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sábado, 8 de abril de 2017

Sorpresa Anal


Aunque era algo que yo había asumido naturalmente, me sorprendió su pregunta.
-          ¿Qué vas a hacer hoy de cena?
-          Tendremos visita – completó, aumentando mi cara de sorpresa, sin dejar de leer su libro desde el sofá mientras yo recogía la mesa del comedor.

Como digo, la sorpresa fue porque Mario por primera vez, que yo recuerde, explicitaba que era mi labor el cocinar, aunque es cierto que yo lo había asumido naturalmente cuando estaba con él, al igual que mi exagerada cortesía que me convertía casi en un mayordomo. Y Mario lo aceptaba, sin darle mayor importancia, hasta ahora.
Le pregunté sobre la visita y sobre si tendría que preparar algo en especial. Por suerte, teníamos una buena reserva de vino y pude arreglar mis planes de cena para que comiéramos tres sin que se notara en absoluto. Él no me dio muchos detalles, de hecho, creo que simplemente me contestó “un amigo” y siguió leyendo casi sin prestar atención a mis consiguientes múltiples preguntas, que finalmente decidí tragarme y seguir recogiendo y lavando los platos.
Su “amigo” llegó puntual y justo a la hora de cenar y evitamos el aperitivo previo para sentarnos directamente a la mesa. Mario no le dio explicaciones y él no las pidió. Los dos parecían haber asumido que no había problema en que yo me encargara de servir la cena, rellenar las copas de vino, poner los cafés, y servir las copas de después, igual que traerle el cenicero para el apestoso puro que se fumó el amigo de Mario después de comer mientras ellos hablaban fluidamente, poniéndose al día. Parecía que se conocían desde hace tiempo, pero que también hacía mucho tiempo que no se veían.
Cuando Mario dejó caer que “se tomaría otra copa” yo casi ya estaba corriendo hacia el mueble de las bebidas para servírsela preguntándome a mí mismo como acabarían hoy las típicas dos copas de Mario después de las que su polla siempre acaba en mi culo. Y esa noche no iba a ser una excepción; nada más terminar la copa me hizo una seña para que me fuera a la habitación mientras su amigo estaba en el cuarto de baño.
Iba a ser un polvo rápido, al contrario de las veces en que Mario me follaba, casi no se desnudó y yo tuve que quitarme la ropa a trompicones adaptándome a lo que Mario parecía querer en cada momento. Le hice una mamada rápida, metiéndomela hasta el fondo de la garganta desde la primera embestida; su polla había estado completamente dura desde el primer segundo que salió, casi con un chasquido de su ropa interior. Antes de que me diera cuenta, estaba a 4 patas encima de la cama, aún con mi suspensorio puesto y Mario me follaba como siempre, como a un amante, pero con más prisa, casi eché de menos el momento en el que él se metía mi polla en la boca y nos la chupábamos mutuamente con calma.
Era un polvo rápido y su corrida fue rápida, no muy espesa, encima de mi espalda, sin que yo me moviera del sitio, sin haber sacado mi polla del suspensorio, aunque con ella bien dura. Esta vez no se tumbó a mi lado a descansar y yo me di la vuelta para empezar a vestirme, suponiendo que tanto Mario como la visita estarían impacientes.
Sin embargo, la visita estaba igual de bien preparada que yo y nos miraba desde la puerta frotando su paquete por encima de un bóxer negro. Lo tenían planeado pues Mario le hizo una seña al salir y su amigo entró hacia la habitación mirándome fijamente.
-          Ponte de nuevo a 4 patas – me dijo con voz seria.
No me dio tiempo a reaccionar sobre lo que estaba pasando, pero mi cuerpo sumiso se movió rápido para volver a adoptar la misma posición en la que Mario me follaba unos segundos atrás en las marcas que mis propios puños y rodillas habían dejado sobre el colchón.
-          Qué abierto está esto – dijo con tono burlón, supongo que al asomarse a mi ojete después de la follada rápida.
Apreté mi culo para que se cerrara y lo volví a relajar, nunca me he quejado de lo bien que se porta mi ojete, apretando cuando es necesario pero dejando entrar todo lo que mis Amos han querido sin dejar de volver a su forma original para volver a estar estrecho la próxima vez. Su comentario había herido ligeramente mi orgullo de esclavo.
-          No quiero que te muevas, ¿entendido? – su voz rompió mis pensamientos.
-          Sí – contesté muy bajo, completamente inmóvil, preguntándome si Mario había cerrado la puerta al salir o si él también estaría mirando desde el quicio de la puerta.
La verdad es que tuve que gritar, aunque mi mente estaba 100% concentrada en no mover ni un solo músculo y creo que lo conseguí salvo la reacción involuntaria a cerrar mi culo con el primer empujón. Solo tenía un bóxer cuando entró por la puerta, la presencia de Mario no se sentía en la habitación… lo que me había metido con firmeza abriendo más mi ojete tenía que haber sido su puño. Gemí cuando volvió a salir y oí una risa, como maravillada a mis espaldas.
-          Es fantástico – dijo la voz sin perder su asombro.
Tampoco me moví en la segunda embestida de su puño pero tuve que gritar dos veces pues después del puño llegó una parte más de su brazo. Con la misma precisión que lo había metido, con dos secos empujones, lo volvió a sacar a ritmo constante, igual que el gemido que se escapaba de mi boca hasta que su muñeca empezó a dilatar de nuevo mi ojete haciéndome gritar. Unos minutos más tarde, se podría decir que me estaba follando con el brazo, metiéndolo y sacándolo sin descanso dentro de mí, hasta una altura realmente molesta en mi estómago y sacándolo completamente, dejándome sentir bien el ancho de su puño en mi esfínter.
Mi respiración se convirtió en gemido, mis gemidos en gritos y los gritos se materializaron en lágrimas y gotas de sudor que caían encima del colchón al que mis dedos se intentaban agarrar con cada embestida de su puño dentro de mí. Sus exclamaciones de asombro se volvieron de placer al ver como mi culo tragaba y yo no había dicho ni una sola palabra de protesta.
-          Sí, traga – le susurraba a mi culo mientras deslizaba su puño de nuevo hacia adentro.
-          ¡Joder, sí! – me decía, o a mi culo, cuando giraba su brazo dentro de mí para intentar abrir su puño dentro de mis entrañas haciendo que me mordiera los labios para no gritar más.

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