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sábado, 4 de marzo de 2017

Sin electricidad


Casi no me había dado cuenta, aunque me pasaba las sesiones obnubilado por su paquete, que con este Amo, la única vez que había probado su polla, y había sido por el culo, fue la última vez después de... ¿3 sesiones? No tiene mayor importancia para mí, pero desde luego, el haberle dado placer a su polla la última vez, me había encantado y estaba dispuesto a seguir dándoselo. Así se lo hice saber a través de un mensaje.
-          Estoy a su disposición cuando quiera, Amo.
Aunque creo que sobraba, no estaba de más recordárselo, ¿no?

Por fin llegó el momento de tener otra sesión. Le esperé en casa, solo con unos suspensorios, deseoso de saber cuál sería su juego hoy, cómo me ataría, que uso de la daría a mis pequeñas construcciones y si podría probar de nuevo su polla o tendría que conformarme con mirar su paquete entre mis gritos de dolor.
-          Empieza la sesión, esclavo – dijo en cuanto le abrí la puerta.
Me apresuré a quitarme los suspensorios y tirarlos hacia una esquina y me cuadré en medio del salón.
-          El esclavo está listo, Amo – contesté desde mi posición.
El Amo dio unas vueltas alrededor de mí mientras comenzaba a quitarse la ropa para quedarse como siempre, con un slip negro, dentro del que se guardaba lo que tanto me atraía de él. Esta vez no llevaba puesto el arnés y lo sacó de su mochila para ponérselo ante mi atenta mirada, fijándome en sus pectorales, en su vello, en sus piernas y sí… en su paquete.
-          Me encanta tu cuerpo, esclavo – dijo mientras daba una vuelta más por detrás de mí.
No me esperaba ese tipo de comentario y creo que hasta me puse un poco rojo sin saber muy bien si debería contestar.
-          Lo puede usar como quiera, Amo – contesté finalmente.
Noté una media sonrisa en su cara mientras comenzaba a coger las cuerdas de encima de la mesa.
-          Aparta la mesa y trae una silla.
-          Sí, Amo – contesté rápidamente, mientras comenzaba a moverme.
Cuando volví con una silla de la cocina, el Amo seguía colocando cuerdas en sus manos. Colocó la silla en medio del salón, midiendo cuidadosamente su lugar. Yo ya intuía lo que me tocaría y me coloqué detrás del respaldo de la misma, frente a ella. Acerté, pues pronto el Amo empezó a pasar cuerdas por mis tobillos y un nudo los dejó unidos, con bastante holgura entre ellos, que me permitía todavía separarlos e incluso dar pasos cortos.
La siguiente cuerda comenzó a rodear mis muñecas, de forma similar a mis tobillos pero esta vez sin ningún tipo de espacio entre ellas. Cuando el Amo apretó el nudo, mis dos muñecas casi se tocaban entre sí, excepto por la áspera cuerda que pasaba entre ellas. No las podía separar. Esa cuerda se empezó a tensar y con ella, mis brazos que se dirigieron hacia el sofá, donde la cuerda se fijo a la argolla de la pared, todavía con mucha holgura.
El Amo se alejaba lo que permitía el salón para ver la escena desde lejos y pronto volvió para terminar de hacer los arreglos. Primero la cuerda de mis tobillos se fijó a una de las argollas del suelo reduciendo ligeramente la movilidad de mis pies, aunque mis tobillos se podían seguir moviendo. Después el respaldo de la silla se apretó contra mis piernas, obligándome a retroceder todo lo que pude mis pies y mantener mis piernas rígidas para que fuera mi torso el que se inclinaba hacia adelante. Por último, tensó completamente la cuerda que fijaba mis muñecas y el respaldo de la silla comenzó a clavarse en mi abdomen. Mientras, mi polla dura se intentaba clavar en él.
El Amo había tenido en cuenta esto y pronto pasó su mano entre el respaldo de la silla y mi cuerpo, colocando mi polla hacia abajo y empujando de nuevo la silla para asegurarse que no dejaba que mi polla se moviera y mis huevos quedaban bien apretados; pero aún podía separar ligeramente las piernas entre sí, así que el Amo pudo acceder a ellos desde la parte de atrás de mis piernas. Yo ya estaba emitiendo gemidos sin parar, pues la postura era un infierno y cualquier mínimo movimiento de mis músculos era incomodo. Sin embargo faltaba todavía un detalle: el Amo rebuscó algo en su mochila y apareció con las enormes pinzas, que ya conocía, y sabía que acabarían apretando mis pezones dura y profundamente. Por desgracia además de eso, también los estirarían, pues una vez colocadas en mis pectorales, el Amo las comenzó a manipular para atarles una cuerda que acabó en la otra argolla del suelo de mi salón, situada unos centímetros por delante de las patas de la silla.
Mientras yo seguí gimiendo, llegó el momento de inmortalizar la postura, con la clásica foto que el Amo sacaba a todos sus trabajos de bondage conmigo. qo noté por el ruido de la cámara de su móvil. Con el trabajo terminado, el Amo pudo empezar a disfrutar y creo que lo hizo, a juzgar por los ruidos que salían de su boca, con los labios cerrados. A veces, incluso le oía relamerse.
Acarició mi espalda tersa, completamente, primero solo con un dedo, despacio y suavemente; después con toda la mano, con más aspereza, apretando mis músculos. Sus manos llegaron a mi culo, agarrando con fuerza mis glúteos.  Después de pasear sus dedos por mi piel, repitió el proceso con una fusta. El tacto del cuero comenzó en mis muñecas y fue bajando hasta los hombros, dejando unos cuantos duros golpes, a diferentes alturas, que me sacaban un gemido más fuerte.
-          ¿Duele, esclavo?
-          Sí, Amo – contesté en voz alta, casi escupiendo las palabras.
-          ¿Quieres que te suelte?
-          No, Amo – escupí de nuevo.
La fusta siguió paseándose por mis hombros y mi espalda, golpeando, cada vez con más furia, donde al Amo le apetecía. Yo seguí gimiendo con cada golpe y él, seguía preguntando.
-          ¿Duele, esclavo?
-          Sí, Amo
-          ¿Quieres más?
-          Sí, Amo
La fusta llegó a mi culo y allí casi no la noté acariciar mi piel; comenzó directamente a caer con fuerza, primero en la zona superior de mis nalgas; después en el centro de cada uno de mis glúteos, acercándose a la raja de mi culo. Cada vez caía más fuerte y con menos espacio para recuperarme de mis jadeos entre golpe y golpe. Mi voz era una silaba constante, aunque de bajo tono: “ah”. Un pequeño tiempo de descanso fue el precursor del golpe más fuerte, que cayó sobre mis pelotas y mi gemido fue un grito. De nuevo la conversación con el Amo entre jadeos.
-          ¿Duele, esclavo?
-          Sí, Amo.
-          ¿Qué se dice, esclavo?
-          Gracias, Amo.
Como si fuera el repiqueteo de un tambor, la fusta comenzó a caer repetidas veces sobre mis huevos, cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Y nuestra conversación, ya casi a voces, en medio de mis gritos, sin que la fusta parara.
-          ¿Qué se dice, esclavo?
-          Gracias, Amo.
-          ¿Quieres más, esclavo?
-          Sí, Amo.
Pero con un par de golpes durísimos de fusta en mis pelotas, la serie paró. Yo gemía y jadeaba sintiendo el ardor de mis pelotas, ocultando el dolor de mis articulaciones, de mi abdomen, de algún golpe pasado de fuerza en mi espalda…
-          Gracias, Amo – repetí mientras él dejaba la fusta.
-          Te has portado bien, esclavo.
El Amo se subía al sofá y yo intentaba verle por primera vez el paquete desde que me inmovilizara en esa postura. Casi no se lo vi, porque el slip desapareció por sus piernas y por fin divisé su polla que tanto me atraía. De tamaño normal, unos 18 centímetros, pero muy gorda, con unos buenos huevos debajo, se metió en mi boca todavía jadeante.
¡Joder como se la chupé! Aunque fueran solo unos segundos, hasta donde me dejaba metérmela, casi entera, moviendo mi lengua como si no hubiera comido una polla en años y me estuviera devolviendo a la vida. Después él me folló la boca: me sujetó la cabeza con una mano y sus caderas marcaron el ritmo. Por fin la tenía en el fondo de mi garganta, ahogándome.
-          ¡Qué placer! – pensaba entre las arcadas.
El ardor de mis pelotas había pasado a un segundo plano. Le estaba dando placer al Amo con mi boca. No hay forma de agradecer ese placer al Amo.
-          Gracias, Amo – volví a decir, después de dejar caer mi saliva al suelo, cuando recuperé el ritmo de la respiración.
Casi me cuesta tragarme su leche, porque en cuanto acabé de pronunciarlo su corrida empezó a estrellarse en mi cara. Un par de chorros que noté calentitos, aunque todo mi cuerpo sudaba. Cerré los ojos y los labios, me concentré en respirar por la nariz y en sentir la leche correr por mi cara.
-          Gracias, Amo – repetí, cuando su lefa empezaba a gotear al suelo.

2 comentarios:

  1. Hola, me gusta mucho tu blog y de las prácticas digamos no habituales, una de mis favoritas es el bondage, por lo que he disfrutado mucho con este post.

    Eso sí, no soy amo ni esclavo, más bien me identifico como switch porque el sexo cuanto más variado sea y más posibilidades haya, más me gusta.

    Abrazotes.

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    Respuestas
    1. Hola! Me alegro que te haya gustado!
      Lo importante es que lo disfrutes!
      Tienes en el medio del menú el botón de Bondage que te lleva a todas mis posts con el tema.
      Un Saludo!

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