de mi polla. Mis pies se apoyaban en el suelo ligeramente, cuando la suela de la bota del Amo se volvió a posar, como un pisotón en el medio de mi abdomen. Grité con la boca abierta llena de látex y me dejé caer hacia atrás.

2 comentarios:

  1. Dios jaja quiero un electrokit!! 😂😂

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    Respuestas
    1. Por mucho que lo escondo, me acabo yendo de la lengua de que lo tengo.... ;)

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