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jueves, 6 de abril de 2017

Un día cualquiera

La semana en casa del primo de Mario, ahora ya solo se estaba desarrollando como esperaba. Mis horas de trabajo eran muy pocas, iba a un gym cercano que me permitía pagar solo por los días que iba, poco más de una hora diaria, y dedicaba un par de horas a revisar la casa por completo y asegurarme que todo se mantenía perfectamente limpio. La casa no daba para más. Los contactos por las redes sociales, en esa pequeña ciudad, no daban para mucho más tampoco; nadie se acababa de decidir a tener un esclavo total solo por unos días, salvo algún salido momentáneo, sin experiencia, que lo único que prometía era mucho sexo y que, casi siempre, lo que quería era alguien que se lo follara a él.

Ese día decidí darme una vuelta por la ciudad, ya caída la noche, no había casi ni un alma por las calles, encontré un par de bares abiertos, pero no me decidí a entrar en ninguno. Buscaba una cafetería, en la que había estado alguna vez, pero no recordaba su sitio exacto, en la que había algo de ambiente. Cuando la encontré no fue ninguna sorpresa, estaba exactamente igual que en veces anteriores, con pocos clientes, pero que parecían de confianza, de una edad un poco más avanzada de lo que me hubiera gustado. Al menos, allí pude preguntar sobre las novedades en los bares de ambiente de la ciudad, que se limitaron a “ese ya cerró”. Así que… todo indicaba a que mi noche fuera de casa iba a terminar donde siempre, en los viejos bares de ambiente decadente con curato oscuro frecuentados por los habituales de la ciudad. No era un plan tan malo, al fin y al cabo.

Terminé mi copa e hice tiempo paseando antes de empezar a buscar el antro al que me dirigía. Cuando entré no me llevé ninguna sorpresa: 4 personas mayores en la barra y un par de chicos bastante guapos hablando entre ellos, que probablemente fueran profesionales. Me senté en la barra y le pedí una copa al camarero, que me atendió amablemente mientras me miraba de arriba de abajo. Creo que llevaba demasiada poca ropa para el clima de la zona, pero la ideal para el calor que hacía en ese semisotano. Dejé mi abrigo en el improvisado guardarropa que el mismo camarero atendía y me quede con mi camiseta de tirantes y mis vaqueros apretados. Estuve tentado de dejarlos también y quedarme en suspensorios, pero hubiera sido una provocación innecesaria.

Al contrario de lo que me esperaba la noche se fue animando. Llegó más gente, por parejas: un par de chicos de mediana edad, evidentemente alegres por el exceso de alcohol y también un par de chicos jóvenes, que tras un cortísimo paseo por la pista de baile, se apostaron en medio de la barra y comenzaron a beber a un ritmo que yo podía ni imaginar, mientras yo seguí con mi primera y única copa de la noche, que por cierto, sabía a garrafón. Con ellos y un par de grupos más que entraron, el sitio estaba lejos de parecer lleno, pero al ambiente había cambiado completamente. Había chicos que más que bailar se tambaleaban por la pista de baile, chicos que no paraban de entrar y salir del baño, para lo que tenían que cruzar un pasillo que comunicaba con el cuarto oscuro y chicos que salían del cuarto oscuro, donde fumaban, para pedir una cerveza más y volver dentro.

Le pedí al amable camarero un refresco sin azúcar, por no quedarme con las manos vacías observando la escena. Los chicos más animados habían comenzado a hablar conmigo a ratos, sin ninguna intención más que matar el rato, preguntándome rápidamente lo que les apetecía en ese momento, casi sin dejarme tiempo a responder, desapareciendo hacia la pista de baile con la misma rapidez que habían llegado. Uno de ellos, había cogido la manía de darme un beso en la boca, cada vez que se iba después de su frase de turno, ante mi cara de estupefacción. Aunque pronto me acostumbré al ambiente y me encontré dejando que ese chico me diera picos, de pie delante de la barra, haciendo pequeños movimientos para hablar con todo el mundo que se lo propusiera y en general, dejándome llevar por el que pasaba por delante de mí. Los únicos que no habían entrado en esa dinámica eran los chicos guapos del final de la barra, a los que yo miraba de vez en cuando y que, aunque no parecían divertidos por la situación como yo, no perdían ni un detalle de lo que pasaba en todo el bar.

Un chico delgado y serio de unos 35 años, con el que no había hablado en ningún momento pasó por delante de mí, fijando su mirada en mí, aun cuando giraba para dirigirse a los baños. Yo le seguí con la mirada cuando vi que su silueta desaparecía a uno de los lados del pasillo. Terminé mi refresco de un solo trago y decidí seguirle. Esa zona en la que había desaparecido era un pasillo más, mucho más oscuro que el resto, en el que me detuve por mi falta de visión. Por suerte, él esperaba allí y me agarró el brazo con torpeza para tirar de mi hacia adelante. Yo le seguí, casi con mayor torpeza hasta que me encontré de espaldas a una pared mientras él me sobaba el torso con ásperas manos. Me quité mi pequeña camiseta, que tiré al suelo desacertadamente, para ayudarle, y llevé mi mano a su paquete, dónde me llevé una grata sorpresa. El bulto era impresionante y él no tardó nada en dejar salir su polla, con unos rápidos movimientos en su bragueta. Casi sin querer, me encontré agachado, con mi culo pegado a la pared metiéndome su polla en la boca. Era un bocado exquisito. Pese a lo avanzado de la noche, mantenía un olor a jabón y pesé al estado de ebriedad del chico, con el que intercambie un par de palabras ya dentro de esa pequeña cabina, estaba completamente dura.
Él me dejó disfrutar de su polla sin prisas, se la comí a gusto y hasta me puse de rodillas, descubriendo que el suelo estaba bastante sucio para comérsela con más tranquilidad hasta que el reclamo mi culo.  Por supuesto, mi contestación fue “sí” y mientras él se colocaba un condón, yo simplemente aflojé mi pantalón para dejar mi culo al aire a través de mis suspensorios y reposar mi cabeza contra la pared. El chico tenía bastante buenas maneras en hacerlo, aunque su torpeza me hizo emitir un pequeño grito con la primera embestida, en la que me entró su polla hasta la mitad, de un solo tirón, con solo la ayuda de un lapo que le oí echar. Le dejé follarme a su gusto, tal y como él me había dejado chuparle la polla, no tardó mucho en correrse con la excusa de que mi culo estaba demasiado apretado.

Salí del cubículo dándole las gracias mientras él terminaba de vestirse, yo me subí los pantalones ya por el pasillo de salida y salí con mi camiseta en la mano, observando que ya no era blanca, y que probablemente no lo fuera nunca más y notando las miradas del resto del bar sobre mi torso desnudo. Pedí el abrigo en la barra y me lo puse directamente, guardando la pequeña camiseta en uno de los bolsillos, que decidí tirar en la siguiente papelera. Cuando abandoné el local, todavía sin haberme abrochado del todo el abrigo, me encontré con los chicos guapos del final de la barra de frente, sentados en un banco, con una conversación no muy animada. Les guiñé un ojo con una sonrisa cuando nuestras miradas se cruzaron y no comencé a abrocharme el abrigo hasta que no estaba de espaldas a ellos, avanzando de vuelta al piso del primo de Mario.

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