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viernes, 24 de febrero de 2017

Probando Construcciones (II)


Esta vez sí que tuvimos tiempo para conversar ligeramente cuando el Amo entró en casa, aunque yo ya tenía preparado todo lo necesario. El Amo se tomó una cerveza y yo decidí tomar otra a la vez, mientras él revisaba las últimas modificaciones que había hecho a mi construcción. Parecía complacido con los cambios hechos. Nos terminamos las cervezas hablando de nada en especial mientras él se iba quitando la ropa, como siempre, dejando sus anchas espaldas solo cubiertas por el arnés de cuero que se apretaba a su pecho, por encima de su espeso vello, debajo de sus pectorales definidos. Yo hice lo mismo y me quedé en suspensorios, esperando que se me indicara si los iba a mantener puestos hoy, o no.

-          Comienza la sesión esclavo – Me dijo, cuando los dos ya nos habíamos quitado toda la ropa.
Un gesto suyo sirvió para indicarme que no necesitaría mis suspensorios, así que rápidamente los deslice por mis piernas y los tiré hacia una esquina del salón, antes de cuadrarme delante del Amo, ya con mi polla dura.

-          El esclavo está listo, Amo. - dije, protocolariamente.
Todo indicaba que la postura en la que me ataría hoy sería exactamente igual a la de la última vez. El Amo empezó indicándome que colocara la mesa en el centro del salón, justo debajo de las argollas del techo, a las que solía atar mis brazos con ayuda de unas cuerdas anudadas a mis muñecas. Sin embargo, esta vez vi perfectamente como hacía esos gruesos nudos alrededor de ellas, pues lo hizo delante de mí, después de que yo uniera mis brazos delante de mí, con los puños cerrados, siguiendo sus ordenes. La siguiente cuerda unió ese espeso nudo con una de las argollas del techo y mis brazos se extendieron juntos hacia ella. Me tuve que poner de rodillas encima de la mesa para poder soportar la tensión que el Amo aplicaba, y se empeño en que no me moviera del centro de la mesa, por lo que me cuerpo quedo ladeado de cintura para arriba, haciendo la postura más incómoda.

Esta vez la pierna del lado hacia donde se inclinaba mi cuerpo quedaría libre, mientras el Amo comenzaba el atado de la otra, como la vez anterior, pasando cuerda por mis muslo, después por mi tobillo, y finalmente haciendo que ambos se unieran, llegando a hacer que mi rodilla estuviera al límite de sus posibilidades. En ese momento entró en juego el primero de los tacos de madera, o más bien el segundo, ya que utilizó el que no tenía nada más añadido. El Amo lo colocó debajo de mi rodilla no atada, dándole más holgura a mis brazos, pero dejando mi pierna atada en una delicada posición, ya que me obligaba a mantenerla casi en el aire.

Esa situación no duró mucho tiempo, ya que pude dejar caer mi pierna doblada por la rodilla y atada cuando el Amo utilizó otra de las cuerdas para fijar el grueso nudo de mi tobillo a la argolla libre del techo. La postura se volvió ligeramente cómoda hasta que la cuerda de mis brazos se volvió a tensar a su máximo dejándome justo como el Amo deseaba esta vez. Llegó el momento de la típica foto que el Amo me sacaba cuando su bondage estaba prácticamente completado. Mi polla seguía completamente dura y yo intentaba acomodar mis articulaciones, procurando no moverme demasiado, con ligeros gemidos.

El Amo parecía ansioso por hacer funcionar mi última construcción y esta vez no hubo ningún juego inicial, ni con el látigo, la fusta ni la pala de spank, que se quedaron descansando encima del sofá. El taco de madera restante ya estaba entre las manos del Amo, junto con el mando del electrokit; tuvo que apoyarlo todo en la mesa, poniéndose en cuclillas para terminar todas las conexiones. Eso me permitió olvidarme unos momentos de lo estresante de mi posición, mientras intentaba fijarme lo más posible en el enorme paquete del Amo, muy apetecible, apretado, dentro de su slip negro. Nunca lo había visto tan abultado.

Por supuesto el taco de madera terminó presionando mis pelotas encogidas, y la placa extra de madera no tenía otro destino que apretarlas por el lado contrario. El Amo me las agarró con fuerza, tirando de ellas con firmeza para separarlas de mi polla, sacándome un grito, hasta que consiguió que el frío tacto del metal que cubría la madera las apretara por ambas partes. Mientras sujetaba el taco con una de sus grandes manos, la otra apretó los tornillos hasta que pudo dejar caer el taco de madera, a la vez que yo soltaba otro grito. No me atreví a mirar pero sentía que mis huevos se reducían a dos pequeños puntos de dolor, muy alejados del lugar donde debería estar, justo debajo de mi polla, que comenzaba a babear abundantemente. El Amo soltó un bufido de placer cuando me la rozó ligeramente con un dedo, desde la base hasta la punta, cogiendo parte de mi lubricación que después limpió en las puntas de mis pelotas, que asomaban entre los dos trozos de madera.

Yo no paraba de gemir, y a veces esos gemidos se convertían en gritos, cuando llegó la primera descarga a la rodilla que tenía apoyada. Mi cuerpo se sacudió, sobretodo mi abdomen y mi pecho, intentando soportar el dolor de la electricidad cruzando mi rodilla, pero no la moví de su sitio. Todavía sentía más miedo que dolor; miedo por mis pelotas que seguían siendo un punto de dolor, cada vez más profundo. Mis ya gritos continuos llenaron la habitación cuando llegó la segunda descarga, que se dirigió al taco que apretaba mis pelotas. Fue como un ardor que llegaba de fuera y se acumulaba en esos puntos de dolor, mis huevos, haciendo que quisieran explotar y salir de su cárcel. Mi grito fue casi como un desgarro, hasta que la corriente dejó de pasar a través de ellos.

Cuando abrí mis lagrimosos ojos, aún emitiendo pequeño gritos, el Amo no estaba delante de mí y me había despistado lo suficiente por el dolor para no tener ni idea de donde se había metido. No sentía su presencia, ni su calor, solo dolor en mis huevos. Luego sabría que estaba buscando una silla en la que subirse, pero en ese momento solo me sorprendió una presión en mi ojete. Realmente pensé que la electricidad me lo había relajado y simplemente se me estaba abriendo, pero pronto noté que algo se deslizaba en mi interior. El taco de madera seguía tirando de mis pelotas apretadas e intenté casi no moverme.

Pronto mi duda se disipó por completo cuando reconocí el tacto caliente y palpitante dentro de mi culo. El Amo me estaba metiendo la polla, poco a poco, y yo estaba deseando a que empezara a follarme. La primera arremetida se me hizo interminable, cuando ya me esperaba que empezara la enculada, con la polla quieta dentro de mí, ésta se metía un poco más deteniéndose de nuevo. Realmente era una polla de buena longitud y gorda, como su paquete, que tantas veces había observado furtivamente desde mis diferentes ataduras mientras él me torturaba, anunciaba. Finalmente la follada empezó, aunque no duró mucho, supongo por la incómoda postura del Amo para hacerlo. Mis gritos fueron gemidos durante sus embestidas y creo que hasta llegué a sonreír notando las babas caer de mi polla, aunque el dolor de mis pelotas no había disminuido.

El Amo volvió a aparecer delante de mí; yo entre lloraba y reía, con un pequeño escozor en mi ojete, nada comparable con el dolor de mis huevos. Una nueva descarga cruzó mis pelotas y volvía a levantar mi cabeza gritando a boca completamente abierta cuando me di cuenta que también estaba entrando electricidad por mi rodilla apoyada. Me sentí como un muñeco de trapo furiosamente estrangulado. Dejé todo mi cuerpo relajado, con mis músculos muertos y mi cabeza cayó hacia adelante dejando algunas lágrimas caer al suelo.
-          Gracias, Amo – fue lo único que fui capaz a articular un par de minutos después.

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